martes, 25 de marzo de 2008

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Los culpables, hombres que se confiesan

Juan Villoro, Los culpables, Ed. Almadía, 2007, 129 pp.

Los culpables, publicado bajo el sello de la editorial Almadía, es el nuevo libro de cuentos escrito por el también cronista de fútbol Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). El libro está compuesto por siete piezas: seis cuentos y una nouvelle. Sus historias están fondeadas por un tema que se regula conforme transcurre el ritmo de la prosa: lo mexicano. O mejor: Los culpables son siempre mexicanos. Villoro los recrea como personajes “hechos de puro collage”, seres constituidos por retazos culturales de países vecinos, ajenos; seres sumidos por el caos, la corrupción, la mentira y la infidelidad.

Los culpables es un libro escrito con una precisión en el lenguaje que vislumbra, y una técnica que modela a la perfección los conflictos íntimos, que persuaden el ojo del lector y lo azotan con un flujo de aprietos que rayan en el humor negro y en lo descarnado. Ante la voz sincera de Juan Villoro no sabemos si reírnos o llorar por su atinada manera de enunciar los problemas sociales tan latentes en este país. En México parece que “vivimos en un mundo de espectros: copias de las copias, la piratería total”, nos aclara el autor en la última pieza del libro. Las historias de este libro no dejan de recordarnos a los short story del cronista de los suburbios John Cheever, autor que llegó a decir que la confesión de un personaje es la médula de un cuento.

Para Villoro los personajes son delatores que se nos van definiendo conforme hablan, conforme cuentan —siempre bajo el pretexto de desfogar su desgracia— su historia. Son personajes que confiesan, para asumir su papel de narrador, que deben sufrir para transformarse en seres viles, falsos y traidores. Es ahí donde los temas de Villoro vuelven a tener conexión con los de Cheever. Reflejar la miseria de una sociedad y la degradación del propio ser.

Los culpables está compuesto por los siguientes cuentos.

“Mariachi”, nos revela a un frustrado cantante bisexual, que se confiesa enamorado de Michael Schumacher —piloto de la Fórmula 1—, y que padece del “complejo de Edipo” y odia cantar música ranchera (obviemos la relación Fernández). “Patrón de espera” la pieza más corta del compendio—, muestra a un hombre que se proclama así mismo amante de las alturas, de los viajes, de las comidas que dan en los aviones. Muestra a un evasivo de la realidad que tiene una gata como mascota que detecta terremotos, tanto emocionales como geográficos, y una esposa infiel. En “El crepúsculo Maya”, nos enteramos de las aventuras de un trío acompañado por un reptil. “La culpa fue de la iguana, nos advierte el autor desde el inicio del cuento”. Y los personajes se debaten silenciosamente, a cada parada en una ciudad sureña, como Yucatán, por el amor de una mujer y por hacer que la iguana no huya de ellos.

“El silbido” destila un agradecimiento tácito a Roberto Bolaño por su cuento “Buba”, en Putas asesinas (Anagrama, 2003), dedicado a Juan Villoro. El tema del futbolista que ha perdido sus dotes profesionales en la cancha es el argumento que une ambos cuentos. Sólo que en la historia de Villoro la mafia de Mexicali y el autogol son detalles reveladores.

“Los culpables” y “Nosotros los mexicanos” —piezas representativas del libro y las más conmovedoras— se mantienen anilladas en cuanto a fábula y temática. Ambas muestran personajes catalogados como mexican curious. Ambos nos hacen volver a reconocer los guiños Cheeverianos.“El cuento como la literatura de los expulsados”, de los que están fuera de una sociedad.

“Los culpables” lo representa: una pareja de hermanos se ven inmersos en trabajos como traficar medicamentos a la frontera o cruzar ilegales, para ir acumulando historias que les ayudarán a escribir un guión encargado por un gringo de Tucson. Son hombres dispuestos a todo, llenos de odio y pasión, dispuestos a capturar la miseria de terceros, verlos morir de hambre o sed. Pero asumir la postura del otro no es el elemento clave para escribir un guión digno, y lo saben. La fórmula es: “Entonces Jorge habló como nuestro padre lo había hecho en esa mesa: nos faltaba sentirnos culpables. Éramos demasiado indiferentes. Teníamos que jodernos para merecer la historia”. Joderse mutuamente. Transformarse, demostrar traición. ¿Quién domina a quién?

Villoro nos hace descubrir un México donde todo contrasta: la miseria y la pobreza, por nombrar palabras fundamentales. Nos hace repetirnos que en México la honestidad e hipocresía son vocablos que no se llevan. ¿Es posible creer que en nuestro país existen los secuestros piratas y que los extranjeros acuden a ellos para resolver sus conflictos maritales? “Nosotros los mexicanos” —la nouvelle con que cierra el libro— destila la respuesta. Un gringo viaja a Ciudad de México para escribir una crónica sobre la violencia, contrata a un informante que lo llevará, como guía de turista, por los sitios más crueles de la ciudad. Al querer exagerar las cosas para que su trabajo logre una realidad descarnada, el gringo contrata a un grupo de sicarios y simula su secuestro. Después regresa a EUA como el american hero; la mentira del hombre que salió ileso de la ciudad del odio y el rencor.

Las confesiones de Los culpables nos animan a aceptar que lo “buñuelesco” en México quiere decir algo horrendo que a la vez es mágico.

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