viernes, 17 de octubre de 2014

Poéticas de los 80





A inicios de octubre decidí cerrar el primer bloque de entrevistas a escritores nacidos durante el 80, que empecé en enero publicando en La gualdra y en esta página. Quien me motivó fue Fernando Trejo, al invitarme a convertir este trabajo en conferencia y a ofrecer el resultado en la Feria Internacional del libro de Chiapas Centroamérica, más precisamente en Tuxtla, que es su tierra natal. Para Fernando, como poeta y promotor cultural que siempre se ha preocupado por el diálogo entre escritores, era bueno hablar en el Sur sobre ¿quiénes son y qué están escribiendo los narradores de nuestra generación?

Fue así como en una semana Flor y yo empezamos a trabajar en lo que primero fueron las diapositivas de la conferencia, para después, tras un par de bocetos e ideas que se fueron desechando, terminar haciendo este catálogo compuesto por 12 escritores que están publicando en fondos editoriales estatales y nacionales, así como en editoriales del país y españolas. Esto apenas es un inicio de un proyecto que está en continúa construcción y crecerá. Pues su objetivo es, como se lee en el texto introductorio que acompaña el catálogo, ofrecer un mapa completo de los narradores jóvenes de México e invitar no sólo al lector, sino también a otros escritores, a conocerlos.

Les dejo AQUÍ el catálogo para su consulta. De verdad no tiene desperdicio, sobre toda la creatividad que le puso Flor en el diseño.

    

martes, 14 de octubre de 2014

El país que nos entierra


El  número 169 de La gualdra está dedicado a los muertos y desaparecidos de Ayotzinapa. Su portada es negra porque todos sus colaboradores estamos de luto. Les dejo mi texto y los invito a leer el número completo aquí. 



Durante los años que estuve escribiendo mi Rojo semidesierto en España, pensé que la corrupción y la violencia en México sería un evento pasajero. Que al salir Felipe Calderón de Los Pinos las cosas volverían a la normalidad. Que Zacatecas volvería ser seguro y que aunque nuestros amigos desaparecidos no volvieran a estar con nosotros, muy pronto diríamos: “Hemos vuelto a estar tranquilos”. Aún recuerdo que entonces la violencia y la sangre y la pólvora me dolían como duele una herida, un brazo dislocado, una muela. Y todo ese dolor intenté meterlo en las costillas de aquellos cuentos que escribía como si trazara un puente hacia un lugar más tranquilo, donde ahora nos esperan los que se nos fueron, los que nos arrebataron. ¿Qué más nos queda a los escritores?, si no es honrar a los nuestros con la memoria, con la palabra. ¿Qué debemos decir, si nuestro país se está pudriendo y no tenemos los medios para combatir?

