jueves, 11 de septiembre de 2014

Lo mejor de la poesía es la amistad de los poetas [entrevista a Fernando Trejo]



Uno de los objetivos que me propuse desde que empecé las entrevistas a escritores nacidos durante la década del ochenta era leer exclusivamente a narradores. Ese objetivo, sin embargo, desatendía uno de los géneros más valiosos de la literatura: la poesía. Pero sobre todo cómo y desde qué lugares la están creando los jóvenes escritores mexicanos. En esta entrevista enmiendo mi falta y extiendo aún más el abanico del proyecto para entrevistar al poeta Fernando Trejo, quien recientemente (junio de 2014) recibió la mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandido, gracias a su libro de poemas Solana, que está programado para publicarse en enero de 2015, en el Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA).

Fernando Trejo nació en Chiapas en 1985, ha escrito alrededor de 6 libros de poesía de circulación nacional y de notable resonancia poética. Su poesía está permeada por una voz propia que se despega de cualquier influencia literaria modal, y sobre todo en boga dentro del panorama joven de México, que muchas veces privilegia el artificio y la pirotecnia. Trejo se centra en convertir a Chiapas y sus rincones en una mina abundante de tesoros visuales, sin caer en los regionalismos o la nostalgia por el terruño. Su poesía se ciñe a enunciar la amistad, el amor y la muerte, grandes temas que forjan al hombre y se proyectan en el arte, como el mejor vehículo para descubrirnos como seres humanos y comprendernos, en un Tuxtla que puede ser Sonora, Veracruz o Mulegé.

En esta entrevista, Fernando Trejo nos habla de su formación, cómo y por qué empezó a escribir poesía, los factores que hacen a Solana, la organización y propósitos de un gestor cultural, en su tarea como creador y estratega del “Carruaje de Pájaros”, encuentro internacional de poetas en Chiapas, así como la amistad entre poetas, como una de las mejores consecuencias del acto de crear poesía, compartirla y dialogarla.  

Joel Flores: Me gustaría que nos hablaras de tus dos mamás: la biológica y la poesía. ¿Cómo y por qué empezaste a escribir?

Fernando Trejo: Tengo la fortuna de haber nacido en un hogar muy unido, en un lugar en donde siempre hubo libros. Mi madre me acercó a ellos de manera involuntaria: comencé leyéndola a ella, a mi tía, mi abuelo. Poco a poco ese mundo creó en mí cierta conciencia de lo que significaban las palabras y lo que se podía decir con ellas. En la primaria dibujaba y escribía historietas que vendía con mis amigos. Era una suerte de libro de acertijos. Pero no fue sino hasta los 14 años que inicié una relación más personal con la literatura. Sobre todo con la poesía. No lo hice por convicción sino por necesidad. Me fue necesario, ante el orgullo, decir lo que no podía a viva voz. Así fue, de pronto, como empecé a escribir.

JF: En correos electrónicos anteriores, me escribías que para muchos poetas cambiarse al bando de la narrativa es un acto de alta traición en el oficio. Si eres poeta, debes seguir siendo poeta. ¿El género es una jaula para el escritor?

FT: No, para nada. Yo siempre he querido escribir narrativa. He hecho el intento. Pero voy a mencionar al autor de dicho comentario: René Morales, gran amigo, hermano al que admiro tanto, una tarde se enteró que yo escribía una novela. Ante todo, siempre nos hemos guardado respeto, pero sí enjuició al decir que cuando un poeta deja de escribir poesía para escribir narrativa, siente que todo está perdido y es como si a él le robaran algo que tanto ama. Yo no lo creo así. El escritor debe asumir una responsabilidad y esta responsabilidad recae en hacer bien las cosas que se quieran hacer. Si por más ese intento de narrar se queda por siempre en el cursor, más vale continuar y reforzar lo que se sepa hacer. En mi caso intenté escribir una novela, ahora, esa “novela”, es un extenso libro de poemas.

JF: “Solana significa sitio donde da el sol plenamente” (RAE, 2014), pero también es el título de tu poemario que recientemente ganó mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Si adelanto por menores de ramaje, escribiría: es la luz de un ser querido que se fugó sin explicación alguna. Es honrar a los muertos con la palabra. Es clavar sus recuerdos en los versos. ¿Cómo nació este libro?

FT: Con Solana intenté escribir una novela un tanto biográfica, pero terminó siendo, como te lo menciono, un libro de poemas. Quise reconocer y darle vida a ciertos personajes perdidos en mi adolescencia, sobre todo a Carlos, un primo al que amé como a un hermano. Solana nace a raíz de eso, de la necesidad, del querer afrontar la realidad como es, de saber que con este ejercicio, la poesía nos despliega una cantidad de emociones que no sabías que tenías guardadas. Pasamos, Carlos y yo, gran parte de nuestra vida en la azotea del edificio donde vivíamos, nuestros departamentos se conectaban por una terraza, por un pasillo o por la azotea. No había modo de que nuestros padres prohibieran nuestra rutina. Y ahí, justo en la azotea, construimos una casa a la que una tarde de junio el viento y la lluvia terminaron por destruir. Mi padre nos tomó una fotografía (caso único) que aún conservo. Fue así como después de dejar pasar el tiempo comencé a escribir Solana que puede significar también, a manera de sinónimo: azotea, y como bien mencionas: “sitio donde da el sol plenamente”. Es un libro que escribí sin intención alguna más que la de, a manera de homenaje, darle voz a Carlos. Celebré muchísimo la mención honorífica, porque a pesar de que el libro no haya resultado merecedor del premio sé que, quien lo lea, tendrá un poco de nosotros en su corazón.

