martes, 9 de mayo de 2017

Leer para escribir


Tengo algunos años como maestro de escritura creativa en escuelas privadas. Alguna vez incluso tuve un taller de narrativa en mi propia casa. En esas sesiones siempre he tratado de trasmitir que para ser escritor primero se debe ser un buen lector. Un buen lector de lo que sea pero al final de cuentas lector, pues en los libros se hallan las rutas y los atajos para escribir narrativa. En esa enseñanza me he topado –mis alumnas oscilan entre el grado escolar de preparatoria y mujeres amas de casa o con doctorado en alguna disciplina ajena a la literatura– con lectores de gustos definidos, eclécticos, variopintos, inquietos, amantes clandestinos de ciertos autores o libros y hasta aquellos que se olvidaron del nombre del escritor y de la obra, pero no de la historia que leyeron.
     Es común hoy en día que los maestros se olviden de trasmitir a los estudiantes que es igual de importante la obra que el autor, así como sus datos biográficos. Y es más común todavía que los estudiantes, en esa ausencia de información, ignoren el esfuerzo intelectual que conlleva para un autor escribir un libro y quizá por eso terminen enterrándolo en el olvido.
     En mi andar en esos talleres también he tratado de enseñar a leer que un clásico, como diría Ítalo Calvino, es el que el lector mismo –desde su individualidad– establece como tal influido por sus gustos y no por los de terceros. Un clásico puede ser un libro que se publicó en 2016 y a ti te gusta por lo que sus letras dicen; no importa que no tenga las hojas amarillentas por el tiempo, ni huela a polvo y humedad; es un clásico porque ofrece la luz que iluminó tus dudas o alimentó tus incertidumbres. Del mismo modo, un clásico puede ser una obra que se publicó hace dos siglos y tú lees y relees porque, a pesar de la distancia, te habla como si fuera el amigo que siempre deseaste tener o te enseña lo que siempre quisiste saber.
    Borges decía que leer un libro es felicidad y no le gustaba que le sugirieran caminos para encontrarla. Por eso recomendaba que los mejores consejeros de lecturas son las novelas mismas, como si cada una de ellas –sin depender de nacionalidades o fronteras– conformaran una red de libros en la que el lector puede pasear a su antojo, viajando de arriba a abajo o de izquierda a derecha, leyendo poco a poco a James Joyce como si fuera su vecino o Luis Alberto Urrea como si estuviera en el más allá. Uno encuentra y define a sus propios clásicos como si fueran sus contemporáneos y a sus contemporáneos como si fueran sus clásicos. En ese sentido también uno encuentra su propia felicidad en los autores y libros de su elección: sobra que sean nuevos o viejos, de este siglo o del antepasado: si el libro te habló como si te hablara tu mejor amigo, piensa que el escritor te lo escribió a ti y aprende de él como si ese amigo te diera un consejo.
    En la historia del lector hay varias clasificaciones, Ricardo Piglia en el Último lector trazó una atractiva rosa de los vientos. Pero mí me gusta usar dos nombres: el lector pasivo y activo. El primero es aquel que lee obras someramente, que es poco curioso, que se entrega a la lectura impresionista y no se pregunta por los mecanismos ocultos que usó el escritor para que cada una de las palabras nos brindaran un significado exacto, y cómo cada uno de los capítulos integran una línea estructural llamada trama, para que el lector la recorra sin reparar en nada, inmerso solamente en disfrutar la historia que se le cuenta. El lector pasivo suele decir “me gustó” o “es interesante”, pero poco sabe de argumentar por qué una película o novela le gustó o es interesante.
    El lector activo, en cambio, es curioso: alza el telón de la historia que lee o mira en el televisor para descubrir qué secretos creativos hay tras bambalinas. Una vez terminada la lectura, empieza tecleando en sus navegadores de internet el nombre del escritor, cómo se define su poética y cuál es su trayectoria. Incluso busca si hay en línea algunos de sus libros; desentraña en la obra misma las partes que la hacen funcionar como un perfecto mecanismo de relojería, y renombra a sus engranes y poleas como conflicto inicial, nudo, clímax o desenlace, partes de la estructura tradicional del cuento que, aunque no se crea, siguen vigentes en la mayoría de las historias que los escritores escriben en sus novelas y guiones para televisión. Ese lector también, una vez ampliado su bagaje de viajero, crea vasos comunicantes de una obra con otra, incluso de una serie de televisión con una novela, ya sea por las semejanzas entre un personaje de un libro con otro, o el parentesco de una historia con otra. Estas coincidencias las entiende y le alegran mientras lee o ve como si el creador de la obra le contara un chiste oculto.
     En la construcción literaria el lector activo está más cercano a escribir literatura. Asimila el viaje hecho por los otros y usa esas rutas para trazar las propias, sin olvidar que él es dueño de su propia historia personal y su lenguaje. Gabriel García Márquez en el prólogo de los cuentos completos de Ernest Hemingway nos dio la clave. A pocas o muchas palabras el colombiano decía que si a alguien le debía haber perfeccionado su estilo en la escritura era a Hemingway, pero si a alguien le debía haber nutrido su alma como creador era a Faulkner. Con uno afinó la forma y con la ayuda del otro el fondo.
     Através de uno aprendió a escribir con la goma y a través del otro perfeccionó la manera de presentar los conflictos humanos.
    La novelas y relatos son manuales para aprender a escribir, hay nombres nuevos y viejos, consagrados y desconocidos, que apenas publicaron su primer libro o que en su haber tienen una vasta constelación, o que, aún muertos, siguen publicando más que los que están vivos –como Roberto Bolaño, por ejemplo, o Julio Cortázar y sus clases de literatura–, y otros que sólo publicaron dos, pero esos han sido suficientes para decir más de lo que nos dice uno que promociona dos por año.
     En la lectura no hay reglas. Da igual si empiezan en el presente y terminan en el pasado. Da igual si Isabel Allende te habló mejor que García Márquez o Juan Benet no te ha hablado nunca pero te han dicho que debes conocerlo. Lo mismo es leer tres libros a la vez o dejar de leer uno porque no te enganchó y quieres leer otro porque su portada es bonita. Entre las menciones en el taller que imparto en Librería Sor Juana salen Revueltas o E. A. Parra, Ribeyro o Aramburu, Borges o Vonnegut, Balzac o Manjarrez, Ibargüengoitia o Serna, Beatriz Espejo o A.M. Homes, Flannery O’Connor o Rosa Montero, Ray Pollock o Cheever, Carver o Chéjov.
     En la historia individual de cada lector-escritor todo se vale, lo que no se vale decir es: “escribo pero no leo por falta de tiempo”.*
*Publicado originalmente el 17.03.2017 en La Jornada Baja California
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