Aún recuerdo las notas que salían en los periódicos y lo que me contaban mis amigos en las redes sociales o el Messenger: balas percutidas, secuestrados, desaparecidos, pueblos tomados por los polizetas, constantes plagiarios intimidando familias, negocios cerrados porque mataron a quien los atendía, e historias de padres que salían de viaje y no regresaban, de campesinos que no entregaban sus tierras y terminaban sepultados. Y me negaba a regresar a México, como quien se niega a volver con aquel amor que le destrozó el corazón, por más que extrañara a mi familia. ¿A qué regresa uno al lugar donde nació?, si ese lugar se está convirtiendo en cementerio. ¿A qué regresar al cementerio?, si muchos de los que me vieron crecer y vi crecer ya se han ido.
Al finiquitar mi residencia en Córdoba, las circunstancias me hicieron volver a México. No provengo de una familia a la que se le escape el dinero de las manos y en mi país no suele remunerarse el trabajo intelectual como debería. Entonces aún tenía la mitad del libro bajo el brazo y muchas ganas de ser yo con las palabras. Pero mi Estado no cambió y la situación en otros tantos lugares fue empeorando: muertos y más muertos, la intromisión de la marina, del ejército; el continuo conteo de los desaparecidos, el nivel alto del muertolímetro en los periódicos; y una suma copiosa de madres reclamando el cuerpo de sus hijos e hijos reclamando el paradero de sus hermanos y sus padres. Luego nos venimos a vivir a Baja California, para dislocar aquel discurso trillado y centralista de que Tijuana es el rastro más grande del país, “allá matas y desaparecen”, “allá los convierten en pozole”. Y sin temor a lo que viniera comenzamos a hacer una familia desde una esquina, como si todo se viera mejor desde aquí, como si fuéramos, de determinada forma, intocables, y acá no sólo comenzara la patria, sino también las segundas oportunidades.
Pero con la entrada del Partido Revolución Institucional (PRI) nada cambió. Si el discurso de Felipe Calderón fue declararle la guerra al narcotrafico. Y en su sexenio los verdugos y las víctimas estaban bañados por la tragedia: todos terminaban muertos y nadie sabía por qué se peleaba ni cómo finiquitar esa lucha. Ahora con el partido tricolor en Los Pinos pareciera que la guerra no es contra el narcotráfico y quienes lo representan. Sino contra los mismos ciudadanos, contra aquellos que buscan los caminos para progresar como seres humanos críticos y razonables, como seres conscientes de que el país está en crisis y necesita un cambio urgente.
La muerte y desaparición de los 43 estudiantes –y la muerte de los 6 normalistas en Tlatlaya-, que en su tarea de recaudar fondos en la ciudad para el bien de su escuela, es un mensaje claro de que quien nos gobierna ya no es la justicia, la democracia y la equidad. Quien nos gobierna tiene miedo al pueblo mismo; por eso es mejor enterrar precariamente el futuro de un país en fosas, que encontrar los puntos de encuentro y progreso con la juventud. Veo con desagrado y tristeza a un estudiante diciendo: “los militares nos detuvieron, los militares nos dijeron “cállense, cállense. Ustedes se lo buscaron, querían ponerse con hombrecitos, pues ahora éntrenle y aguántense”. A veces las palabras son insuficientes para mostrar todo este dolor. ¿En qué te has convertido, México?, ¿por qué debemos actuar como hombrecitos? 

 Sigue leyendo aquí. 




14 de octubre de 2014

Queridos amigos y lectores de mis redes sociales y de mi página web: estoy muy agradecido con ustedes por sus palabras y por todos esos detalles que han tenido desde que se destaparon los resultados de los Premios Bellas Artes. Haber ganado el Juan Rulfo de Primera Novela es como haber terminado mi etapa de adolescente, para convertirme en adulto, o dicho de otro modo, mi etapa de cuentista, para escribir novelas. Qué bonito es crecer escribiendo.
Estoy agradecido con la prensa de Tijuana y Zacatecas por su bondad y solidaridad, al haberle hecho difusión a mi trabajo tras el resultado del INBA, pero sobre todo con los jurados que deliberaron a favor de Nunca más su nombre, y con Flor Cervantes, que desde enero de 2014 me escuchó a la hora de escribir esta novela y los otros proyectos que inicié. No sólo le debo las tantas veces que me hizo entrar en razón, cuando más terco me ponía, le debo la novela entera y otras más que vienen.   
También estoy agradecido con Édgar Adrián Mora, que siempre se da el tiempo de leerme y aconsejarme, y con Hermann Gil, que me acompañó durante la revisión de esta novela, así como con Jánea Estrada, que siempre ha visto por mi trabajo, no sólo publicándolo en La gualdra, sino compartiéndolo con sus amigos cercanos.
Aunque las palabras a veces son insuficientes para expresar lo que siente un corazón, no quería que pasara un día más sin haber escrito esto para ustedes.   
  

JOEL FLORES



jueves, 11 de septiembre de 2014

Lo mejor de la poesía es la amistad de los poetas [entrevista a Fernando Trejo]



Uno de los objetivos que me propuse desde que empecé las entrevistas a escritores nacidos durante la década del ochenta era leer exclusivamente a narradores. Ese objetivo, sin embargo, desatendía uno de los géneros más valiosos de la literatura: la poesía. Pero sobre todo cómo y desde qué lugares la están creando los jóvenes escritores mexicanos. En esta entrevista enmiendo mi falta y extiendo aún más el abanico del proyecto para entrevistar al poeta Fernando Trejo, quien recientemente (junio de 2014) recibió la mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandido, gracias a su libro de poemas Solana, que está programado para publicarse en enero de 2015, en el Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA).

