martes, 24 de noviembre de 2009

.209.






Cuestionario Proust

Un acto de arrebato para saber quién soy



¿Cómo me definiría como persona?


Como no me conozco bien y me apenas estoy ensamblando en mí, recuperando, ignorando piezas, emociones y sentimientos, creo que no lograré dar precisiones. Puedo decir que la necedad es un punto a mi favor y en mi contra. La necedad como característica principal me define. Soy necio en mi trabajo, no busco la perfección, sino el abrir y cerrar las puertas que me llevarán a saber bien quién demonios soy, por qué busco escribir sobre ciertos temas y cuál es la forma que más me llena. En las relaciones amorosas, en cambio, no soy necio. No lo demuestro en sí, creo. Prefiero los duelos en solitario que de seguro me llevarán a la negación, anulación y hasta aniquilación de la persona que uno supone amar, cuando uno no es amado. Como soy bastante enamoradizo, digamos que paso más de la mitad de mi tiempo solo, desenamorándome, que enamorándome. Podría decir que soy racional, en el momento que intuyo es necesario, y visceral en el momento adecuado. Callado. Distraído. Tímido. Me he salvado de tres atropellos en plena calle y de un asalto a mano armada.


¿Qué es lo que más me gusta de un hombre?


No soy gay, pasemos a la siguiente pegunta.

Es broma. Amo y envidio la disciplina de escritores como Bolaño o Coetzee, que año tras año nos fueron entregando y nos han ido entregando obras preciosas, perfectas, lúdicas, cargadas de emoción e inteligencia y no dejan de renovarse en cada libro. Amo y envidio la sensibilidad del poeta Juarroz, sobre todo cuando sus poemas me fueron leídos en Córdoba, por una amiga que me llevó a descubrirlo una tarde calurosa en el bunker de la Fundación Antonio Gala, casa donde viví casi un año. Amo y envidio la táctica y el amor que usó y le dio Beckett a su esposa, durante los dos años que escribió su trilogía Molloy, El innombrable y Malon muere, supongo que ella tuvo la fuerza y convicción suficientes para darle aliento al narrador para que se encerrara a finalizar la obra sin siquiera preocuparse por los gastos que esto conllevará. Amo y envidio a las personas solitarias, que saben canalizar sus emociones, sentimientos y energía. Sobre todo a los que tienen sus ideales bien puestos en la tierra, que son congruentes y están concentrados en la terca visión de alcanzar, tener, hacer para sí lo que más aman.


¿Qué es lo que más me gusta de una mujer?


Soy platónico y aristotélico. Mis acciones oscilan entre un polo y el otro. Por un lado me gusta la ausencia de la mujer cuando está presente y su presencia cuando está ausente. Me encanta la mujer pasional, que no sólo se dice autónoma, sino que lleva hasta sus últimas consecuencias la autonomía. Que en su belleza radique lo virginal y lo demoniaco, lo siniestro y lo cariñoso, lo infantil y la madurez. ¿Escritoras, intelectuales, elementales o convencionales? No soy muy dado a las etiquetas. La mujer, las mujeres son una misma. Decía Tournier, a muchas o pocas palabras, que la feminidad está en el vientre de las mujeres, yo le agregaría que también en su corazón. Bien puedo congeniar con una arrebatada escultora, como con una escrupulosa y hasta con una excesiva y caprichosa contadora. Amo a la mujer que se presta al diálogo, que dialogue, mañana tarde y noche y todavía a la mañana siguiente tenga algo nuevo o viejo que contarme. Sus silencios también los amo. Amo a la mujer honesta, fiel a sus convicciones y enérgica a la hora de llevarlas a cabo.


¿Qué es lo que más aprecio en mis amigos?


