miércoles, 14 de enero de 2009

.190.



Yo quiero ser Vila-Matas

ELLA ERA HEMINGWAY, NO SOY AUSTER
de Enrique Vila-Matas, Barcelona: Alfabia, 2008.




Si algún día llego a tener un hijo ya tengo bien meditada la respuesta cuando me pregunte por qué venimos al mundo: para leer a Paul Auster y escuchar a Bob Dylan, le diré. Estoy completamente seguro que sobre lo primero me va a objetar: que flojera, papá; y sobre lo segundo se quedará pensativo. Me dará la espalda. E irá corriendo a hurgar entre la colección de discos para hacerse de uno del gran poeta. Pero como este artículo no se trata de eso, y yo aún no tengo hijos, ni pienso tenerlos aún, mejor entro en razón.

Durante los días que anduve en Madrid como vagabundo, conocí a Juanjo Mora, un diseñador gráfico. Fue justamente a las afueras de la Casa encendida, venía yo de ver una exposición de arte urbano llamada Beautiful Losers. Conocí a Juanjo gracias a Eduardo Rubio, amigo que me hospedaba en Reyes católicos. Lo primero que hablamos fue sobre pintura. Pronto la charla giró al territorio literario conforme buscábamos un restaurante. Le hablé de Javier Cercas, de Javier Marías, de Benet, porque me preguntó —como para medir terreno— qué escritores españoles había leído. Y me interrumpió la lista:

“en España ya estamos hartos de novelas sobre la guerra civil y pues de los otros qué te puedo decir. Son escritores lunares: sólo ven de la luna hacía ellos. En cambio, los norteamericanos, son universales, ¿me explico? Ven desde el universo hacia ellos.”

Al ver que compartíamos lecturas afines me alegré. Mejor dicho, las palabras que había empleado Juanjo me alegraron el día. Y como si el que hablara del tema no fuera yo sino otro, le respondí que lo mejor que nos habían heredado escritores como Cheever, Carver, Hemingway, y los que publican actualmente en la revista Mcsweeney’s, es la capacidad de conectar al lector con los conflictos de la condición humana. De pronto —no recuerdo si fue él o yo el que lo nombró— hablamos de Vila-Matas. Y me causó más alegría, no sé por qué, pero así fue y seguimos platicando como dos niños que disfrutan de sus juguetes nuevos y viejos. Antes de entrar al restaurante paquistaní, Juanjo me avisó que acababan de editar un libro muy pequeño sobre Vila-Matas, y me recomendó comprarlo. Aunque esto sobra, porque cualquier libro de Vila-Matas merece la pena comprarlo.

Comimos. Bebimos cañas de cerveza clara. El día siguiente fue noche buena. La pasé fuera de casa de Eduardo para festejar la fecha con otros conocidos. El 26 el frío se puso más duro en Madrid. Era visible que la nieve no tardaría en aparecer. Así que regresé por la tarde a la casa de Eduardo. Y al llegar, me dijo:

“oye, Juanjo te ha mandado algo. Está encima de tu maleta”

Sobre mi equipaje descubrí Ella era Hemingway, No soy Auster. El libro de Enrique Vila-Matas.

Revisé el libro, lo hojeé. Y me di cuenta de que no sobrepasa las cincuenta páginas.

Es un libro tan pequeño y práctico como una Moleskine de bolsillo. Me senté en la cama y me lo leí antes de tomar mi vuelo para Barcelona. Pensé que quizá allá el clima sería más favorable. El libro contiene dos piezas cortas escritas con los elementos que tanto le reverenciamos a Vila-Matas: la función de lo meditativo con lo narrativo; de lo emotivo con lo prepositivo; del humor con la inteligencia. Y esa apuesta que extrajo del último Roland Barthes y del Italo Calvino que sobrepuso a la levedad ante el peso, para indicarnos que no sólo las academias tienen el poder de descubrir los secretos en las obras literarias —la mayoría de las veces con métodos mecanizados y soporíferos—, sino que la teoría literaria hecha por escritores es aún más enriquecedora y agradable, porque su intuición creativa busca a dar respuestas sobre la creación literaria.

Ella era Hemingway, No soy Auster me encantó. Fue el mejor regalo de navidad.

El primer ensayo reflexiona sobre el cuento “El gato sobre la lluvia”. Vila-Matas explica en él, a manera de charla en una clase con estudiantes, lo femenino que se percibe en el relato. Y destaca, algo tan característico en los cuentos de Hemingway —que muchos narradores actuales le han aprendido con los años— su corto aliento en sus piezas narrativas. Apuesta que incita al lector a completar lo faltante en el relato gracias a la interpretación. El hecho de que los mejores cuentos de Hemingway se nos ofrezcan con esa estructura trunca, en apariencia, y bien tensada por los diálogos, lo ha llegado a convertir en un maestro de la narración. Nos ha enseñado que narrar significa sugerir: todo arte del escritor está en lo que se calla o se guarda para sí. La teoría del iceberg lo aclara: tiene más peso lo que está bajo el agua que lo que se asoma. Vila-Matas sobresalta eso del escritor norteamericano. Junto con sus alumnos a los que les dictó la clase llegan a una interpretación del cuento y de la obra de Hemingway. Sugieren que llegó a escribir los cuentos más difíciles y fáciles del canon literario Norteamericano; sus símbolos pueden ser engañosos y te pueden llevar a dobles lecturas. O bien, a una lectura conformista en la que sólo abstraes la pericia de sus diálogos y no lo que ellos nos ocultan.

“No soy Auster” es una defensa personal que Vila-Matas esgrime para proteger a Paul Auster, luego de las fuertes críticas que han levantado sus últimas novelas. Esta pieza es sumamente emotiva; está llena de simpatía hacia la obra de Auster y su carrera literaria. Tanto que no me pude dejar de lado, quizá porque siempre he querido estar en los zapatos de Vila-Matas. Recordé los años en México, cuando no tenía ni un peso en la bolsa para poder comprarme los libros de Auster. Y la salida más fácil fue leer las novelas en la misma computadora, gracias a los privilegios de los libros en red. Una a una y con fruición me leí la Trilogía de Nueva York, El palacio de la luna, Leviatán, El libro de la ilusiones, La invención de la soledad y El cuaderno rojo, tarde, mañana y noche, aprendiendo trucos estructurales, olvidándolos, disfrutando de las caídas de los personajes, de su perfecta dimensión, enojándome porque las novelas llegaban a su fin prontamente, sin que yo pudiera evitarlo. Saboreé el iniciar de nuevo un libro. Me contagié de esa gran imaginación y personalidad que abundan en la obra de Auster, en sus frases poéticas sobre la autodestrucción, la paternidad, el amor, el hambre, la pobreza, los libros y el fracaso. Y pensé: así como Vila-Matas nombra en este ensayo que Auster fue un punto determinante en su carrera literaria y en su vida personal, también lo ha sido en la mía, en mi juventud —corrijo— que aún no termina y que no quiero que termine nunca, porque Paul Auster es un escritor que primero leemos con gusto y hasta con vicio, que después tratamos de imitar con mala pericia, y que difícilmente lo olvidamos porque es duro de igualar. Auster es uno de esos escritores que influyen en el alma del lector. Sus obras contienen eso que nos hace sufrir y amar la vida: el hecho de reconocer que somos hermosa o erróneamente humanos.


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