Fernando Trejo nació en Chiapas en 1985, ha escrito alrededor de 6 libros de poesía de circulación nacional y de notable resonancia poética. Su poesía está permeada por una voz propia que se despega de cualquier influencia literaria modal, y sobre todo en boga dentro del panorama joven de México, que muchas veces privilegia el artificio y la pirotecnia. Trejo se centra en convertir a Chiapas y sus rincones en una mina abundante de tesoros visuales, sin caer en los regionalismos o la nostalgia por el terruño. Su poesía se ciñe a enunciar la amistad, el amor y la muerte, grandes temas que forjan al hombre y se proyectan en el arte, como el mejor vehículo para descubrirnos como seres humanos y comprendernos, en un Tuxtla que puede ser Sonora, Veracruz o Mulegé.

En esta entrevista, Fernando Trejo nos habla de su formación, cómo y por qué empezó a escribir poesía, los factores que hacen a Solana, la organización y propósitos de un gestor cultural, en su tarea como creador y estratega del “Carruaje de Pájaros”, encuentro internacional de poetas en Chiapas, así como la amistad entre poetas, como una de las mejores consecuencias del acto de crear poesía, compartirla y dialogarla.  

Joel Flores: Me gustaría que nos hablaras de tus dos mamás: la biológica y la poesía. ¿Cómo y por qué empezaste a escribir?

Fernando Trejo: Tengo la fortuna de haber nacido en un hogar muy unido, en un lugar en donde siempre hubo libros. Mi madre me acercó a ellos de manera involuntaria: comencé leyéndola a ella, a mi tía, mi abuelo. Poco a poco ese mundo creó en mí cierta conciencia de lo que significaban las palabras y lo que se podía decir con ellas. En la primaria dibujaba y escribía historietas que vendía con mis amigos. Era una suerte de libro de acertijos. Pero no fue sino hasta los 14 años que inicié una relación más personal con la literatura. Sobre todo con la poesía. No lo hice por convicción sino por necesidad. Me fue necesario, ante el orgullo, decir lo que no podía a viva voz. Así fue, de pronto, como empecé a escribir.

JF: En correos electrónicos anteriores, me escribías que para muchos poetas cambiarse al bando de la narrativa es un acto de alta traición en el oficio. Si eres poeta, debes seguir siendo poeta. ¿El género es una jaula para el escritor?

FT: No, para nada. Yo siempre he querido escribir narrativa. He hecho el intento. Pero voy a mencionar al autor de dicho comentario: René Morales, gran amigo, hermano al que admiro tanto, una tarde se enteró que yo escribía una novela. Ante todo, siempre nos hemos guardado respeto, pero sí enjuició al decir que cuando un poeta deja de escribir poesía para escribir narrativa, siente que todo está perdido y es como si a él le robaran algo que tanto ama. Yo no lo creo así. El escritor debe asumir una responsabilidad y esta responsabilidad recae en hacer bien las cosas que se quieran hacer. Si por más ese intento de narrar se queda por siempre en el cursor, más vale continuar y reforzar lo que se sepa hacer. En mi caso intenté escribir una novela, ahora, esa “novela”, es un extenso libro de poemas.

JF: “Solana significa sitio donde da el sol plenamente” (RAE, 2014), pero también es el título de tu poemario que recientemente ganó mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Si adelanto por menores de ramaje, escribiría: es la luz de un ser querido que se fugó sin explicación alguna. Es honrar a los muertos con la palabra. Es clavar sus recuerdos en los versos. ¿Cómo nació este libro?