JF: De un tiempo a la fecha, las nuevas generaciones de poetas se apuran más por descubrir el hilo negro en la poesía, que por entender la vida y compartirla en sus versos. Recurren a lo conceptual, al concretismo (queriendo ser novedosos y experimentales; ignorando que esas tendencias las exploraron hace más de un siglo las vanguardias surrealistas y dadaístas), y olvidan la verdadera esencia de la poesía: dejar el músculo del lenguaje a la intemperie; hacer que el corazón de la vida lata en las estrofas. ¿Cuál es o debería ser la verdadera función de la poesía?

FT: Estoy de acuerdo en la postura de los jóvenes. Cada quien es libre de intentar hacer lo que desee. Se es uno mismo, pues. Pero yo siempre me quedaré en lo tradicional, en lo romántico, en el fin último de la poesía, que para mí es hacer sentir una emoción, llegar al hilo conductor de la nostalgia, del grito, tocar la fibra del alma. Leo, por ejemplo, a Gonzalo Rojas y me vuelco a recordar y me sorprendo. Leo a Huidobro y estallo en emociones y arrojo el libro. No creo en el sincretismo, sí en lo conceptual cuando se tiene un sustento, un resultado válido. La función de la poesía es tocar, sentir que la palabra es algo sólido y que duele pero que también, y sobre todo, enerva, respira, te observa, tiene vida.

JF: Hagamos un experimento. Te daré una serie de palabras y tú te sirves de ellas para escribir:
México, Poesía, Madre, Literatura, Chiapas, Hijo, Amigos.

México: no era penal.
Poesía: llena eres de gracia.
Madre, de tu mano, todavía.
Literatura: una mirada al sur.
“Chiapas es en el cosmos lo que una flor al viento”. Enoch Cancino Casahonda.
Hijo, tu corazón me late ya en el pecho.
Amigos en contra de su voluntad, los amo.

F: Si la poesía es un género marginado, las editoriales se centran más en publicar narrativa, ¿qué significa escribir poesía desde Chiapas, una región alejada del sistema cultural centralista?

FT: Creo que de tan alejados que estamos que ni nos percatamos en eso. Existen muchas editoriales independientes, muchas maneras de publicar. No importa el medio, la editorial, la forma. Eso no importa. Una vez escuché que un escritor fotocopió una parte de un libro suyo para llevar de regalo a un encuentro de literatura, “el chiste es que te lean y ya no tengo libros”. Y coincido en eso. No estamos preocupados, creo yo, en publicar sino más bien en escribir, en crear y dar a conocer nuestro trabajo y eso nos abre un panorama amplísimo para conocernos a nosotros mismos y ofrecer un pedazo de pan.

JF: Desde el 2008 has organizado, como gestor cultural, el Carruaje de Pájaros, es decir, has llevado la poesía a Chiapas y has llevado Chiapas a los poetas. ¿Cuál es el objetivo de este encuentro literario?

FT: Vincularnos. No estar peleados. Leernos, dar a conocer lo que hacemos y estar al tanto de la propuesta de los que vienen. En Chiapas no se hacía un encuentro de tal envergadura, un escenario para jóvenes hecho por jóvenes. Hemos dado 7 pasos y hasta hoy me siento satisfecho con los resultados. Parte de la poesía y de la gestión y promoción cultural es eso: abrazarnos unos con otros celebrando a la maravillosa literatura. En Oaxaca, en el año 2000, tuve la fortuna de conocer a Juan Gelman y escucharlo decir, algo que he vuelto un lema para mí y que cada que puedo menciono: “lo mejor de la poesía es la amistad de los poetas”.




JF: Para muchos escritores es importante leer a sus contemporáneos; otros prefieren las voces del pasado para aprender de ellas, ¿sueles leer a escritores de tu generación?

FT: José Emilio Pacheco decía que habría que leer a nuestros contemporáneos, saber qué están escribiendo. Yo lo hago, me gusta hacerlo. Qué maravilla poder conocer al autor de una obra literaria y leerlo y reconocerlo y encontrarlo en su obra. Yo sugeriría que nos demos el tiempo de leernos, si no quién, entre nosotros. Es una forma de entablar un diálogo, de agradecerle a la vida estar vivos.

JF: ¿En qué proyecto te encuentras trabajando actualmente?

