viernes, 27 de noviembre de 2009

.211.



Querido Gustavo Sainz,


Hace meses que no te leía y que no me daba una vuelta por tu blog. No sabes cuánto me agrada que me tengas entre tus links que dice: “Blogs que leo con gusto”. Yo comparto la misma afinidad. Leo con gusto tus libros y lo que subes a tu espacio. Sin embargo, el motivo de mi carta no es ése sino otro, que considero incipiente, pero bien va ligado a lo mismo. Luego de haber leído hace dos días A troche y moche para exponerla en la escuela que estudio, en la clase de Literatura Mexicana, impartida por Alberto Vital, me hice varias preguntas respecto a tu obra y a la generación que muchos, neciamente, te han querido acomodar. Me refiero a la generación de La onda.

No me gustaría comenzar disparando preguntas, sino más bien mostrando afirmaciones. Me gustó tu novela, el juego de las intertextualidades que la urden y su estructura fragmentaria, que se va nutriendo de las voces de otros conforme se construye. No cabe duda que perteneces a una estirpe de escritores que se renuevan en cada novela y se ponen nuevos retos a la hora de narrar o construir historias. Esto se demuestra en dos niveles que me gustaría resaltar sucintamente.

Por un lado, el personaje hecho de recuerdos, de intertextualidades o notas informativas que nos dan noticia de otros sucesos. Ese robo, boicoteo y apropiación de información para personalizarla. Tu personaje es, mejor dicho, un elemento dimensionado por muchos lenguajes, muchas historias; voces que interactúan entre sí mismas, se unen y desunen. Es un personaje posmoderno, alienado por la literatura y todo lo que tenga que ver con el arte y las noticias sobre el arte. Por otro lado, la estructura de la novela me desconcertó, no de mal modo, debo aclarar. Fue un desconcierto dulce, que saboreé una y otra vez página tras página.

Página tras página me pregunté: ¿cómo una historia aparentemente fácil se pudo contar de una forma tan experimental y hasta poética? La historia de un secuestro y los 28 días que dura secuestrado un escritor no son totalmente lo importante en A troche y moche. Lo importante es la manera en cómo están acomodados los elementos que componen la historia, el lenguaje bien calibrado dentro de una estructura muy equiparable a la que muchos poetas modernistas utilizaron. Importa el ritmo, el ritmo es una parte fundamental siempre en tu obra. En A troche y moche, me atrevería a decir, no hay ni una palabra que sobre, ni falte, ni una imagen compelida, ni un recuerdo obligado. Esas alusiones al silencio como oscuridad, al amor y la seducción; esas invitaciones que tu personaje le hace al lector a que considere la opción de que el ser humano es la suma de sus defectos y recuerdos también son dominantes en A troche y moche.

Algunas veces los personajes que están alrededor del Escritor desdichado, o que él recuerda, parecen fantasmas, seres que posiblemente no existen y se nos presentan como un mero producto de su imaginación atrofiada, velos de humo (debo decir que el personaje ha sido golpeado, está desnutrido y posiblemente más que sediento). Esto no demerita o le quita valor a la novela. Por el contrario, siembra la duda constantemente en el lector y potencializa la intriga. Uno, hombre que está condenado a no ver más allá de la historia que le están contando, más que cuando llega a su fin o se pasa las páginas testarudamente, se pregunta mientras está leyendo A troche y moche: ¿posiblemente nada de lo que está pasando en este historia es verdad, y todo es un producto de un escritor que se está construyendo a sí mismo y a los otros, mientras está escribiendo una novela, o alguien está escribiendo una novela sobre ese secuestro y él como víctima?

Sí, me refiero a esos pliegues metatextuales muy en boga en la posmodernidad, que nos hacen reflexionar: ¿cuál es la verdad dentro de esa realidad que estoy leyendo? Ante tantos discursos, afirmaciones, negaciones y teorías que se dicen y se callan. Uno siempre prefiere contestarse, refugiarse, con la literatura. Todos somos seres constituidos por lenguaje. Bien nos podríamos contestar con una frase de Beckett, que por lo visto también es uno de tus narradores favoritos, “la realidad no es más que un balbuceo de la verdad”.

A troche y noche está escrita bajo estos cuestionamientos: el Escritor desdichado se pregunta continuamente ¿por qué lo secuestraron?, ¿quiénes lo secuestraron, ¿dónde se encuentra y cuándo lo dejarán libre? ¿En qué realidad está viviendo y cuál es la verdad de las cosas? Al no tener respuesta de nada, se convierte en un cráneo que dispara recuerdos; de su esposa, de la editora que lo enamoró, de su premio, de su novela y la información que los libros le han dado. Unos lamentamos con lágrimas, tu personaje se lamenta con recuerdos o pensamientos, pacié, dirás tú ante esta frase.

Este secuestro bien podría ser una alegoría de cómo nos aprisiona el exceso de información, lo mediático. Cómo los seres humanos vamos perdiendo nuestra primera voz, voz materna, voz no contaminada. Así como uno es la suma de sus recuerdos y defectos, también es la suma de lo que lee, ve, conoce y desconoce. Nos fundimos con el todo, o tratamos de fundirnos con el todo. Ficcionar es también ficcionarnos, barthé.

Las preguntas que me nacieron cuando terminé de leerte, se refieren a ese alejamiento tuyo de la literatura nacional, y muy particularmente de la generación, que muchos argumentan, perteneces, La onda. Durante clases algunos alumnos se preguntaron: “¿en realidad Gustavo Sainz perteneció a esa generación?” A lo que yo les contesté desde mi postura como lector, “posiblemente sí, en el momento de su nacimiento, pero creo que ha superado a sus compañeros en cada novela que ha escrito, y con ello se fue separando”. Y seguí: “Sainz ha sabido imbricar la academia con la creación. Sus novelas lo demuestran, y su trayectoria en Bloomington también. Tiene un pie en la universidad y otro en su biblioteca. Supongo que él no se reconoce en una generación en sí, sino más bien en una trama de novelas que están tramando un género particular, ambas cosas que él mismo ha ido construyendo con el tiempo. Ese género bien podría ser la Novela virtual, donde lo más importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y los recursos que se utilizan y se conectan. Género, que al igual que la virtualidad, se nutre de muchos elementos, tanto morales, emocionales y los grandes relatos de la vida como lo son el amor y la muerte, el fracaso y el éxito, y las interpretaciones que muchos seres humanos les hemos dado o escrito para explicarnos nuestra existencia. Género que sabe que los grandes temas en la literatura están escritos, y que pretende reescribirlos o desdibujarlos de una forma distinta, con una nueva pluma. Género que pretende mostrar un todo en un solo personaje, o en muchos personajes; personajes que se alimentan de la literatura de otros, de muchos, de los estudios sobre la realidad social y científica”.

Estas apuestas, que siempre son interpretaciones desde un lugar privado, me ayudaron a argumentar que te has distanciado en gran medida de La onda, generación que se preocupaba, más que ninguna otra, por la oralidad urbana, el sexo y siempre el sexo, los conflictos emocionales de los adolescentes y en cierta parte del contexto social del país.

No hubo controversia en el salón de clases. Hubo, más bien, más preguntas. ¿Que si Parménides García Saldaña era el más irreverente y arrebatado de esa generación? ¿Que si José Agustín era, es o seguía siendo, el patriarca de esta generación? ¿Que si en verdad existió y existe esa generación?, entre otros cuestionamientos, que bien podrían hablarse en otra carta.

Te mando un abrazo muy grande, de alumno a maestro, y por los libros futuros.


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