FT: Con Solana intenté escribir una novela un tanto biográfica, pero terminó siendo, como te lo menciono, un libro de poemas. Quise reconocer y darle vida a ciertos personajes perdidos en mi adolescencia, sobre todo a Carlos, un primo al que amé como a un hermano. Solana nace a raíz de eso, de la necesidad, del querer afrontar la realidad como es, de saber que con este ejercicio, la poesía nos despliega una cantidad de emociones que no sabías que tenías guardadas. Pasamos, Carlos y yo, gran parte de nuestra vida en la azotea del edificio donde vivíamos, nuestros departamentos se conectaban por una terraza, por un pasillo o por la azotea. No había modo de que nuestros padres prohibieran nuestra rutina. Y ahí, justo en la azotea, construimos una casa a la que una tarde de junio el viento y la lluvia terminaron por destruir. Mi padre nos tomó una fotografía (caso único) que aún conservo. Fue así como después de dejar pasar el tiempo comencé a escribir Solana que puede significar también, a manera de sinónimo: azotea, y como bien mencionas: “sitio donde da el sol plenamente”. Es un libro que escribí sin intención alguna más que la de, a manera de homenaje, darle voz a Carlos. Celebré muchísimo la mención honorífica, porque a pesar de que el libro no haya resultado merecedor del premio sé que, quien lo lea, tendrá un poco de nosotros en su corazón.

JF: De un tiempo a la fecha, las nuevas generaciones de poetas se apuran más por descubrir el hilo negro en la poesía, que por entender la vida y compartirla en sus versos. Recurren a lo conceptual, al concretismo (queriendo ser novedosos y experimentales; ignorando que esas tendencias las exploraron hace más de un siglo las vanguardias surrealistas y dadaístas), y olvidan la verdadera esencia de la poesía: dejar el músculo del lenguaje a la intemperie; hacer que el corazón de la vida lata en las estrofas. ¿Cuál es o debería ser la verdadera función de la poesía?

FT: Estoy de acuerdo en la postura de los jóvenes. Cada quien es libre de intentar hacer lo que desee. Se es uno mismo, pues. Pero yo siempre me quedaré en lo tradicional, en lo romántico, en el fin último de la poesía, que para mí es hacer sentir una emoción, llegar al hilo conductor de la nostalgia, del grito, tocar la fibra del alma. Leo, por ejemplo, a Gonzalo Rojas y me vuelco a recordar y me sorprendo. Leo a Huidobro y estallo en emociones y arrojo el libro. No creo en el sincretismo, sí en lo conceptual cuando se tiene un sustento, un resultado válido. La función de la poesía es tocar, sentir que la palabra es algo sólido y que duele pero que también, y sobre todo, enerva, respira, te observa, tiene vida.

JF: Hagamos un experimento. Te daré una serie de palabras y tú te sirves de ellas para escribir:
México, Poesía, Madre, Literatura, Chiapas, Hijo, Amigos.

México: no era penal.
Poesía: llena eres de gracia.
Madre, de tu mano, todavía.
Literatura: una mirada al sur.
“Chiapas es en el cosmos lo que una flor al viento”. Enoch Cancino Casahonda.
Hijo, tu corazón me late ya en el pecho.
Amigos en contra de su voluntad, los amo.

F: Si la poesía es un género marginado, las editoriales se centran más en publicar narrativa, ¿qué significa escribir poesía desde Chiapas, una región alejada del sistema cultural centralista?

FT: Creo que de tan alejados que estamos que ni nos percatamos en eso. Existen muchas editoriales independientes, muchas maneras de publicar. No importa el medio, la editorial, la forma. Eso no importa. Una vez escuché que un escritor fotocopió una parte de un libro suyo para llevar de regalo a un encuentro de literatura, “el chiste es que te lean y ya no tengo libros”. Y coincido en eso. No estamos preocupados, creo yo, en publicar sino más bien en escribir, en crear y dar a conocer nuestro trabajo y eso nos abre un panorama amplísimo para conocernos a nosotros mismos y ofrecer un pedazo de pan.

JF: Desde el 2008 has organizado, como gestor cultural, el Carruaje de Pájaros, es decir, has llevado la poesía a Chiapas y has llevado Chiapas a los poetas. ¿Cuál es el objetivo de este encuentro literario?

FT: Vincularnos. No estar peleados. Leernos, dar a conocer lo que hacemos y estar al tanto de la propuesta de los que vienen. En Chiapas no se hacía un encuentro de tal envergadura, un escenario para jóvenes hecho por jóvenes. Hemos dado 7 pasos y hasta hoy me siento satisfecho con los resultados. Parte de la poesía y de la gestión y promoción cultural es eso: abrazarnos unos con otros celebrando a la maravillosa literatura. En Oaxaca, en el año 2000, tuve la fortuna de conocer a Juan Gelman y escucharlo decir, algo que he vuelto un lema para mí y que cada que puedo menciono: “lo mejor de la poesía es la amistad de los poetas”.