FT: Por ahora estoy trabajando en Secretaría de Educación, en el área de Cultura. Echamos a andar varios programas de literatura, cine, música, pintura, teatro guiñol en las escuelas. Retomamos el Viernes de escritores michoacanos y estamos por iniciar aquí el Viernes de escritores chiapanecos. Por ahora, desde hace algunas fechas soy editor de la revista Valores Chiapas y dirijo la revista de arte y cultura Arteria, nueva época. Me encuentro escribiendo un par de libros que no me dejan de convencer y que por ende los traigo aquí en la bolsa.


viernes, 29 de agosto de 2014

Sí, nuevamente soy una puta del sistema





Hace tres días me enteré a muy temprana hora, gracias a mi muro de Facebook, que fui acreedor de una de las becas que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes promociona este 2014. La conseguí en categoría novela, postulándome con un proyecto que busca explorar las preguntas: ¿dónde reside el vínculo entre un padre e hijo?, ¿su significado se construye con las vivencias del día a día o sólo es un lazo genético que puede borrarse con el olvido?, ¿somos la herencia de nuestro padre o construimos la propia de forma individual, sin siquiera tomar en cuenta a aquel que dio la semilla para darnos vida?

La novela la inicié este mismo año. Tras perder mi empleo como maestro en la universidad, decidí, con el apoyo de mi esposa, encerrarme 4 meses para “hacer lo que mejor sabes hacer”, fueron sus palabras, “escribir”. Durante ese tiempo, con una serie de deudas a cuestas y la mudanza de un departamento a otro, me dediqué a correr de 4 a 5 km tres veces a la semana, leer y entrevistar a mis contemporáneos narradores (para saber qué se ha escrito y qué estamos proponiendo) y a escribir una a cuatro páginas por día y leer sobre la figura paterna en la novela.

Recuerdo que al finiquitar el proyecto y la documentación que pide el FONCA, sentí la misma sensación que cuando concluí mi segundo libro de cuentos: estoy escribiendo algo que de verdad me llena, me gusta, me convence (honrar a mi padre desde la literatura misma). Y pase lo que pase, esta novela tiene que salir, como han salido mis otros libros. Tras cumplidos los cuatro meses que pacté con Flor, cerré el borrador de la novela, lo imprimí y guardé en uno de los espacios del librero donde tengo los proyectos que quiero trabajar cada año. Luego me olvidé de él y dejé el estudio para conseguir nuevamente empleo como maestro. Pues los recibos de los servicios y las deudas se habían acumulado.

Muchas veces ganar una beca o un premio literario está sujeto a una serie de factores siempre ajenos a la obra. Existen casos donde proyectos de una sobresaliente calidad literaria suelen ser ignorados o superados por otros, porque el nombre del autor, incluso la amistad, tiene más peso para los jurados en turno que la obra misma. Es decir, los jurados terminan premiando a sus clones, gustos físicos o amistades o a una serie de personas que buscan reclutar como si ellos mismos fueran Sergio Andrade en busca de su Gloria Trevi. Pareciera que la suerte de la literatura nacional la rige una serie de pactos tácitos entre grupos literarios que suelen repartir las rebanadas del pastel con sus conocidos. Y eso, en verdad, siempre ha sido tema de que hablar cada que salen los resultados del Fondo Nacional.

En mi caso, las veces que he tenido alguna beca estatal, nacional o internacional, incluso el premio que recibió mi Rojo semidesierto, han sido porque mis proyectos, según las actas de liberación, hablaron y se defendieron por sí solos. Yo no conocía a David Ojeda, tampoco a Antonio Gala y a los patronos de su fundación, ni Beatriz Espejo ni mucho menos a Eraclio Zepeda. Ese poder, creo yo, deben tener todos los libros. No me imagino a Cheever explicándonos qué nos quiso decir con su cuento “El nadador”, ni a Joyce argumentando cómo debemos comprender su Ulises. La obra debe sustentarse por sí sola y los autores, a final de cuentas, salimos sobrando.

El correo que me manda el FONCA me dice que mi proyecto fue elegido entre más de 500. Eso me hace entender, por ejemplo, porque tanta gente se ilusiona y desilusiona luego de recibir la noticia o ver los resultados. A unos se les quita lo grumpy y a otros se les potencia. “Pinche FONCA”, “Pinche jurados”, “Pinches todos los becarios”, “Pinche vida”, “Nadie lo merecía más que yo”, dicen. Y con justa razón sobresale su encono: ante un país donde los salarios mínimos y el desempleo son el pan de cada día, más para disciplinas que crean arte, ¿qué otro camino hay para que se les pague dignamente su trabajo, aparte del freelanceo? Por ello muchos artistas suelen depositar toda su energía e ilusiones en un premio o una beca, por ello muchos postulan y esperan con ansia estas fechas. Gracias a los golpes esa costumbre la he desaparecido de mis procesos creativos. Pues los premios ni las becas ni el reconocimiento hacen al escritor. Al escritor lo hace la vida, los seres humanos, la calle, las ganas que te despiertan a diario de hacer historias. Y mientras vivamos, aunque los recibos y las deudas se acumulen, podemos hacer literatura. Las mejores obras se hacen en momentos de crisis y también en grandes momentos de felicidad. Aunque tenga esa beca durante un año, mis deudas seguirán y más gracias al aumento del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en la frontera que a nuestro presidente en turno se le ocurrió establecer.

