lunes, 7 de abril de 2008

.165.



Corazón de mierda, la redención de un personaje

Gonzalo Lizardo, Corazón de mierda, Ediciones Era, 2007, 121 pp.


Borges reconocía que los personajes son fantasmas errantes que nunca dan tregua ni descanso a su creador, hasta que son expulsados de la mente. El argentino, como otros tantos escritores, sabía que la mejor manera de exorcizarse de ellos es escuchándolos, darles tiempo a que desfoguen su experiencia. Siempre me ha encantado la imagen donde el escritor encara a esos demonios. Paciente frente a ellos en una habitación cerrada, escucha cómo se regodean al materializarse conforme hablan. Porque al serles negada la vida de carne y hueso, el lenguaje es lo único que los mantiene a flote. Imaginemos un alcohólico John Self confesándole a su creador Martin Amis que el whisky es el aliciente más reconfortante en el mundo, o quizá no. Quizá lo es más el dinero. Pero también lo puede ser la fast food, o quizá tampoco. Sino las mujeres desnudas, las películas pornográficas y coger con su novia. O imaginemos a un Johnny Hake nervioso, entonando frente al espejo ese largo y atonal soliloquio ante John Cheever sobre que le agrada caminar desnudo en la penumbra y que él es el verdadero ladrón de Shady Hill. Seres rellenos de lenguaje, fantasmas aferrados a que su oraciones persuadan y se cristalicen en un otro, los personajes en la mente de un creador son esa insistencia que exige a gritos ser liberada, como si con ello redimieran una pena que los atormenta. En Corazón de mierda, Gonzalo Lizardo (Fresnillo, Zacatecas, 1965) nos invita a escuchar el testimonio de otro personaje vapuleado por su historia y por sí mismo, cuyo apodo es el Candingas.

El Candingas, hombre viejo y soterrado en un taller de relojería, nos confiesa como una oración que purifica su pasado, que en su juventud fue uno de los ladrones más vivaces y buscados por la ley de México. Nos confiesa cómo llegó a convertirse en robacoches, a manejar ganzúas y desarmadores como si fueran cubiertos. Nos confiesa cómo se entregó al corazón traidor y a la lengua conspiradora de una danzoneara del Casablanca, a arponearse heroína para evadir la realidad, y a convertirse accidentalmente en el sicario que mató al diablo para librar su condena en Lecumberri. Todo esto, con un monólogo cortado por el amargo trago de una Montejo y entre una capa de humo de cigarros Tigres.

En Corazón de mierda, que bien podría llamarse “La oración de un huérfano”, Lizardo juega con las identificaciones familiares para hacernos más fiel el monólogo del Candingas y, por supuesto, su dimensión. El Candingas es un antihéroe, un huérfano por el destino y la convicción. Su padre lo abandonó antes de nacer por irse con una prostituta. A su madre le gustaba entregarse a cualquier hombre para llenar el vacío que el esposo dejó en su cama y en los ahorros. Su hermana, mujer que pasó a ser el pilar de la casa después del abandono paterno, no es más que otra enemiga para el Candingas y un resorte que lo impulsó a salirse de su morada para llenar dichas carencias afectivas.

Nosotros los huérfanos tenemos muchas razones para buscarnos un papá de repuesto: porque necesitamos la amistad que nos negó el padre ausente, o porque nos hace falta un chivo expiatorio: alguien a quien destruir, alguien que pague por nuestro abandono, alguien que se joda como nos jodió papá. (pág. 114)

Corazón de mierda es una novela que tergiversa los hechos reales, los cose y confecciona con el hilo más fino de la ficción. Quién iba a imaginar que el 14 de octubre del 58, sería una fecha marcada con fuego en la memoria del Candingas. El robo frustrado a una camioneta de Tesorería atiborrada de billetes, por culpa de un ciclista que soñaba con participar en las olimpiadas, es el hecho histórico y medular cosido por la ficción en esta novela. El perfil de Corazón de mierda nos recuerda aquella Plata quemada de Ricardo Piglia. Otra novela donde casualmente hallamos también un robo frustrado por designios del destino. Gonzalo Lizardo, al igual que Piglia, recreó personajes traicionados por sus miedos, sus ambiciones, sus creencias y el rencor. Tres jóvenes que se columpian en las manos del diablo, en la maraña del crimen y los celos. La historia del Candingas es, también, la historia de Ricardo Olmedo Ríos, su segundo padre, su redentor. Pero también es la historia del Morocho, del negro Bob, del Tejocote, de Grifaldo y otros personajes que se debaten y defienden de la muerte en la ácida cárcel de Lecumberri.

En Corazón de mierda encontramos un salto loable en la poética de Lizardo. Ya no estamos frente a una novela culterana que apuesta por las digresiones sobre entropía, música académica y alteridad, como en Jaque perpetuo (Ediciones Era, 2005). Ni ante personajes enciclopédicos que siempre tienen un término elevado que esgrimir. Corazón de mierda es una novela construida por un lenguaje que apuesta más por la oralidad callejera, que recrea los barrios bajos como escenarios y echa mano de las formulas verbales desenfadadas que provocan al lector una agradable risotada: apodos y albures que nunca faltan en una buena obra picaresca. Un lenguaje delicioso que no desmerita el preciosismo de la frase, sino que lo alimenta con el argot de barrio.

Publicar un comentario
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...