JF: Para muchos escritores es importante leer a sus contemporáneos; otros prefieren las voces del pasado para aprender de ellas, ¿sueles leer a escritores de tu generación?

FT: José Emilio Pacheco decía que habría que leer a nuestros contemporáneos, saber qué están escribiendo. Yo lo hago, me gusta hacerlo. Qué maravilla poder conocer al autor de una obra literaria y leerlo y reconocerlo y encontrarlo en su obra. Yo sugeriría que nos demos el tiempo de leernos, si no quién, entre nosotros. Es una forma de entablar un diálogo, de agradecerle a la vida estar vivos.

JF: ¿En qué proyecto te encuentras trabajando actualmente?

FT: Por ahora estoy trabajando en Secretaría de Educación, en el área de Cultura. Echamos a andar varios programas de literatura, cine, música, pintura, teatro guiñol en las escuelas. Retomamos el Viernes de escritores michoacanos y estamos por iniciar aquí el Viernes de escritores chiapanecos. Por ahora, desde hace algunas fechas soy editor de la revista Valores Chiapas y dirijo la revista de arte y cultura Arteria, nueva época. Me encuentro escribiendo un par de libros que no me dejan de convencer y que por ende los traigo aquí en la bolsa.


viernes, 29 de agosto de 2014

Sí, nuevamente soy una puta del sistema





Hace tres días me enteré a muy temprana hora, gracias a mi muro de Facebook, que fui acreedor de una de las becas que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes promociona este 2014. La conseguí en categoría novela, postulándome con un proyecto que busca explorar las preguntas: ¿dónde reside el vínculo entre un padre e hijo?, ¿su significado se construye con las vivencias del día a día o sólo es un lazo genético que puede borrarse con el olvido?, ¿somos la herencia de nuestro padre o construimos la propia de forma individual, sin siquiera tomar en cuenta a aquel que dio la semilla para darnos vida?

La novela la inicié este mismo año. Tras perder mi empleo como maestro en la universidad, decidí, con el apoyo de mi esposa, encerrarme 4 meses para “hacer lo que mejor sabes hacer”, fueron sus palabras, “escribir”. Durante ese tiempo, con una serie de deudas a cuestas y la mudanza de un departamento a otro, me dediqué a correr de 4 a 5 km tres veces a la semana, leer y entrevistar a mis contemporáneos narradores (para saber qué se ha escrito y qué estamos proponiendo) y a escribir una a cuatro páginas por día y leer sobre la figura paterna en la novela.

Recuerdo que al finiquitar el proyecto y la documentación que pide el FONCA, sentí la misma sensación que cuando concluí mi segundo libro de cuentos: estoy escribiendo algo que de verdad me llena, me gusta, me convence (honrar a mi padre desde la literatura misma). Y pase lo que pase, esta novela tiene que salir, como han salido mis otros libros. Tras cumplidos los cuatro meses que pacté con Flor, cerré el borrador de la novela, lo imprimí y guardé en uno de los espacios del librero donde tengo los proyectos que quiero trabajar cada año. Luego me olvidé de él y dejé el estudio para conseguir nuevamente empleo como maestro. Pues los recibos de los servicios y las deudas se habían acumulado.

Muchas veces ganar una beca o un premio literario está sujeto a una serie de factores siempre ajenos a la obra. Existen casos donde proyectos de una sobresaliente calidad literaria suelen ser ignorados o superados por otros, porque el nombre del autor, incluso la amistad, tiene más peso para los jurados en turno que la obra misma. Es decir, los jurados terminan premiando a sus clones, gustos físicos o amistades o a una serie de personas que buscan reclutar como si ellos mismos fueran Sergio Andrade en busca de su Gloria Trevi. Pareciera que la suerte de la literatura nacional la rige una serie de pactos tácitos entre grupos literarios que suelen repartir las rebanadas del pastel con sus conocidos. Y eso, en verdad, siempre ha sido tema de que hablar cada que salen los resultados del Fondo Nacional.