Sin embargo, aun mientras escribo esto, me pregunto: ¿qué habría pasado si no hubiera obtenido este apoyo? ¿Habría hecho coraje? ¿Habría publicado en Facebook todo mi enojo contra la vida y los otros? No, la verdad habría retomado el borrador de la novela y me habría puesto a finiquitarla, pues el pacto con mi esposa fue que en diciembre debe estar terminada, porque quiero tener al menos 5 libros antes de traer un hijo al mundo y, aunque no se interese en leerlos en su momento, seguro algún día uno de esos libros estará en sus manos y lo harán sentir lo que a mí mientras los escribía.

Así que sí: nuevamente me he convertido en una puta del sistema que vive de los premios y de las becas. Eso, justo eso, me ayudó escribir lo siguiente hace un par de años en uno de mis cuentos de Rojo semidesierto:    

"Somos una generación que vivió la entrada de La Compañía, el sonido de sus balas en el fuego cruzado entre sus pistoleros y los federales. Somos una generación que vivió el negro olor a pólvora nublando la ciudad, sucesos que pudren lo que apenas recordamos de un ser querido, un familiar o un amigo. A todos nos alcanzó una persecución, un secuestro, un asalto, la llama de un edificio ardiendo. Por eso detestamos vivir aquí, por eso huimos como si lo hiciéramos de nuestra sombra. Y como no pertenecemos a familias que se les escape el dinero de las manos, prostituimos nuestras mentes a cambio de becas que nos saquen, a cambio de cortas estancias que nos hagan olvidar intermitentemente el lugar donde nacimos".  


Anexo la carta que envió desde Nueva York Álvaro Enrigue a Mario Bellatin y Eduardo Antonio Parra. En ella se lee la solución final del dictamen. Dentro de poco, en otra entrada, subiré mi proyecto al bUNKER, pues me gustaría que los lectores conozcan lo que se apoyó y lo que estoy escribiendo.




miércoles, 20 de agosto de 2014

Impartiré un taller de cuento dentro de los programas de Tijuana Innovadora





Querid@s amig@s,



A través de Tijuana Innovadora, este 27 de agosto daré un taller sobre cómo iniciar, desarrollar y concluir cuentos, apoyándome en la formación literaria que me han heredado mis maestros y en algunos de los cuentos que integran mi Rojo semidesierto (FOEM, 2013). El taller inicia a las 5 de la tarde. Anímense a convertir sus propias historias de vida en literatura.

Pueden registrarse dando clic aquí para conocer más sobre el taller. 





martes, 15 de julio de 2014

Estancia de ánimas (FETA, 2013)






Este viernes 18 de julio tendré el honor de presentar, junto al poeta Jorge Ortega (Mexicali, 1972), Estancia de ánimas (FETA), de Armando Salgado (Morelia, 1985). Este poemario ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal en 2013. Se trata de una serie de poemas que buscan reconstruir y reflexionar parte de la vida de aquellos escritores raros y suicidas, como Arthur Rimbaud y Horacio Quiroga. La presentación será en Galería La Blástula a las 8 pm, en Plaza Revolución, Av. Revolución #942-213, entre calle 3ra y 4ta Zona Centro, en Tijuana, Baja California. Los esperamos.

Para saber más del evento y cómo llegar al lugar, dar clic aquí: Presentación de estancia de ánimas.  


lunes, 7 de julio de 2014

Escribir sobre la memoria y la violencia




Mientras muchos de los escritores nacidos durante la década del ochenta centran sus objetivos literarios en escribir libros que puedan ser premiados en concursos, becables por el Estado y sus fondos editoriales, Anatomía de la memoria  (Barcelona, Editorial Candaya, 2014) es una novela que revela una vocación literaria que tiene precedentes en autores que han escrito libros como Cien años de soledad, Ulises o Infinite jest. Aspira a la obra total, donde no sólo se funde imaginación y talento, sino otros conocimientos que no discrepan para nada con la literatura y su creación. Se trata de una novela sobre la memoria como sinónimo de Historia. Una novela que indaga sobre quiénes y cómo la construyen, sin ignorar que la memoria es tramposa: recordamos lo que nos conforma y traicionamos lo que nos incordia.

Las más de quinientas páginas de Anatomía… (que en su forma bien podría ser un universo narrativo compuesto por cinco novelas sobre un tema) están contadas con una voz que jamás se derrumba, que alcanza el cenit de las luminosidades poéticas (tanto por las continuas y preciosas reflexiones sobre cómo se construye la memoria de un movimiento estudiantil y con ello la historia de una región, y por el cúmulo de citas literarias que disertan sobre la escritura), como si de una gran novela estructurada en versos se tratara: oraciones cortas y bien calibradas que se inclinan a interrogar el porqué de la formación y extinción de los Enfermos, un grupo de estudiantes que buscaba un nuevo orden en el Norte de México durante la década del setenta, porque México es, como en la actualidad, un país enredado por engaños.

