viernes, 4 de diciembre de 2009

.212.


Apuntes sueltos mirando a un cerro del semidesierto



para H, mi heraldo negro

01: Hoy eso ahora no importa, como no importan muchas cosas de las que habla uno cuando supone hablar de sí mismo. No quiero hablar de ello. Es producto del Ego, supongo. Y uno siempre termina hablando de sí cuando quiere hablar del todo o los demás o lo importante. E ignora el todo, a los demás. Ignora lo importante. Reflexionar es apenas acercarnos a un punto o desdibujarlo. Conocer es desconocer. Uno cree que se funde con el todo y puede ser el todo cuando dice, habla o escribe sobre algo. Es la edad, esos años, esa corta edad que nos hace petulantes, presuntuosos y hasta soberbios; creernos muy por encima de los otros, y de lo que realmente sentimos. Nacimos inmaduros y moriremos inmaduros. ¿A qué edad entonces sabremos quiénes somos? ¿A qué edad entonces podremos conocer por completo los pliegues que nos conforman, los discursos, los lenguajes, las mentiras o las verdades que creemos son parte fundamental del yo? Estamos condenados a no saber quiénes somos y a no comprender nuestras emociones. Sólo nos interpretamos con discursos o juicos ajenos, propios e impropios. Nos idealizamos. Y apenas sin conocer bien nuestros sentimientos idealizamos al otro. Apenas sin saber qué significa amar amamos. La palabra se trastoca cuando la llevamos a la práctica, cambia, se tergiversa, se mal entiende. Las palabras. Las palabras. Es producto de una falta, o de un querer buscar y encontrar el reflejo de uno mismo en el otro, aquel que uno cree amar con las uñas, con la carne y con los huesos. Amar, podría decirse, no es parte de un nervio interno, sino externo, la parte o las partes que están fuera del cuerpo. Amamos con las extremidades. En el acto sexual nos aferramos a atenazar al otro hasta que creemos estar vacios, hasta que creemos vaciarnos completamente en la luz. Y nos sentimos rejuvenecidos. Que la sangre de la niñez y la alegría corre dentro, muy dentro de nuestras arterias. Amar es buscar el sentimiento de propiedad. Desatar el verbo dominar, la emoción de dominar al otro. No por nada el odio es lo más cercano al amor. Un velo casi transparente divide el primer sentimiento de su contraparte o antónimo. “Odiar a una mujer, para un hombre, hace que el sexo sea más excitante. Cuando atrapas a una mujer dominándola... debe ser muy parecido a matarla. Tú eres un hombre. Debes saber de ello.” (Disgrace, J.M. Coetzee).




02: Hoy eso no importa, como no importan tantas otras cosas. No importa el yo, importa el tú, y el tú y el nosotros o aquellos está dentro de yo. Y no quiero hablar de ello. Quiero hablar, por ejemplo, de que uno no se ama así mismo, busca amarse en el otro. Es el viaje, el periplo a rectificar sus errores en el otro, las piezas dañadas en el pasado. Amar es, también, armar y armarnos en el otro. La búsqueda de llenar las carencias, los huecos, reconocer y redescubrir lo que conocimos en un pasado perdido y echamos de menos. Con nuestras piezas nos montamos, desmantelamos y destruimos en el otro. Amar también es un acto de destrucción. Hacerse garras fuera y dentro del otro. “Through all these tears/ No light appears/ And all that trust/ Has turned to dust”. (Inside, Unkle). Toda seducción desata el deseo. El deseo de que ambos estén lejanos, alejados, de espaldas, negándose a mostrar lo que manda en sus emociones. Necesidad de necesitarse. Amar también es censura. Guardarse para sí lo que nace en los intestinos, hacerlo mierda dentro de uno mismo para no dañar. En consecuencia nos sentimos en la necedad de ser amados y amar bajo el sentimiento de extrañar. Extraño a aquel que está lejos, que no está junto a mí más que por su viva y su latente ausencia. Se ama con la suma y resta de los recuerdos. Uno arrastra hacia el otro ese costal que llenamos con emociones en un pasado que supimos compartir con el otro; el pasado como cúmulo de recuerdos desdibujados que nos disponemos a borrar o volver a trazarnos. El primer beso y la primera caricia es el primer ejemplo: el primer beso y la primera caricia encienden la llama interior desconocida. Buscamos el fuego que alimentará o mantendrá encendida esa llama en el otro. “I gave a lot to you/ I take a lot from you too/ you slave a lot for me”. (The New, Interpol). Creemos tener la felicidad cuando uno se entrega al otro, y el otro simula ser, o entregarse. Pero no percibimos que estamos entrando, desatando la muerte del deseo. Entregarse es la anulación total del yo, para dar entrada a la razón y tacto del otro.




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