jueves, 10 de diciembre de 2009

.213.





Hay días en los que uno se despierta con tantas ganas de escribir y termina escribiendo nada. Hoy fue un día de esos. Luego de llegar al departamento por la mañana, queriendo retomar el proyecto que comencé en septiembre como un desaforado, preferí irme mejor al cajón de los tapetes, sacar un mandil y ponérmelo como buen amo de casa. Con algo de hambre comencé a hacer de desayunar burritos de fríjoles con queso. Para ser honesto era un encargo de H. H trabaja toda la mañana y parte de la tarde. A veces le es imposible darse unos minutos para ir a comprar algo de comer. Así que yo y mi gran mandil de cuadros rojos nos pusimos a cocinar. La receta para hacer burritos de fríjoles con queso es fácil. En sí sólo eso llevan: tortilla de harina, fríjoles machacados con amor y hasta nostalgia y unas rodajas de queso muy finas. La forma de preparación también es fácil: la tortilla de harina debe de ponerse en el comal a fuego lento, y luego embarrarse los fríjoles en ella, al igual que el queso ya derretido.
Como terminé rápido, me puse a lavar los trastos. Bueno, mi mandil y yo nos pusimos a lavarlos. No tardamos mucho tiempo, puesto que el café que me había servido antes de comenzar el aseo aún seguía caliente cuando lo retomé. Me senté en la silla del comedor del pequeño departamento donde vivo, comencé a leer La lotería de San Jorge de Álvaro Uribe. No sé si a muchos les pasa. Pero a mí me pasa siempre. Cuando abro un buen libro, uno que esté compuesto por una prosa poderosa y personajes más que sólidos, lo aviento y me animo a escribir otro. Bueno, no tanto escribir un libro, sino un relato. Luego de haber leído el primer capítulo de esta novela, agarré mi libreta y comencé a trazar personajes, situaciones, conflictos y hasta una especie de venganza que no pude resolver durante una hora. Juro que luché como un espartano que ama su patria. Yo amé mi relato.
Preferí encender la televisión y ver las noticias. Mejor dicho, unos de los pocos programas locales que salen en el curso de la mañana. Son tan patéticos los locutores en esos programas. Ni siquiera saben sostener un buen diálogo, se aburren de ellos mismos y aburren al auditorio y creo que hasta han de aburrir a los productores. Cada vez estoy más de acuerdo que en esta ciudad no se nos da mucho tener talento en eso de la comunicación. Por esa razón posiblemente el programa se les va en comercial tras comercial y uno termina por enterarse de nada. Bueno, por enterarse de las cremas, alimentos y aparatos para adelgazar que tanto promocionan los comerciales. Un fiasco, si me lo preguntan. Aunque de antemano sé que nadie me lo va a preguntar.
Luego de que me terminé mi café, vi la hora y supe que no tardaría H en ir por los burritos. Ya los tenía listos, sobre la mesa. Espere a que me mandara el mensaje con el que me avisa que ya está abajo del departamento. Mientras tanto intenté resolver o seguir lo que había escrito. No hubo gran avance. En sí, no hubo avance. Debía aceptarlo. Ni yo era el escritor que ese cuento esperaba. Ni el cuento era la gran historia que yo quería contar. Para ser más precisos, esa historia no me pertenecía. Y de seguro otro, uno más inteligente que yo, quizás una mujer mulata que vive en la Habana ya la estaba escribiendo. Y mi mala intuición y poca pericia no hicieron nada por arrebatarle esa historia. No me quise poner necio. Mejor aventé la pluma y la libreta al sillón, diciendo, Historias hay muchas.
Llegó H. Antes de que mi mandil y yo bajáramos entregarle los burros, los puse en un pliego de papel aluminio. Para aquellos que no lo saben, como yo en su momento, los alimentos almacenan mejor su calor en papel aluminio. Listos y envueltos los burros, bajamos mi mandil de cuadros rojos y yo para con H. Luego de que vio su desayuno, me dio el beso de buenos días, me dio las gracias, y me preguntó cómo me estaba yendo en el trabajo. Bien, le contesté para no hacerla entrar en detalles baladís. Y me dijo, Ponte las pilas, Pollo, (así me dice cuando trata de ser cariñosa y darme ánimos). Luego encendió su carro. Organizó su día, puesto que ella sí tenía mucho trabajo y quería terminarlo todo antes de la tarde y se despidió dándome otro beso.
Me quedé a ver el cerro que se encuentra frente a mi departamento. No es un cerro grande ni plagado de hierbas que lo hagan tupido de un verde natural. Es sólo un cerro y ya. Un cerro del semidesierto, que si yo tuviera un arsenal de dinamita seguro lo derrumbaría. Pero no es mi caso. Yo no soy un mercenario con el poder suficiente para derrumbar ese cerro. Ni el cerro tiene la culpa de que las cosas no salgan como uno las planea.