Eduardo Ruiz Sosa nació en Culiacán, Sinaloa, en 1983. Lleva viviendo alrededor de diez años en Barcelona, España. Junto a otros escritores coordina la revista digital www.lajuntadecarter.com. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo con el libro La voluntad de marcharse (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008). Textos suyos han aparecido en las antologías: A fin de cuentos, Las Emergencias, doce cuentos iberoamericanos (Candaya 2013). En 2012 fue ganador de la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens, lo que le permitió estudiar el máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y dedicarse durante un año a escribir Anatomía de la memoria

Con esta novela, Ruiz Sosa demuestra que los buenos libros se construyen con paciencia y vocación. Nos hace comprender que la búsqueda de escribir grandes obras, obras que aspiran a la totalidad, tanto en nivel estético, estilístico y de imaginario, aún sigue vigente y en manos de creadores jóvenes. En esta entrevista, el autor nos ofrece una muestra de su poética, imaginario y preocupaciones literarias. Y nos habla de cómo se fue gestando y concluyó Anatomía...


Joel Flores: Me gustaría que comenzaras hablándonos de tu acercamiento a la literatura y tu formación.

Eduardo Ruiz Sosa: El curso de mis lecturas iniciales es muy parecido al de la mayor parte de los lectores: empezar de niño con los libros que hay en casa, ir yendo de un lado a otro entre géneros diversos sin mucho orden y, luego, en un momento, una cierta guía aparece para ofrecer, como dice una canción, orden y aventura: yo pasé de leer Mafalda, John Grisham, y libros de ciencia, especialmente astronomía, a leer, gracias a un círculo de lectura que coordinaba Martín Amaral, un gran lector, a Borges, Lugones, Cortázar, Quiroga, Arreola, y ahí, ciertamente, fue donde mi forma de leer y entender la lectura cambió drásticamente. Fue el propio Martín quien me encaminó al taller de escritura de Élmer Mendoza, luego de leer mis primeros textos. Ahí aprendí técnica, paciencia, hábitos, y fui descubriendo a otros autores que ahora son fundamentales para mí, como Antonio Lobo Antunes, por ejemplo. Aquella experiencia perfiló de manera especial mi forma de enfrentarme a la escritura. Después de eso, y gracias al propio Élmer, conocí a otros dos escritores que yo considero también como mis maestros: David Toscana y César López Cuadras. Con ellos trabajé en algunos cuantos talleres, y sus consejos sigo teniéndolos en mente.   

JF: Anatomía de la memoria se escribió bajo el apoyo de la beca Han Nefkens, en colaboración con la Universidad Pompeu Fabra, ¿los masters o universidades que ofertan programas de escritura creativa en realidad hacen a los escritores o los escritores se hacen solos?

ERS: Creer que la escuela, los cursos o las instituciones «hacen» a quienes se acercan a ellas para obtener algún tipo de conocimiento es pensar en el conocimiento mismo como en un proceso en el cual uno alimenta a otro. Pensar, sin embargo, que no «hacen» nada, es también una forma unilateral de ver la construcción del conocimiento. He escuchado muchos comentarios, y muy variados, sobre este asunto. Creo que hay una especie de aura mítica sobre la idea de lo que un escritor es o debe ser, y que en cierta medida conduce a esa forma romántica del ser tocado por las musas o dotado de una cierta sensibilidad rebelde y agreste que, si se educa, se pierde. Sin embargo eso no se piensa, por ejemplo, en el teatro, en la música, en la danza, o en cualquier otra disciplina artística. La escritura es un arte, eso no debe olvidarse. Y todo arte conlleva una artesanía, un «saber hacer». Nunca he escuchado que alguien se cuestione sobre si debe ir a un conservatorio de música o no, ni que los músicos critiquen a los conservatorios y a quienes asisten a ellos para formarse. Al contrario. Se entiende que hay una técnica, una serie de prácticas formales que son semejantes para todos y cuyo uso permite comprender, por ejemplo, el funcionamiento mecánico de un instrumento. Esto, insisto, en la música o en la danza no se cuestiona: se estudia, se va a una escuela, una universidad o una academia. Sin embargo parece que en la escritura eso tiene una cierta objeción de conciencia. Yo me formé en talleres con diversos escritores, aprendí ahí la mecánica del oficio de la escritura, y he sido profesor en talleres desde hace tiempo: no tengo la menor duda de que se aprende a escribir como se aprende a tocar la guitarra. Esto, sobre todo, en cuanto a los talleres y los cursos más o menos abiertos a todo el público. Ahora bien, en un máster no se le enseña a uno a escribir: si uno llega a un máster debe ir con un bagaje personal lo suficientemente robusto como para plantearse una interacción entre lo que ya sabe y lo que saben otros. Y eso vale para cualquier máster, sea de matemáticas, de filosofía o de escritura creativa. Pensar que uno puede entrar en un máster de escritura creativa en blanco y que saldrá siendo un escritor, sea lo que se entienda por eso, es pura inocencia. Es como pensar que un año de clases de guitarra lo va a convertir a uno en Paco de Lucía. Y no es así. Parece que con la escritura hay dos formas: una marca de nacimiento y una fórmula milagrosa. Y la una no tolera a la otra. Sin embargo la escritura es trabajo arduo, constante: pasar mucho tiempo a la sombra leyendo, escribiendo y reescribiendo hasta que algún párrafo, alguna línea, una página entera tiene lo que uno quiere o necesita. Creo que los talleres ayudan a comenzar y que un máster puede darle a uno el tiempo, la excusa y el ambiente propicios para dedicarse a escribir casi de tiempo completo. Pero en ninguno de los dos casos hay una fórmula milagrosa. También es demasiado absurdo pensar que todas las personas que acuden a un taller de escritura o a un máster de creación pretenden «ser escritores»; es decir: si yo estudio un poco de música y aprendo a tocar la guitarra medianamente no es para convertirme en guitarrista, sino porque lo encuentro entretenido, atractivo, estimulante. Así le pasará, sindudamente, a muchas personas con la escritura. En resumen: talleres y másters no son fábricas de escritores, sino lugares que pueden ser propicios para una determinada formación y una determinada convivencia. Tampoco la universidad fabrica ingenieros o médicos: hay una conjunción entre teoría y práctica y, según el área específica, la práctica puede no ocurrir nunca en la escuela, y si ocurre ahí no se parecerá a la de la vida real. Ciertamente puede formarse un escritor sin asistir a talleres y másters, no hay duda: solamente tiene que hacer lo mismo que hace el que sí asiste: leer mucho, escribir mucho, corregir y corregir y ver el mundo que lo rodea porque es ahí donde están las cosas de las que debe hablar, y eso, el centro de la escritura, el corazón de lo que se dice, eso sí que no se puede enseñar: uno lo va aprendiendo poco a poco con los años. Pero no debe confundirse la técnica y la artesanía con la materia que se moldeará mediante esa técnica.