No tengo. Miento, total y tontamente. Tengo pocos, pero esos pocos son suficientes. Uno en cada país, ciudad o Estado, procuro hacerlo. Tengo amigos drogadictos como intelectuales y no intelectuales. De los intelectuales o escritores me gustan sus gustos, que los compartan conmigo, su diálogo, su debate, su postura ante el mundo, el orden natural de las cosas y los elementos que los definen y los rodean; sus manías, su extraña visión de arreglar sus problemas, llevar a cabo sus asuntos y comportarse. Aprecio los lazos que me unen a ellos a pesar de que estamos alejados por miles de kilómetros, un mar inmenso, el idioma o las diferencias. De los anclados a las drogas aprecio esa peculiar manía de querer poner siempre su yo sobre el todo. El que quieran estarte contando su vida una y otra vez y vuelvan a caer en sus errores a pesar de que ya los creían solucionados. Aprecio mucho a las amigas y compañeras del sexo femenino, creo que de ellas he aprendido más de mí y del sexo opuesto. Los hombres solemos complicar bastante las cosas, complicarnos. Las mujeres, en cambio, saben sostenerse, saben actuar conforme a la dignidad y el orgullo si se lo proponen. Los hombres, mis amigos, en cambio, solemos estar muy atados aún al síndrome de Peter Pan y amamos como niños. Quizás allí funja nuestro encanto.


¿Mi principal defecto?


No tener defectos. Es broma. Creo que tengo más que cualquier otro ser humano en esta vida, o bien tengo todos los defectos de todos los seres humanos. Soy, como diría un filósofo del grupo de los cínicos, “la suma de los defectos del hombre”. Pero trato de no llevarlos a la práctica y repararme conforme actúo. Cada vez que rompo o me rompen una relación de amor, trato de durar meses en duelo, no venciendo el dolor o reparando los platos rotos, sino más bien conociéndome, buscando qué errores o defectos me llevaron a romper con la persona y qué cosas debo de cambiar si yo fui el que causó la desunión. Supongo que sólo de esta manera se puede volver a iniciar otra nueva relación. Puesto que uno de los grandes defectos y aliados del hombre es la memoria, y muchas veces amamos más con la memoria que con el corazón o el cuerpo. A veces quisiera ser un desmemoriado para poder volverme a enamorar muy fácilmente, no sólo hablo aquí del amor que se le tiene a una mujer, sino también del que se le tiene a un cuadro de Rembrandt, o de Goya, o a una escultura de Bernini, o al primer libro que leí en mi vida y al sexo, que siempre es parte fundamental del hombre y del arte.


¿Mi sueño de dicha?


Ser un escritor de verdad, en todo el significado de la palabra. Con mi obra, en un futuro que espero próximo, poder hacer sentir al otro aquello que me hizo sentir y me ha hecho sentir la literatura, la literatura de verdad. Sólo así creo que podré estar vivo, latente, con más sangre, nervios y energía. No hay mejor dicha que la que te da un lector al decirte, “leí este cuento tuyo y me dejó pensando durante días”. Sean las razones que sean. Uno comienza existir en el otro. También tener una mujer a mi lado que camine junto conmigo y yo junto con ella. Que disfrute de mis logros y yo de los suyos. Que esté orgullosa de quién es, a dónde quiere llegar y que yo le provoque lo mismo o algo parecido. Esa reciprocidad que siempre es más que suficiente. Pero esto último es, como muchas otras cosas en este mundo disfuncional, una utopía.


¿Cuál sería mi mayor desgracia?


La muerta de mi madre, hermanos y la persona que amo o llegaré a amar. No cumplir los retos y proyectos que día con día me pongo y propongo realizar. No poder escribir lo suficiente. No poder leer lo suficiente. No poder viajar lo suficiente. No enamorarme lo suficiente. No vivir lo suficiente. El fracaso no meditado y no solucionado. Porque fracasamos a diario y volvemos a fracasar después, el encanto radica en salir de ese lodo y disfrutar las maneras o formas que te ayudaron a salir. Volver a caer, claro, pero tener las armas necesarias para salir o prevenir. Perder a mis amigos. Que se queme mi biblioteca. Que el país, mi país, se siga autodestruyendo por culpa de sus gobernantes obtusos.


¿Qué quisiera ser si no fuera yo?


Un árbol diría Amparo Dávila. Un libro interminable, diría Borges. Un sueño hecho realidad, diría Thomas Moro. Dinero, diría John Self. Pero es broma, de mi parte, claro. Creo que un niño estaría bien. Aunque igual mañana quiero ser un adulto. Pero por hoy deseo ser un niño eternamente. Un niño que no conoce el dolor, el estrés, las preocupaciones, el desamor, la pobreza, la envidia, el engaño y otras tantas cosas más con las que nos hacemos garrar los seres humanos.


¿Dónde desearía vivir?


Deseo vivir aquí y allá. En España y en México. En mi biblioteca y en el cuerpo de la mujer que me pueda amar y yo pueda amar. En Lisboa y en París. En Alemania y en Argentina. En Japón y en Marruecos.


