lunes, 8 de junio de 2015

Sobre Artillería nocaut, de Víctor Solorio

El número 201 de La gualdra publica mi reseña sobre la nueva novela de Víctor Solorio, un moreliano que conocí gracias a la Sociedad de Escritores Michoacanos durante diciembre de 2014, luego de que presentáramos mi Rojo en aquella bonita tierra. Para leer el texto en versión ISSUU, dar clic aquí. 


Artillería nocaut 
de Víctor Solorio



En las recientes búsquedas de los jóvenes escritores al hacer literatura, capturar la realidad social y política de México es un tema al que se le evade o se le mira con desprecio: ¿por qué mejor no usar a la literatura como válvula de escape y no como reflejo de una realidad que nos supera y ciertas ocasiones es incomprensible? Pareciera un lugar común en el imaginario colectivo del mexicano decir que el gobierno, en contubernio con las células criminales, es quien mata y desaparece a los mexicanos, es quién sume en la desesperación y llanto a sus habitantes. ¿Cómo hacer, entonces, o cómo deben hacer los nuevos escritores, para que ese lugar común tensado por la realidad del país se convierta en la materia prima de obras literarias de calidad, que lleguen a las manos de cualquier tipo de lector, que tiene poco o mucho contacto con la literatura, y lo trastoque?
Los escritores jóvenes, al sopesar esas preocupaciones, en su primera o segunda obra ponen sus propias reglas para que la realidad misma sea más atractiva en el terreno de la ficción y se muestre como un objeto orientado al placer estético, a cambiarle –al menos por unos instantes– la mirada que el lector tiene sobre sí mismo y los otros, como si la obra también aspirara a ser objeto de reflexión. José Revueltas, quien nos heredó portentos sobre cómo escribir sobre México, influido por una mirada crítica, no se equivocaba al disertar que la realidad y la ficción son un sistema de contrapesos, donde el suceso es el detonante y la ficción, o la palabra artística, si es tratada con el poder poético e imaginación personal, no sólo es material fino para crear una válvula de escape, sino una realidad literaria de lo que sucede en un país, el antecedente del ahora y lo que puede leerse un mañana para comprender el pasado.
Las reglas que traza Víctor Solorio en Artillería nocaut (México, Joaquín Mortiz, 2014), obra que ganó el VII Premio de Novela Negra “Una Vuelta de Tuerca”, son enunciar el narcotráfico, sus víctimas y triquiñuelas con el Estado, desde el género policíaco, que es el del misterio y la revelación de los secretos acendrados en la sociedad y las esferas políticas. Solorio retoma espacios y nombres de un lugar que bien podría ser Morelia, Zacatecas o Guerrero y escarba en los nombres propios y originales de los carteles de la droga del Sur, Centro Occidente y Norte, que han ido evolucionando hasta convertirse casi en una marca registrada repetida en los programas de televisión y periódicos (La Familia, Los Zetas, Carteles Unidos) para renombrarlos y, en una intención casi sugerida, desarticular su poderío bajo el nombre de la Compañía. En ese tenor, Solorio la cimenta con miembros de partidos políticos, malhechores de la basura, exmilitares gays, juniores empoderados y suripantas que aspiran a una mejor clase social. Elementos y aciertos que separan muy bien su novela de lo que surge en mi Rojo semidesierto, donde la Compañía es el pretexto para hablar de los daños colaterales provocados por el calderonato y el crimen, cuando los ciudadanos se ven alcanzados e igualados por la tragedia.
Artillería nocaut no es la convencional novela sobre el detective que se mete accidentalmente al corazón del narcotráfico, es más bien una novela de aventuras protagonizada por un viejo boxeador que bien podría representar a la clase media baja luchona, que vive con los problemas económicos hasta el cuello, el duelo de la viudez a flor de piel, el fracaso profesional en los nudillos y un pasado mal construido de conciencia. Experto en dejarse caer a la lona ante sus contrincantes en los primeros rounds para sacar para la papa, El Detective es contratado por su ahijada –una veinteañera que le recuerda la belleza en juventud de su comadre– para resolver la extraña desaparición del papá, Agustín Correa, un capo de la basura que lleva días desaparecido y nadie sabe si anda de rey en una banda criminal o si la suerte le rajó las venas.
Influido por la belleza de la ahijada y la idea de que existen las segundas oportunidades, el Detective cuelga los guantes y atrasa las peleas arregladas para dedicarse a encontrar los móviles que le quitaron la vida al compadre. Nos conduce a las vísceras de los sindicatos de los basureros municipales usados como terreno para desaparecer a las víctimas del crimen organizado y como pararrayos de todas las investigaciones inclinadas a resolver el lavado de dinero de los empresarios coludidos con el narco. En Artillería nocaut Solorio nos habla de la supervivencia, el poder, el dinero y el dominio. Y para ello estructura cada uno de sus capítulos en una trama serpenteante dividida por dos historias: el detective que desconoce y el Operador Cíclope, cazador que acecha, miembro de la Compañía, que va un paso delante de su buscador; el primero es un Odiseo sentimental que da palos de ciego y todo se lo deja a los puños, intuición y la suerte; y el otro es un experto criminal que nos evoca al hampón mismo que mata candidatos en secreto y sabe borrar toda huella que lo incrimine. Brazo ejecutor, en suma, de un poder secreto y siniestro. 

La aventura del viejo boxeador no sólo lo lleva descubrir la encomienda de la ahijada, quién es la Compañía, quién la maneja y cómo está vinculada con el gobierno o si es el gobierno mismo; pareciera que lo conduce a desenredar más bien –y aquí radica uno de los mejores aciertos de la novela– los nudos de la trama de nuestro propio país, para encontrar una verdad que sabemos todos, pero de tanto repetírnosla, verla a diario, la aceptamos como otro elemento común que nos forja: los orígenes podridos de la corrupción nacen en el humano mismo, al querer estar por encima de los otros en un modus vivendi capitalista y de competencias, donde se mata por el mero hecho de que somos humanos y queremos estar por encima del otro. Cuesten las cabezas que cuesten, estamos forjando una patria, que sin duda será recordada en un mañana por novelas como Artillería nocaut.


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