JF: Tu primer libro salió en 2008, desde entonces no hubo rastro de ti. ¿Centraste de 2008 a 2013 y todos tus esfuerzos en escribir una novela con ambiciones enormes como Anatomía…? ¿Cómo fue el salto de escribir cuento a novela?, ¿cómo fue el proceso de creación de esta obra?

ERS: El hecho de que publicara primero un libro de cuentos no quiere decir que primero escribí cuentos y luego me atreví con la novela. Se habla mucho de que el cuento es un género de aprendizaje o de paso, y creo que eso es un error. Antes del libro de cuentos había escrito ya dos novelas que acabaron, menos mal, en la basura; y había escrito también un par de libros de cuentos, y algunos poemas, incluso. La escritura, a mi ver, no tiene restricciones a partir del género. En este sentido, no di un salto del cuento a la novela: mientras escribía una de esas dos novelas, que ya no existen, empecé los cuentos de La voluntad de marcharse, y alternaba ambas cosas. Creo que así lo he hecho casi siempre. El último borrador de ese libro de cuentos lo terminé durante el primer año de estancia en Barcelona, 2006-2007. Después de eso me dediqué, más o menos a partes iguales, al doctorado y a la lectura. Fue más o menos también en 2007 que comencé otro proyecto, en aquél tiempo sin forma precisa, que se fue convirtiendo en un largo libro, una especie de novela. Y digo especie porque aún no está terminado. De ese proyecto, cuya línea central es la memoria, manan muchos de los personajes de Anatomía de la memoria, y fue así como empecé, ya alrededor del 2010 o 2011, a dibujar el perfil de lo que sería esta novela. Surgió un poco como el libro de cuentos: las historias fueron apareciendo, y lo único que había de fondo, y que sin eso no habría podido escribir ni una página, era una cierta noción temática, por decirlo de alguna manera: la intención de escribir sobre la memoria y, principalmente, sobre la memoria del dolor. Escribí un par de versiones breves, muy distintas en todo a la última versión, ya publicada, y poco a poco fui encontrando el sentido que buscaba. Dejé en descanso aquél otro largo proyecto y preparé todo para escribir Anatomía de la memoria. Justo había terminado el doctorado cuando salió el fallo de la Beca Han Nefkens y entonces dediqué, íntegramente, los 18 meses de duración de la beca a la escritura del libro. Escribía casi todos los días, unas ocho horas diarias. Finalmente entregué el libro a Olga y Paco, los editores de Candaya, el 31 de diciembre a las once y media de la noche. En el camino hice el máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y seguí con el curso de escritura que impartía en una librería en Cerdanyola, donde vivo desde hace unos años. Mi intención era la de hacer un libro con un pulso poético muy marcado, donde pudiera abordar, desde la mayor cantidad de perspectivas posibles, la memoria y el olvido, y donde los personajes que salieron de aquél otro proyecto tuvieran un lugar propio. Quería hablar de la violencia, de la escritura y de tantas cosas que al final el resultado fueron casi 600 páginas.  

JF: Anatomía… enuncia un país hundido y un grupo de estudiante que buscan instaurar un nuevo orden nacional en los años setenta. Pero también es un tratado en verso sobre la escritura de la memoria y las disecciones del recuerdo. ¿Es deber del escritor enunciar y evidenciar con su literatura los conflictos que aquejan a México?, ¿el escritor debe hablar de la violencia que le tocó vivir aunque esté lejos y vea esos conflictos desde afuera del país?