En mi caso, las veces que he tenido alguna beca estatal, nacional o internacional, incluso el premio que recibió mi Rojo semidesierto, han sido porque mis proyectos, según las actas de liberación, hablaron y se defendieron por sí solos. Yo no conocía a David Ojeda, tampoco a Antonio Gala y a los patronos de su fundación, ni Beatriz Espejo ni mucho menos a Eraclio Zepeda. Ese poder, creo yo, deben tener todos los libros. No me imagino a Cheever explicándonos qué nos quiso decir con su cuento “El nadador”, ni a Joyce argumentando cómo debemos comprender su Ulises. La obra debe sustentarse por sí sola y los autores, a final de cuentas, salimos sobrando.

El correo que me manda el FONCA me dice que mi proyecto fue elegido entre más de 500. Eso me hace entender, por ejemplo, porque tanta gente se ilusiona y desilusiona luego de recibir la noticia o ver los resultados. A unos se les quita lo grumpy y a otros se les potencia. “Pinche FONCA”, “Pinche jurados”, “Pinches todos los becarios”, “Pinche vida”, “Nadie lo merecía más que yo”, dicen. Y con justa razón sobresale su encono: ante un país donde los salarios mínimos y el desempleo son el pan de cada día, más para disciplinas que crean arte, ¿qué otro camino hay para que se les pague dignamente su trabajo, aparte del freelanceo? Por ello muchos artistas suelen depositar toda su energía e ilusiones en un premio o una beca, por ello muchos postulan y esperan con ansia estas fechas. Gracias a los golpes esa costumbre la he desaparecido de mis procesos creativos. Pues los premios ni las becas ni el reconocimiento hacen al escritor. Al escritor lo hace la vida, los seres humanos, la calle, las ganas que te despiertan a diario de hacer historias. Y mientras vivamos, aunque los recibos y las deudas se acumulen, podemos hacer literatura. Las mejores obras se hacen en momentos de crisis y también en grandes momentos de felicidad. Aunque tenga esa beca durante un año, mis deudas seguirán y más gracias al aumento del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en la frontera que a nuestro presidente en turno se le ocurrió establecer.

Sin embargo, aun mientras escribo esto, me pregunto: ¿qué habría pasado si no hubiera obtenido este apoyo? ¿Habría hecho coraje? ¿Habría publicado en Facebook todo mi enojo contra la vida y los otros? No, la verdad habría retomado el borrador de la novela y me habría puesto a finiquitarla, pues el pacto con mi esposa fue que en diciembre debe estar terminada, porque quiero tener al menos 5 libros antes de traer un hijo al mundo y, aunque no se interese en leerlos en su momento, seguro algún día uno de esos libros estará en sus manos y lo harán sentir lo que a mí mientras los escribía.

Así que sí: nuevamente me he convertido en una puta del sistema que vive de los premios y de las becas. Eso, justo eso, me ayudó escribir lo siguiente hace un par de años en uno de mis cuentos de Rojo semidesierto:    

"Somos una generación que vivió la entrada de La Compañía, el sonido de sus balas en el fuego cruzado entre sus pistoleros y los federales. Somos una generación que vivió el negro olor a pólvora nublando la ciudad, sucesos que pudren lo que apenas recordamos de un ser querido, un familiar o un amigo. A todos nos alcanzó una persecución, un secuestro, un asalto, la llama de un edificio ardiendo. Por eso detestamos vivir aquí, por eso huimos como si lo hiciéramos de nuestra sombra. Y como no pertenecemos a familias que se les escape el dinero de las manos, prostituimos nuestras mentes a cambio de becas que nos saquen, a cambio de cortas estancias que nos hagan olvidar intermitentemente el lugar donde nacimos".  


Anexo la carta que envió desde Nueva York Álvaro Enrigue a Mario Bellatin y Eduardo Antonio Parra. En ella se lee la solución final del dictamen. Dentro de poco, en otra entrada, subiré mi proyecto al bUNKER, pues me gustaría que los lectores conozcan lo que se apoyó y lo que estoy escribiendo.




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