viernes, 29 de mayo de 2009

.202.




No sé las razones, pero acá en Córdoba volví a un placer que tenía algo olvidado. Me refiero a que nuevamente me he entregado a la lectura de la poesía. Por un tiempo llegué a pensar que era un arte menor (no lo tomen a mal ni me vayan a reprochar este comentario, nobles conocedores del género), y que los narradores podíamos estar de espaldas a su existencia. Pero estando acá, lejos de casa, y quizá porque a las francesas les gustan los versos, la poesía me vuelve a erizar los bellos y a poner más en contacto con la musicalidad del lenguaje. Me he ido haciendo de algunos libros colmados de buenos versos y he ido conociendo a poetas que te educan el oído. Les dejo un poema de José Emilio Pacheco. Los invito, como decimos en México, a que hagan de cuenta que estamos bebiendo en la calle, como amigos de barrio, amigos de tarde, sol y cerveza, y de repente sale el vecino y saca del bolsillo de su pantalón un libro compacto. Se aclara la voz con un trago de Pacifico y recita los siguientes versos:





Alta traición



No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

--y tres o cuatro ríos.





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