ERS: No sé si es posible decir que hay «un deber» para los escritores. Sé que yo tenía que escribir sobre ello, que mi intención era la de preservar no el hecho histórico en sí, hablando particularmente del caso de los Enfermos, sino una cierta emoción que creo que debe permanecer en nosotros luego de que nos acercamos al estudio de la historia o a las noticias del presente. Cada quien escribe de lo que quiere y de lo que puede, de lo que ve y de lo que sabe. En cierta medida creo que también hay que tratar de escribir sobre lo que no se sabe, sobre lo que uno no sabe, porque es mediante la escritura que puede uno aproximarse a un esbozo de explicación. Estar lejos me ha permitido ver las cosas desde otra perspectiva, comprenderlas de una manera distinta que no es el mero recurso pintoresco de un contexto. Pero estar lejos es estar dentro de la distancia de una manera especial: uno se va, pero se queda la familia, los amigos, y esa violencia lo va siguiendo a uno sin descanso. No se puede huir de la violencia, o yo no puedo hacerlo, y quizás esto, más que por la escritura, se debe a razones muy personales. Cuando empecé a escribir, y eso puede verse aún en el libro de cuentos, me interesaba ver, imaginar, contar, cosas lejanas: pensaba en otros países, en otras historias. Cuando vine a vivir acá fue que empecé a escribir sobre México, sobre Culiacán, sobre mi familia. No creo que sea un proceso que todas las personas requieran, el del desplazamiento y la distancia, pero yo encontré que a mí me hacía falta. Mi forma de entender la escritura tiene que ver con esa distancia, con la aprehensión de esa distancia.  


JF: Ciertos narradores consideran a la poesía un arte menor. Pero tu novela bien podría leerse como un poema largo: hay pasajes donde la prosa se inclina en crear una serie de imágenes que en conjunto crean una narración y a la vez musicalidad. ¿Leer poesía ayuda a afilar las armas narrativas y a aprender a fundir el discurso narrativo con el poético?  

ERS: No creo que haya, en esencia, una rotunda diferencia entre eso que habitualmente se distingue como lo narrativo y lo poético. Toda escritura que pretenda ahondar en las emociones humanas necesita del fenómeno poético para alcanzar una cierta cercanía con las cosas. Considerar que la poesía es un arte menor me parece más bien triste. Y tampoco creo que la poesía sea una herramienta para los narradores: «la poesía es», y poco más puede decirse. Quizás sea el mecanismo más preciso del que disponemos para acercarnos a los fenómenos del sentir y el pensar. Habría que leer a Juarroz. Y a Edmond Jabes. Habría que recordar que Nietzsche, Heidegger, Sloterdijk, y tantos otros filósofos han dedicado páginas numerosas a hablar sobre la poesía y a hablar del ser humano a partir de la poesía. Para mí, la única forma posible que encontré para tratar la memoria estaba ahí, en la palabra poética, en una manera del decir y en una noción de hondura que la narración, por sí sola, no alcanza. Por eso decía antes que mi intención al escribir Anatomía de la memoria era la de preservar la emoción que queda después de los hechos, y no los hechos en sí. Creo que habría que preguntarse qué diferencia hay entre un libro de historia bien escrito y una novela sin hondura poética: quizás es una diferencia muy escasa. Mediante la palabra poética es que se puede aproximar la escritura, como dice Rafael Cadenas, al misterio; y ese misterio no es otra cosa que lo incomprensible de lo humano.

JF: Diré una palabra y tú me contestas, sucintamente, lo que se te viene primero a la mente.

México: Herida, distancia y distanciamiento, cercanía de lo lejano.
Memoria: Lo que uno mismo es en los otros y con los otros.
Novela: Carta larga para los más queridos.
Culiacán: Necesidad de un futuro distinto.
Literatura: Conversación y esperanza.
España: Otra herida. Y agregaré: Catalunya, Barcelona, Cerdanyola: Casa y distancia.

JF: El Estado y sus programas de fomento y promoción de la cultura han ido llevando al escritor a buscar que su trabajo se solvente gracias a becas y premios literarios. ¿Qué opinión tienes de los premios?, ¿en verdad motivan a los autores a crear obras de calidad? 

