viernes, 4 de enero de 2008

.157.


Suicidio trece
0:
Hoy me desperté con ganas de quitarme la vida. En el presente ensayo (o epitafio) trataré el asunto que me llevó a tomar esta decisión, así como las razones que me impulsaron a hacerlo y la manera en que quiero llevarlo cabo. Sin que para el lector pase como una muerte insignificante, mi objetivo es tratar de contagiarlo y persuadirlo a cometer un suicidio colectivo.
1:
A manera de justificación sin justificar del todo:
Uno de los principales motivos que me llevaron a tomar la empresa de suicidarme fue haber leído, sin ningún detenimiento más que para ir al baño, comer nueces, preparar café y abrirle la puerta a la señora del Tupperware, las piezas que contienen Suicidios ejemplares (Anagrama 1991); libro de doce cuentos escritos por el español Enrique Vila-Matas –1948–. La obra, sobra decirlo, trata el tema del suicidio.
2:
Algunos argumentos del libro:
En el cuento “Muerte por Saudade” un personaje no deja de recordar algunos episodios de su vida cuando era niño y, tras querer retomarlos para ordenar su vida actual, termina suicidándose. “En busca de la pareja eléctrica” muestra a un ex famoso actor de comedias y de programas familiares que, tras verse perseguido por el fracaso y envuelto en un físico mofletudo –gracias a las continuas fiestas que ofrece en su maravillosa casa– decide regresar a la actuación para volver a ganar éxito, pero los productores relegan sus peticiones y el gordo termina perdiendo su casa, le secuestran a su madre, se convierte en vagabundo, y una voz proveniente del más allá le ayuda a abrir la puerta que lo llevará a recuperar la fama: la muerte. En “Un invento muy practico” una mujer que se hace pasar por esquizofrénica, se interna en un sanatorio mental para evadir la realidad. Es una amante del vacío y de construir otro mundo gracias a las historias que escribe en sus cartas sin ningún destinatario. Esta historia nos hace entrever que todos los seres humanos imaginamos o ideamos o escribimos historias porque no estamos conformes con la propia, pero existe un hilo muy delgado entre perderse en la simulación y seguir anclados a la realidad. El ponerse en el lugar del otro a veces nos lleva a desconocer nuestro propio yo, a perderlo.
Así como existen estos personajes en Suicidios ejemplares, existen otros que simulan alejarse del mundo y se dan cuenta que están muertos, otros que simplemente se mueren porque se han aburrido de su monótono estilo de vida, u otros que llevan años planeando morir de forma poco común, pero un paro cardíaco los agarra por sorpresa.
Algunos de los cuentos de esta obra tratan muertes absurdas, pero para nada flojas. Tratan muertes entrañables, pero para nada dignas de ser exhibidas en un museo de muertes ejemplares de la vida real. Esto no es un defecto. Todo está soportado por la ficción, lo sabemos. Por tal motivo y para que el libro logre alcanzar una perfección inigualable, una perfección más real que la vida misma, me aventuraré a crear la historia número trece de Suicidios ejemplares. La historia que narre mi propia muerte y con ello atenazar su atención, nobles lectores, para persuadirlos a quitarse la vida junto conmigo.
¿De qué derechos gozo para querer construir la última parte de un libro que ya se encuentra acabado y muestra una perfección casi espeluznante? Pues fácil: de los derechos que goza todo lector después de haber comprado un libro, de haberlo leído y de haber repensado lo que leyó.
Pretendo: construir con una voz ajena una voz propia, una voz que me lleve a narrar mi propia muerte.[1] Una voz que relate un suicidio real. Y ustedes querrán (no lo vean como obligación, sino una como ayuda) morir, caminar sobre mis pasos. ¿Me siguen?
3:
Marco teórico, porque en verdad todo lo que se lee en este texto no son más que teorías para ofrecer posibles respuestas post-mortem:
Poco o mucho sé de Enrique Vila-Matas. Pero sé lo suficiente. Un par de amigos entrañables han cenado con él y me han facilitado su número telefónico para preguntarle si está de acuerdo en que yo agregue una historia más a su libro, la historia trece, la historia de mi muerte.
Son cerca de las nueve de la mañana. Mientras me hallo jugando –bajo el ambiente mortecino de mi casa– con el revólver que me regaló mi padre después haber muerto. Veo la televisión y, luego de haber metido varias veces el arma a mi boca y babearla toda, le marco al escritor. Contesta él, su voz barcelonesa y bien educada:
–Diga.
–¿Es usted Enrique Vila-Matas?
–Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
–En mucho. Mire, ponga atención. Usted a mí no me conoce pero yo a usted sí y muy bien. Así que tenga cuidado, mucho cuidado –y colgué.
Luego de haber pasado unos minutos en silencio, me he dado cuenta que no logré nada con esa llamada. Posiblemente Vila-Matas pensó que quien le había telefoneado no era más que un fan obsesivo. Así que, para limpiar mi persona y disculparme, he vuelto a marcar y ha vuelto a contestar él:
–¿Sí?
–¿Señor Vila-Matas?
–Sí, soy yo.
–Le habla la persona que lo conoce muy bien. Le he telefoneado para avisarle que voy a escribir el suicidio número trece, el “suicidio” que falta en su libro de cuentos Suicidios ejemplares. Debo confesarle. Después de haber leído su libro me di cuenta que le hace falta un toque más profundo y real. Sí, “real”, usted me entiende, sí, sí. Le hace falta un nuevo cuento que deje o haga a un lado los artificios ficcionales y muestre un cuento soportado por acontecimientos verdaderos, cosido por los hilos existentes, que haga a un lado sus tan manejadas y pretenciosas mentiras literarias y metaliterarias. Y como yo deseo morir, anhelo morir, me muero por morir, y estoy casi seguro que usted no se querrá suicidar porque es un hombre feliz, me ofrezco como el personaje que dará la vida por amor al arte y por construir la historia trece. ¿Me entiende? Pero antes de comenzar necesito su consentimiento. ¿Me lo autoriza?