De regreso a la cocina de mi pequeño departamento, me puse a porfiar con la trama de la indomable historia. Antes de escribir cualquier cosa me imaginé muy serena acostada en su hamaca a aquella mulata que yo suponía estaba escribiendo el mismo cuento que yo, y me dije, Ni madres, esa historia es mía y se la voy a arrebatar. Y seguí llenando mi libreta de palabras y palabras. Algunas con significado y otras, posiblemente, sin significado. A los pocos minutos mi celular detuvo mi gran lucha. No acostumbro a contestarlo cuando me encuentro en horas de trabajo. Pero como la llamada era de un número de Oaxaca, lo hice.
Era T quien estaba del otro lado de la línea. Quería hablarme de un travesti que habíamos conocido en un lugar remoto llamado Yardas. Debo decir que no es una cantina o un bar in. Para ser honestos, la gente acude allí con ganas de sexo rápido y de ver cuarentonas semidesnudas bailando canciones de Metallica y hasta Pink Floyd. Escuché la historia de T, que trataba de aquel travesti y otras cosas más que no recuerdo bien. Luego me preguntó cuándo iríamos nuevamente a ver el show y no supe qué contestarle. Nosotros no vamos a buscar sexo al Yardas. Hemos descubierto que es uno de los mejores lugares para platicar de cosas entrañables y hasta de negocios. Sí, de libros, editoriales, ferias del libro, escritores y otras cosas. Hasta de programación de software y de la iniciativa privada, si P así lo quiere. Y bueno, la cerveza allí es muy barata. La última vez que fuimos P, T y yo me abordó una mujer. Quería bailar conmigo como diera lugar. No era fea, ni bonita, ni estaba en término medio. Pero ya lo dije. Yo no acudo al Yardas para flirtear. Lo que hice para quitármela de encima (porque yo no bailo ni en defensa propia) fue decirle que era padrote de dos gays y me encontraba cuidándolos, o sea de P y T. La mujer no tan convencida de mi mentira fue a preguntarles a P y a T si era verdad. Esto les provocó a mis acompañantes una especie de enojo mesurado, que pronto se les pasó con unas cervezas. Bueno, y unas mentadas de madre silenciosas por parte de la sexoservidora. No me van a negar que funcionara mi táctica. La mujer dejó de molestar. Algunas prostitutas no entienden que cuando uno acude a sus zonas de trabajo no es para buscar sexo, sino más bien, en mi caso, para resolver una trama o pensar las cosas más fríamente, gracias al calor de unas cervezas bien conjugadas y a las canciones. Vaya ñoño, lo pienso ahora que leo esto luego de que lo escribí.
Me quedé de ver con T para el día siguiente, o sea mañana. Y luego de que le colgué, o me colgó, no recuerdo, volví a leer a Uribe. Seguro me daría más fuerza para continuar con mi gran relato. Pero me enganchó tanto la lectura sobre los facundistas en Córdoba y su revolución, que mejor decidí leer de un tirón el libro. Pero oh!!, vayas situación. El vecino, muy buen y amigable vecino puso sus canciones norteñas a una hora en la que uno presupone es de trabajo. Lo peor del caso no es que ponga sus canciones a todo volumen. Es que se ponga a cantarlas y a gritar como si en verdad fuera el cantante que todos los habitantes del edificio esperamos. Grita como si lo estuvieran matando, si me lo preguntan, aunque de antemano sé que nadie me va a preguntar.
Dieron las tres de la tarde. Le di la victoria a la mulata de la Habana y a mi vecino, y me puse a ver la tele. De seguro la mulata estaba festejando mi derrota con un rico ron, mirando hacia el mar con una gran sonrisa, quizá diciendo, Chico mexicano, this over, i winner. No sé si las mulatas hablen inglés. Lo digo por eso que se dice que odian a los yanquis. Nunca he ido a Cuba para comprobarlo. Pero sé que algún día, uno muy cercano, iré. No entiendo porque cuando decimos Alemania nos imaginamos a un rubio robusto de ojos azules, de gestos oscilando entre lo fino y lo hosco y abrigado con un abrigo gris. O bien, a los extranjeros les dicen México y se imaginan a un pinche ranchero recargado a un nopal, con su respectivo sombrero tapándole el sol, muy cómodo esperando a que llegue el redentor. No me quise rayar con eso. Mejor me pregunté dónde quedaron todas esas ganas de escribir. Pero no supe qué contestarme. A veces creo que los libros son puro placebo, también la escritura. Y otras me arrepiento de haber pensado eso. En realidad sí supe dónde quedaron todas esas ganas de escribir, pero me dio flojera seguir con la respuesta. Me puse a ver las caricaturas. Tenía meses que no lo hacía. Me parecieron terroríficas. ¡Qué digo terroríficas! Indignantes esos malditos monos verdes y rojos y azules bailando disfrazados de animales raros, bailando tap mientras se crean un mundo alterno en sus juegos. ¿A poco eso es lo que ahora ven nuestros hijos?, me pregunté. Y pronto me relajé. Yo no tengo hijos, y mi importa un bledo como se eduque el hijo del vecino. Mis problemas eran más graves que esos. Y mejor debía de solucionarlos si no quería pasar un día más sin haber trabajado.
Así que me puse a escribir esto. Que si me lo preguntan, aunque creo que nadie lo hará, no es gran cosa.


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