lunes, 31 de marzo de 2008

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Durante estos meses me he olvidado de mis lecturas de narradores contemporáneos y me la he pasado leyendo algunos decimonónicos. Siempre es bueno mirar hacia atrás. Quisiera hacer efectiva una de las lecturas que más me llamó la atención. El siguiente artículo muestra algunas ideas sobre Ricardo Palma, escritor peruano algo olvidado. Julio Ortega y otros académicos le hicieron hace un par de años un estudio crítico bastante informativo y extenso sobre su obra, sobre qué tipo de lectores leían las Tradiciones peruanas, y sobre cómo se le ve a Palma en estos años. El libro está editado por el Fondo de Cultura Económica y es fácil de comprar. Si quieres dar con algunas series de Las tradiciones peruanas en la red, dale click a esto. Aquí les dejo el artículo.


Ricardo Palma, el cronista de la mentira


La tradición literaria es algo que se valora, se sopesa, se sigue, se respeta, se rompe o se traiciona. La tradición literaria es algo que se retoma, se olvida o se ignora. Ricardo Palma (Perú, 1833-1919) es uno de los escritores que no olvidó lo que le antecedía. Palma escribió para reformular y parodiar la tradición peruana, no sólo la lingüística, sino también la cultural y literaria. Sus Tradiciones peruanas (1872-1910) muestran una manera de jugar con los episodios del pasado: les quitan ese carácter serio como nos lo ha presentado la historia. Palma la urde de nueva cuenta gracias al poder de la imaginación y el lenguaje sin crearle al lector resabios de duda. Para Palma envolver la tradición con la mentira es hacer literatura: construir castillos que nadie imaginó o que nadie se atrevió a construir. Las Tradiciones de Palma son traducciones adaptadas al presente del escritor. Interpretaciones de sucesos que sólo pueden modificarse con el lenguaje.

Existen dos tipos de tradiciones literarias. O bien, en toda tendencia literaria se encuentran dos tipos de tradiciones, algunas veces en disputa, otras veces se manifiesta una después de la otra, o en conjunto.

La centrifuga.

Significa todo aquello que alimenta el centro con la periferia. Borges, Becket, Nabokov, escritores extraterritoriales –como los llamaría George Steiner–, que miraron a otros temas y se reconocieron en otras culturas como el acto de reconocerse en un espejo. Escritores que jugaron con registros no nacionalistas, que desgastaron el lenguaje, que fueron sus propios traductores. Escritores que renunciaron a su lengua materna y se acoplaron en tradiciones ajenas. Escritores cuya Ítaca o territorio era su biblioteca, mas no la propia patria.

La otra cara de esta moneda es lo centrípeto.

Tradición que se alimenta de su mismo centro. Tradición que le rinde cuentas a la lengua materna. De ella se desprende muchas veces la escritura que busca la identidad nacional, el desarrollo o evolución de la lengua con la que se escribe. Escritores que no niegan al padre, sino al abuelo y le dan continuidad a las tendencias literarias de su pasado inmediato. En México existieron varios ejemplos de lo centrípeto. La literatura de la revolución gestada en 1910. Literatura que atendió las intenciones y necesidades civiles, su resistencia y sus conflictos políticos, así como representar a los personajes más sobresalientes de la época.

Ricardo Palma se configura en la centrípeta.

El tema de sus Tradiciones es Perú. Todas las historias están ensambladas en ese país. Profusión del color local. Palma es un escritor que crea su propio universo a partir de la lengua del pueblo. A partir de la jerga, la oralidad. El lenguaje popular. Esto no desmerita su apuesta. Por el contrario: Palma creó bellas y entretenidas estampas del Perú de 1830 a 1870. Sus Tradiciones logran enterarnos de las creencias y juicios morales del Perú decimonónico. Logran hacernos caer en cuenta dónde nacen algunos de los dichos populares aún hoy en vigencia y cuál ha sido su transformación sintáctica. Si la sociedad está integrada, como en un jardín donde sobresalen las rosas, por vocablos y frases. Palma fue el jardinero que escogió y formó los racimos para escribir sus historias. Tan sólo hay que traer a flote las fórmulas verbales con las que nuestro escritor escribe sus Tradiciones:

“Érase que se era y el mal que se vaya y el bien que se nos venga” (del cuento “Don Dimas de la tijereta”).

