lunes, 19 de junio de 2017

Antes de rezarle a Dios le rezaba a mi madre






Hay temas a los que los escritores prefieren darle la vuelta y no tocar ni de refilón en sus conversaciones. Pero en la escritura emergen entre una página y otra casi como deudas pendientes con el pasado. El mío sin duda alguna es hablar de mi familia. Más precisamente de mi mamá. Una amiga alguna vez me hizo la broma: "tú no tienes madre"; y quise regresársela diciendo: "y tú no tienes corazón". Hacía 4 años le había dado un paro cardiaco y se le atrofió una cuarta parte del órgano, de manera que, literalmente, no le funcionaba completo. Sólo le respondí que sí, que no tenía madre, evitando como siempre hablar de mi mamá. Pero en mi primera novela Nunca más su nombre hay un capítulo completo donde hablo de ella, donde confieso que, antes de enseñarme a rezarle a Dios, le rezaba a sus faldas porque era todo para mí luego de que me sacaron con fórceps de su vientre.
Y seguro fue porque durante los 9 meses que estuve dentro suyo la pasé tan bien que me negaba a salir, a respirar este mundo que -si me dejan ser más honesto todavía- me tardo mucho en comprender, más cuando alguno de mis conocidos actúan de manera distinta a lo que yo creo debe ser la convivencia humana. Confiar en los otros fue quizá lo primero que se me enseñó en mi casa, aparte de adorar a mi madre como si fuera papá a la vez.
Ella se llama Magdalena Lechuga Garcés, de su sangre saqué el Lechuga, apellido que no pongo nunca en mis libros publicados, en los textos que firmo como escritor, ni siquiera al presentarme con quien dicen debo presentarme; detalle no tan mínimo, pues me ha provocado un centenar de pleitos con ella, por más que dé explicaciones razonables. Su principal reacción siempre es: "mucho has de deberle a ese cabrón". Luego se arrepiente: "si mucho te avergüenza el Lechuga quítatelo de una vez en el registro civil".
Mi mamá estudió Derecho, terminó la preparatoria semiescolarizada embarazada de mi hermana menor. Luego la licenciatura cuando me gradué de la preparatoria y mi hermano de la universidad. Años después hizo dos maestrías. Mi espíritu de lucha diaria se lo heredé, pues cada vez que le decían que no, entendía un sí pero faltaba un poco más para lograrlo. A la fecha litiga como si defendiera a su propia sangre en los juzgados y es temida en el gremio de las sentencias.
Mis papás se divorciaron cuando yo tenía 8 años. Esa historia también viene en la novela como un ejercicio de autoficción que, más que incluirme como el protagonista de una historia inmerecida, reflexiona el verdadero valor de un padre para un hijo que se cree su propio Dios luego de verse descastado. Pero este artículo es sobre mi mamá y no sobre la novela ni mi padre.
Uno de los mejores recuerdos que tengo de Magdalena es cuando la acompañaba a Villa Hidalgo, municipio equidistante entre Aguascalientes y Zacatecas (sí, no nací en Tijuana; en mis venas corre el rojo semidesierto y en mi alma fluye el azul claro de sus cielos) a comprar ropa para vender. Visitábamos tienda tras tienda, surtiendo los pedidos y llenando más las bolsas que mi mamá cargaba en su espalda como Sísifo su destino. La recuerdo también haciendo cuentas, incluso separando el dinero justo que íbamos a pagar para volver en camión a casa y el costo de la comida antes de partir. Otro recuerdo es verla recorrer con una bolsa grande, de esas de plástico de color azul y rojo, el colegio donde yo estudiaba. Durante el mediodía me llevaba el desayuno y le vendía ropa a las monjas y a las mamás de mis compañeros. En su trabajo vendía a sus conocidas; los domingos a mis tías, a mis primas; y en la calle a quien se dejara. Algunas les pagaban y otras no. Las ganancias se fueron en finiquitar la deuda del departamento donde viví mi infancia y adolescencia y las colegiaturas de mis hermanos y la mía.
Mi madre pronto se deshizo de esa gran roca de deudas de su espalda. Lo hizo empeñada en ser diferente  a través del Derecho.
Otro recuerdo es verla ahorrar para irnos las vacaciones de verano a la playa de Puerto Vallarta. Mis amigos, hijos de matrimonios funcionales, se iban a Europa. Pero a Magdalena nunca se le atoraba nada. Visitamos la playa durante tres años seguidos y una ocasión los ahorros de su trabajo y ciertos bonos ayudaron a que pasáramos una semana en un hotel llamado Girasol Sur. Tuvieron que darme un tratamiento dermatológico tras volver a casa porque la piel se me arrugó por el exceso de horas en la alberca. Más que meterme al mar, me gustaba la tibieza del agua clorada y nadar junto a mi madre.
Para un hijo como yo puede ser maravilloso no crecer y vivir siempre al lado de su mamá. Pero crecí y me enamoré de otra, la literatura. Y, contrario a la relación que tenía con mi mamá biológica, a la literatura le dedicaba las noches. Leía lo que llegara a mis manos y compraba libros con lo poco que ahorraba a final de mes. Los soterrados celos de Magdalena emergieron cuando abría la puerta de mi cuarto sin avisarme y decía: "te vas a quedar ciego de tanto leer esas cochinadas". Yo escondía el libro bajo las cobijas y me abochornaba como si me hubiera descubierto con pornografía en las manos. 
Al terminar la preparatoria se fisuró nuestra relación. Uno no siempre es lo que sus padres desearon, al menos no en mi familia. Magdalena siempre tuvo esperanzas de que yo sería el hijo que enderezaría el mal rumbo de mi sangre: deseaba que fuera médico o abogado. Pero decidí ser escritor y, sin medir las consecuencias, estudié Letras. En mi casa nunca hubo libros o si hubo eran pocos de Derecho. De modo que todo el arte y la literatura era un mundo desconocido para mi mamá; un hoyo negro a otra dimensión que si no cerraba a tiempo su hijo sería tragado.
"¿De qué viven los escritores?", llegó a decirme muchas veces.
Y como entonces no lo sabía, jamás le contesté.
Como toda madre protectora puso las cartas sobre la mesa: "¿literatura o casa?". Y, como la necedad la saqué de ella, a los 18 años empecé a vivir solo, siempre buscando los sitios idóneos para escribir. Así me la llevé hasta que me vine a vivir a Tijuana, frontera donde me casé, escribo a diario, doy clases de escritura creativa, publico poco a poco libros y asesoro ferias literarias y llamo a mi mamá para recordarle que tiene hijo.
No sé si en nuestras conversaciones se lo he dicho, pero el pasado es una historia que uno se cuenta a diario, más si escribe como si fuera testigo de este mundo y buscara darle alma a su escritura. Yo me he contado muchas veces la historia de mi madre y también he buscado muchas veces escribirla. Si entre mis páginas no aparece, es muy seguro que esté oculta entre mis manos como la energía diaria que me levanta para ponerme a trabajar. No sólo le debo la confianza en los otros, la necedad y las ganas diarias de escribir, le debo también el que me haya hecho su hijo.
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