miércoles, 25 de noviembre de 2009

.210.


Fundación Antonio Gala




Han pasado más de cuatro meses y durante ese tiempo me negué a escribir sobre ello. No es nada malo. claro está. Es más bien que no quería escribir sobre ese lugar, sino hasta cuando regresara. Pero el cuerpo lo pide y hay que hacerle caso al cuerpo de vez en cuando. Uno debe aprender, supongo, que no hay que apresurar el viaje o el regreso. Hay que disfrutar de su parsimoniosa velocidad. Creo que unos saben a qué me refiero. Y los que no lo saben, pues allí les va. Los meses más hermosos de mi vida, en cuanto a enriquecimiento de mi oficio, de mi nivel como crítico, de la amistad que uno le profesa al otro, del proceso de autoconocimiento y como viajero, los pasé en Córdoba, en la Fundación Antonio Gala. Allí conviví con 13 artistas de distintas disciplinas: pintores, músicos, escultores, poetas, narradores y fotógrafos. Vivimos en la misma casa, una casa enorme (con biblioteca propia, salón de actos, patio, talleres de escultura y pintura, un bunker, plaza para las charlas), esperando iniciar y cerrar uno de los proyectos que hasta la fecha yo considero ambiciosos pero necesarios: lograr la utopía de la colectividad sin que se anule ni uno ni el otro al llevarla a la práctica. Durante nueve meses intercambiamos ideas entre artistas, hablamos mucho, nos nutrimos uno del otro, bebimos, nos peleamos, como en un Gran hermano, cada uno defendiendo su postura sobre qué es la literatura, la pintura, la actualidad del arte, en sí. Y nos renovamos conforme vivimos.


Es extraño. Por primera vez en mi vida descubrí el concepto de auto-exilio, y cómo te mira el otro, el extranjero, en su propia tierra. Mejor dicho, por primera vez en mi vida gracias a esta oportunidad descubrí discursos distintos sobre la condición humana en un país ajeno a mí. Fue enriquecedor. El choque cultural y de léxico en un principio no fue conflicto, sino muro, que pronto se derribo con el constante movimiento y diálogo. La beca me dio también la oportunidad de viajar casi por toda España, en una furgoneta alquilada anduvimos por el sur y norte. Los miembros del patronato confiaron en mi trabajo y en mi desenvolvimiento como escritor, entre ellos, más que ningún otro, Antonio Gala.


Hay episodios hermosos que como seres humanos no quisiéramos borrar nunca de nuestra memoria, o de ese camino recorrido. Aun tengo presente todos los fines de semana. Después de haber trabajado en los días cansados (de lunes a viernes en la biblioteca, escribiendo, gozando de la escritura y luchando contra seres o demonios internos), los residentes de la casa sacábamos los sillones al patio de la charla, y nos poníamos a escuchar las piezas que Xabi nos tocaba en el piano, y comenzábamos a tomar un rico lambrusco, o bien, una cerveza Murphy, o a contarnos uno del otro. Hay también aquellas mañanas, en las que la campana anunciaba que el desayuno ya estaba puesto en la mesa del comedor, y la entrañable guitarra de Iñaki sonaba como una ligera melodía de buenos días.


Cada uno, aparte de ser miembros de un grupo, trabajaba en solitario. Podría decir que la biblioteca de la Fundación siempre fue mía, durante los meses que viví en Córdoba, pero no. Fue de todos, aunque yo siempre escribía a solas, por las tardes y las madrugadas. A veces bajaba Fernando (pintor) a preguntar qué tal iban esos cuentos. O me visitaba Taro (artista plástico) para intercambiar un poco de insultos xenófobos nunca dichos con saña y para preguntarme si podía escribirle un texto para su catálogo. Otras tantas también veía bajar a Julen (pintor) por las escaleras para dirigirse a mí, buscando las palabras más adecuadas que me hicieran romper amarras con la escritura para ir a dar una caminada al Puente romano. En esas caminatas llegamos arreglar el mundo del arte, de la situación del artista, con un derroche de afirmaciones y teorías, algunas veces con fundamento y otras sin. Después, ya a una hora alta de la madrugada, terminábamos en el mirador de la casa, mirando el hermoso cielo cobrizo de Córdoba y esas luces óxidas que nos regalaban los edificios andaluces.


Los lunes eran día de sorpresa. Siempre descubría los periódicos del fin de semana en mi escritorio. Eran un aliciente, mejor dicho, un regalo que me daba Auxi (subdirectora de la Fundación) para estar al tanto de México, de las novedades literarias y artísticas que había en Europa y para estar más enterado de lo qué sucedía en España, la crisis del ladrillo por la que pasaba, por ejemplo.


Córdoba me hizo enamorarme nuevamente de la poesía, de la amistad y ser más terco en mi oficio. Muchas veces he pensado, aunque en esto estarán algunos en desacuerdo, que para que un creador siga produciendo y tenga confianza en su trabajo, son necesarios terceros, los juicios y apoyo de terceros. Cosa que en México carecemos de ello. En Córdoba, a comparación de México, se me abrieron bastantes veces (y se me siguen abriendo aún) esas puertas, que después me han ido llevando a otras. Desgraciadamente en el mundo intelectual, tanto en el político, y quizá en todo aquel ambiente regido por jerarquías e intereses de poder, entendido como el control sobre los otros, solemos hacernos garras, trizas, destruirnos por razones tan mínimas siempre impulsadas por la soberbia o la envidia, y dejamos muy de lado, o ignoramos, que somos trabajadores de las humanidades.


Lo que le debo a este periplo, más que como escritor, fue el aceptar al otro, aprender del otro, ayudar al otro, impulsar al otro y levantarlo si es que nuestro impulso fue débil y no lo logramos proyectar. Aprender que las caídas de las personas que te rodean y estimas, también son nuestras caídas, y que toda amistad se reduce a eso: crecer juntos.
Muchos en México no están enterados de esta beca. No sobra dejarles el link de la página aquí para que le echen un ojo y se animen a pedirla. Córdoba nos espera.




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