“El melón por la mañana es plata, por la tarde es oro y por la noche mata” (del cuento “Carta canta”).

Los inicios de las historias de Palma son más propias del relato popular que de la crónica del historiador: inicia citando fechas reales, pero no se ciñe a ellos necesariamente, ni pretende rescatar la historia para mostrarla de manera fiel. Palma fue, al igual que Riva Palacio en México, de los pocos decimonónicos que se empolvaron las pestañas consultando los archivos del Perú.

Pero Palma también oscila, pero no se queda del todo, en la tradición centrifuga.

El estilo es el hombre, según Buffon, y “la mujer”, para evitar discusiones. El estilo literario se define con base en la formación de cada escritor, sus lecturas, y la forma en cómo tiene afilado el estilete. El estilo de Palma es engañoso. Si bien en el terreno de sus historias sentimos un color local: el fondo. Pero en la forma se delata un ligero apego a la poética romántica. La liberación debe producirse en el lenguaje. Reivindicar la propia historia es buscar la libertad. Enmascarar el pasado con el presente es hacer literatura. Desarmar el lenguaje y volver a armarlo es buscar otro tipo de expresión.

Y Palma lo demuestra con esta idea:

Mi estilo es exclusivamente mío: mezcla de americanismo y españolismo, resultando siempre castiza la frase y ajustando la sintaxis de la lengua. Precisamente, el escritor Humorista, para serlo con un brillo y llamar sobre sí la atención, tiene que empaparse mucho de la índole del idioma y hacer serio estudio de la estructura de la frase.

Otra más:

La tradición no es precisamente historia, sino relato popular, y ya se sabe que para mentiroso el pueblo. Las mías han caído en gracia, no porque encarnen mucha verdad, sino porque revelan el espíritu y la expresión de las multitudes.

Podríamos decir que el instrumento con el que Ricardo Palma transformó las historias urbanas, revivió leyendas muertas e inmortalizó historias inexistentes es la crónica. Palma es un maestro del género. Un investigador del pasado que llenó los huecos que nadie había atendido. Nos habla de un exorcismo de una mujer cuya única manera de sacarle el demonio es quedando preñada. Nos habla del hombre que soñaba con volar y llevo sus inventos hasta el límite. Nos habla de las primeras estatuas de sal en el Perú. Nos habla de los primeros virreyes de este mismo país. Nos habla de cuál era la mejor manera, según los maestros del XIX, de hacer que los alumnos se grabaran en su mente un hecho histórico: los golpes.

Sin embargo, la crónica entendida como la enunciación de un episodio sin franquear los hechos reales, la idea del cronista empedernido con la historia, no es lo que comúnmente se le llamaría a los relatos de Palma.

Palma juega con la historia. Juega con el pasado, lo tergiversa, lo transforma. La ficción es uno de los puntos medulares de este libro, al igual que la intensa investigación histórica que tuvo que haberse reventado el escritor. El significado del género crónica no logra definir del todo las historias que integran las Tradiciones peruanas.

Y me pregunto:

“¿Son acaso las Tradiciones pedazos de historia convertidas en cuento?”

El cuento, como su significado lo demanda, me agarro de Chejov, escritor que no se aleja mucho de ser contemporáneo de Palma, es la recreación de un conflicto y dos personajes. Un conflicto que bien puede desarrollarse en una trama simple o que muestre una revelación determinante para la historia. Término ortodoxo si lo vemos desde esta época. Para Palma, el cuento es otro tipo de producto, cada vez más parecido a una nota de periódico, a una nota informativa que confronta ideas y refuta argumentos, que indaga en otras historias y esclarece episodios oscuros. Siempre, sobre todo, salpicada de humor. Aunque Palma llame a sus historias relatos, no son más que ucronías puras, mostradas en su máxima expresión. Ucronía, propuesta por Charles Renouvier, es la tergiversación del pasado. La creación de un mundo alterno. “La utopía del tiempo”. Algo que no sucedió pero debió de haber sucedido así. Ucronía se ha aplicado a obras de ciencia ficción, pero también a notas periodísticas semejantes a la crónica. Crónicas que intentan desordenar la concatenación del tiempo y ser contrafactuales. Crónicas que juegan con el ¿qué hubiera sucedido sí?

Con las Tradiciones peruanas vemos por primera vez la aparición del género ucrónico en América. Vemos historias que nacen de un centro, pero que se disparan hacía la periferia y en todas direcciones.



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