¿Mis héroes de la vida real?


Nunca me había preguntado esto. Siempre es buen momento para hacerlo. Sería el carácter de Pancho Villa, a pesar de que fue un asesino en serie disfrazado de revolucionario. La inteligencia de Salvador Allende al no darles las armas a los chilenos porque sabía que los yanquis y los traidores se iban a cargar todo el país si se levantaba el pueblo. La necedad y paciencia de Freud cuando llevaba a cabo sus análisis. Martin Luis Guzmán al irse de México porque el contexto cultural y político y social lo estaban destruyendo y el buscaba madurar su literatura y su calidad de vida y nutrir el canon literario en México. El esfuerzo que hizo John Cheever al mantenerse en la postura de vivir de la misma literatura, a pesar de que no tenía dinero para costear los gastos familiares y el New Yorker le llegó a rechazar sus primero cuentos.


¿Mis heroínas?


Mi madre. Mi abuela. Las parejas que he tenido. Mis amigas. Mis maestras. Las escritoras que admiro, que leo, que sigo, que simulo. Las parejas de otros tantos escritores e intelectuales, pensadores y científicos que estuvieron al lado de ellos, dándoles cobijo, sombra, amor, pequeñas muertes, dolores de cabeza, tolerando, guiando o mal influenciando y hasta solapándoles sus cambios de humor. Las parejas de mis amigos y enemigos y mujeres que no conozco.


¿Mis nombres favoritos?


Albert Camus

Sigmund Freud

Enrique Vila-Matas

Zizek

Juan Rulfo

Javier Cercas

Martin Luis Guzmán

Truman Capote

Joel Coen

Hemingway

Bioy Cásares

Beckett

Otros muchos más.


¿Qué aborrezco más?


Despertarme por las mañanas los domingos, que son días que no tengo nada qué hacer. Escribir sobre un tema que no me interesa o me mueve. La resaca. El arrepentimiento. La incongruencia. El maltrato a los perros. Que se me pierdan las cosas (esto siempre sucede). La gente que no reconoce sus errores y domina sobre el otro. La hipocresía. Las telenovelas. Los gobernantes obtusos. Las posturas políticas con doble moral. De nuevo la envidia y la hipocresía.


¿Qué dones naturales me gustaría tener?


Me gustaría cambiar la pregunta. Qué dones sobrenaturales me gustaría tener. ¿Se puede? Espero y sí. Ver el futuro. Volar. Ser el hombre invisible. Que mis manos sanen cualquier daño. Ser un súper héroe de pies a cabeza. La idea de que los escritores son una especie de súper héroes siempre me ha cautivado. Por las mañanas y tardes actúan como seres humanos normales, y por las noches, muy encerrados en su estudio, cambian de personalidad, o bien, muestran su verdadera identidad para comentar el mundo desde un escritorio. La doble vida que llevaba John Cheever bien se podría interpretar como la de un súper héroe. Todas las mañanas se ponía su traje, cogía su maletín y salía a la calle junto con sus hijos para llevarlos a la escuela. Luego de que los dejaba allí, tomaba rumbo a donde todos creían era su oficina de trabajo, se quitaba el traje frente a su mesa, se sentaba en su silla y ponía a teclearle a la máquina de escribir. Cuando era la hora de ir a recoger a sus hijos a la escuela, se levantaba de su silla, se volvía a poner el traje y corría con su maletín en mano hacia la escuela. En la escuela sus hijos le preguntaban que cómo le había ido en el trabajo, y él siempre contestaba que aún le habían quedado pendientes, cosas por solucionar.


¿Cómo me gustaría morir?


En una cama, presenciando en un minuto los recuerdos más hermosos de mi vida. Espero que sean demasiados para que se alargue el minuto a una hora.


¿Estado presente de mi espíritu?


En reparación y continúo cambio.


¿Cosas que me inspiran más incomodidad?


El estado actual del país. La poca memoria histórica y visión política, social y cultural de los gobernantes. Las muertas en el norte de México. La inflación de impuestos. Los círculos políticos y literarios viciados. El no tener dinero para seguir escribiendo. Que le vuelvan a robar el espejo retrovisor al carro. La envidia profesional y la incongruencia. La no democracia. Los trepa.


¿Mi lema de vida?


Dios ha muerto y ustedes lo siguen recordando con sus rezos.



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