lunes, 31 de marzo de 2008

.164.






Estos días no he podido finalizar la lectura de ningún libro. Tampoco escribir con la soltura y empeño como lo hacía meses atrás. Me he sentido cansado. He descubierto que una de las actividades que me ayudan a relajarme y a encontrar respuesta a ciertos problemas, es tomar un libro de los libreros, el que sea. Me gusta abrirlo al azar y leer lo primero que halle subrayado o el primero o segundo párrafo, si el libro no lo he leído anteriormente. Hoy por la tarde, después de haber desayunado y haber durado más de una hora sentado frente al comedor pensando en nada, me paré de nueva cuenta frente a los libreros, extraje La velocidad de la luz de Javier Cercas. Y me puse a revisar las tapas del libro. La velocidad de la luz es una novela cabroncisima, de formación, que habla sobre el fracaso, el éxito, de Vietnam y, la receta con que Cercas se ha ganado a muchos lectores, sobre la dificultades que pasa un escritor a la hora de proponerse escribir una novela de corte realista, que no traicione los hechos reales. He leído más de dos veces este libro. He leído casi todos los libros de Cercas. Durante un tiempo lo tuve muy presente a la hora de escribir y cuando intentaba formarme un decálogo falso sobre cómo escribir cuentos. Cercas es un excelente alumno de Hemingway, uno de los escritores que demuestran que el silencio es más elocuente que las palabras y que narrar es sugerir y que lo que no se dice dentro de un cuento es más revelador que lo que se dice. Todas estas cosas se me vinieron a la mente después de haber tomado el libro, haberlo sopesado. Y me puse a pensar mientras daba vueltas en mi propio eje, no sé por qué, en qué tan crueles pueden ser las guerras durante el tiempo que duran: muertes, sangre, destrucción y otras cosas que ya conocemos. Y me puse a pensar en que existen otro tipo guerras. Más aterradoras y estúpidas. La guerra contra uno mismo. La que es difícil de librar porque no sabes contra quién putos luchas ni qué te tiene aletargado. Después, algo triste por una pena que me ha estado asechando estos meses y no sé bien qué sea y qué la provocó, que me ha estado confundiendo e irritando, leí lo siguiente:

Y, en segundo lugar, porque para entonces ya había comprendido que, si yo era escritor, lo era porque me había convertido en un chiflado que tiene la obligación de mirar la realidad y que a veces la ve y que, si había elegido aquel oficio cabrón, quizá era porque yo no podía ser otra cosa más que escritor: porque en cierto modo no había sido yo quien había elegido mi oficio, sino que había sido mi oficio quien me había elegido a mí.

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