ERS: Creo que si uno se toma la escritura como un trabajo a remunerar, como algo que debe premiarse por el hecho de ser cultura, se equivoca. Es curioso que en el caso de la formación de escritores haya debates y, en muchos casos, dudas y críticas sobre los talleres, cursos y másters, pero en torno a los premios literarios y las becas no haya las mismas consideraciones. Una vez escuché a alguien preguntar ¿cuántos escritores quedarían en México si desaparecieran todas las becas y los premios? Para mí, tanto las becas como los premios, son herramientas para lograr la publicación y, a veces, la subsistencia económica por un tiempo muy específico. Nada más. Pero esa subsistencia y esas publicaciones estarían ceñidas, así lo veo, a una cierta edad o a una cierta etapa de la vida de un escritor, quiero decir que principalmente a la juventud o a los inicios, que es cuando más cuesta mostrar el trabajo y hacerlo circular, al menos así parece en apariencia. Aunque estos dos años, gracias a la beca Han Nefkens, he vivido de la escritura, sé que es algo que no va a pasar el resto de mi vida: no porque no sea cómodo, sino porque no quiero encerrarme en la escritura como si ello fuera una especie de altar. Viviré de mi trabajo como profesor universitario, para eso he estudiado tantos años, y le dedicaré a la escritura todo el tiempo que tenga disponible. En este sentido, becas y premios deberían ser, creo, estímulos, y poco más. O así es como yo quiero verlos. No contemplo vivir de la escritura, eso es una especie de usufructo, pienso en vivir con la escritura. La motivación de un escritor no puede estar en el premio, ahí hay, me parece, algo hueco. Mi motivación cuando solicité la beca Han Nefkens era la de dedicarme por completo al libro porque el libro ya palpitaba y yo necesitaba escribirlo, era una oportunidad, no un reconocimiento, un medio, no un fin: había pasado seis años dedicando buena parte de mi tiempo a la historia de la ciencia, que es lo que estudié acá, y la beca ofrecía la posibilidad de hacer lo mismo con el libro, por eso es que la solicité. Pero el libro, sin beca, lo habría escrito en algún otro momento. Con más lentitud, seguramente, y sin el inmenso apoyo de quienes están relacionados con el proyecto de la fundación Han Nefkens: el propio Han, que es un individuo excepcional; los profesores del máster de la Pompeu, con su atención y su consejo; y Olga y Paco, de la Editorial Candaya, que dedican su tiempo a un proyecto editorial que ya tiene diez años de edad y que es una apuesta vital por la literatura. Creo, en resumen, que más que pensar en los premios o en las becas o la idea de obras de calidad literaria, habría que pensar en qué es lo que pretende uno alcanzar cuando escribe, qué cosas busca, qué alegría o qué dolor hay en el fondo de la escritura, con qué honestidad se atreve uno al momento de escribir. Creo que el apoyo a la cultura es siempre necesario, y que es responsabilidad de cada uno darle el mejor uso posible.  


JF: Lejos de casa, ¿sueles estar al pendiente de tus contemporáneos escritores tanto españoles como mexicanos, sueles leer a los escritores nacidos durante la década del ochenta, conoces sus trabajos?, ¿o prefieres leer a los clásicos porque son ellos quienes nutren más tu literatura?

ERS: No hago distinción ni entre las edades ni entre las procedencias de los autores que leo. No pienso específicamente en estar al día en cuanto a lecturas. Nunca se puede estar al día porque no hemos leído todo lo que ya se escribió en el pasado. En ese sentido no tengo una preferencia especial: un libro es bueno o malo, y el resto da un poco lo mismo. Claro que voy viendo, de tanto en tanto, lo que hacen los amigos, los conocidos, pero no estoy a la caza de las novedades. A veces uno «descubre» a un autor desconocido que murió hace cuarenta años. A veces «descubre» a otro que tiene la misma edad que uno mismo. Si ambos escriben con intensidad y honestidad no hace falta poner etiquetas generacionales: hablan de lo mismo: lo que nunca nos ha quedado claro y que sigue haciendo necesaria a la escritura: la esencia del sentir y el pensar, las motivaciones, los sufrimientos y los gozos. El contexto puede cambiar, ciertamente, pero el ser humano no ha cambiado tanto en muchísimo tiempo, al menos no tanto como ha cambiado su contexto. De ahí que sigamos leyendo a Dante, a Danilo Kis o a Rulfo; y de ahí que se siga escribiendo: constantemente necesitamos recordarnos todo lo que somos y lo que nos ha pasado. Quizás lo que más procuro conocer, en cuanto a novedades, está en la poesía: trato de enterarme y conocer libros más o menos recientes, no porque me hablen desde una cercanía mayor, sino porque es más complicado enterarse de la existencia de un nuevo libro de poesía que de una nueva novela.

JF: ¿En qué proyecto estás trabajando actualmente? ¿Podrías darnos por menores de su trama?

ERS: Ahora mismo estoy acabando una tesis para un doctorado en Filología Española. Tengo un libro de crónicas, emanado también de aquél otro proyecto largo del que parte Anatomía de la memoria, que corregiré dentro de poco, y estoy escribiendo poesía. No sé si me dará para un libro, pero por ahora eso es lo que más me ocupa. Quiero volver a aquél otro libro que descansa desde hace un par de años y seguir con él, pero es un proyecto que me tomará unos años más: hace casi siete años que estoy trabajando en ello y seguramente me tomará otros años más, no sé cuánto. No tengo prisa, no creo que haga falta publicar un libro al año ni mucho menos. Quizás ese libro de crónicas, que escribí hace un par de años, se publique pronto, pero tampoco eso lo sé. Escribo todos los días, pero no siempre escribo en torno a un proyecto determinado. Tengo paciencia, y aún hay un buen número de lecturas que me hacen falta para enfrentarme a la última etapa de esos proyectos. 



Para comprar Anatomía de la memoria visita la página Web de 
Parte de esta entrevista se puede leer y descargar en 





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...