–Está usted bromeando –dijo Enrique Vila-Matas en tono de burla. Una burla que cortó el adagio que sonaba como música de fondo en su casa. Luego suspiro y dijo–: mire, tengo el tiempo medido. Estoy escribiendo una conferencia que dictaré dentro de una semana y usted no está haciendo más que estresar y distraer. Ese libro ya está terminado y no tiene por qué escribir su historia no sé qué. Y tampoco tengo tiempo, ni ganas de explicarle qué es realidad y qué es ficción. Así que si va a matarse por culpa de mi libro, pues matase, somos muchos en este mundo, uno más, uno menos no le perjudicará a nadie.
Colgó.
Puesto que no tiene mucho peso el consentimiento de Vila-Matas para que yo escriba el suicidio trece y en persuadirlos a ustedes, amables lectores, a quitarse la vida, seguiré con el texto-epitafio hasta llegar a mi muerte y pasaré por alto los juicios de ese hombre ocupado. Sin embargo –y puesto que aún no es de noche para salir a la calle y rematar mis planes –, me tomaré la libertad de describir, un poco para perder el tiempo, un poco para que lo conozcan, a Vila-Matas mientras escruto la fotografía que se halla en la solapa del libro en mención. Tenemos que darle su lugar a este hombre, claro está.
Vila-Matas es un tipo gordo –como lo debe ser todo narrador– de pelo lacio y debilitado por la abundancia de nicotina en su cuerpo. Es un hombre de ojeras bien delineadas por el tiempo y el exceso de horas de lectura y escritura que pasa sentado en su famoso sillón de dos orejas. Es un escritor de ojos grandes, casi podría decir que son los de un batracio a la expectativa de cazar a su presa: las historias. Tiene un rostro algo mofletudo pero elegante y hasta refinado. Le gusta vestir de blazer y usar anillos en los dedos y sonreír a la cámara mientras el fotógrafo le pide que grite güisqui.
Ahora que lo veo bien. ¿¡Cómo no me había dado cuenta antes!? Los ojos de Vila-Matas dejan entrever –quizá esté equivocado, no, no lo estoy, y si lo estoy no importa del todo–, que en algún momento de su vida ha deseado la muerte. Sí, además de entretener al público con sus libros, en alguna ocasión ha estado tentado a morir de manera inusual a comparación de cualquier otra muerte.[2]
Detengámonos aquí para hacer algunas hipotéticas aclaraciones. A Vila-Matas siempre le ha gustado usar el simulacro de la escritura: contar historias. Quizá se ha ido matando poco a poco, paulatinamente y sin apuro, poniéndose en el lugar del otro: haciéndose pasar por ciertos tipos de personajes que mueren o quieren morir o están a punto de morir en Suicidios ejemplares. Nunca había pensado en esto, es como estar muriendo en vida, estar dando pedacitos de uno mismo mientras escribe.
Pero lo cierto es –nadie lo va a negar, y si lo intentan hacer les recomiendo que no me interrumpan y lo arreglen conmigo después de que haya cruzado el portal de la muerte, gracias – que Vila-Matas está vivo, no ha muerto, no se ha suicidado. Goza de una vida estupenda gracias a las regalías que le dejan sus libros, gracias a las conferencias literarias que dicta en varios países. Y gracias, también, a que tiene a una esposa igual de inteligente que él. Por tal razón, quizá, tiene pocas ganas de morir en estos instantes. Por eso yo, un personaje real, de carne y hueso, con vida propia e individual, seducido por los cuentos del español y por escribir una historia que le dé un cierre perfecto a ese libro, quiero llevar a cabo un suicidio ejemplar. Me voy a quitar la vida. Sí, me la voy a quitar y con ello voy a hacer que ustedes también se la quiten.
4:
La historia de mi muerte:
Son las siete de la noche. Después de haber pasado gran tiempo en el jardín, salgo de mi casa lo mejor vestido posible: llevo un blazer negro azulado con rayitas blancas, un pantalón del mismo color y una camisa negra. Si voy a morir debo estar elegante.
Mi plan A es –además del único plan que tengo– hallar a un grupo de pandilleros evones y malparidos para buscarles pleito y hacer que me quiten la vida a golpes. Momento, debo aclarar para que ningún despistado se quede con duda alguna. Claro que eso será un suicidio: los pandilleros me quitarán la vida con su propia mano y no es asesinato. Verán. Si vemos a esta bola de güevones como un móvil para que yo alcance la muerte, las cosas pueden cambiar y la verdadera historia de mi desaparición de este mundo estará sepultada como una historia subterránea. Sí, una historia soterrada como un secreto debajo de la historia vulgar que la gente manejara después de que yo muera.
Ya veo la nota en el periódico: “Lo mató una banda de maleantes dentro de un callejón oscuro porque no quiso aflojar los billetes”. Pero la verdad será única, y sólo yo la sabré. La verdad será que me serviré de esos maleantes para suicidarme, como si sólo fueran un arma de alto calibre con la que podré volarme la tapa de los sesos y ellos nunca sabrán que los utilicé.
5:
Un pequeño paréntesis dentro de la historia de mi muerte:
Todo en esta vida está lleno de paréntesis, en todas partes existen los paréntesis. Los hacemos, por ejemplo, cuando estamos leyendo un libro y de pronto alzamos la cabeza, interrumpimos la historia, la lectura y gritamos corte como un bonachón director de cine. Nos sentimos lejanos del mundo y de nosotros mismos, en otro cuerpo, en otro sitio. O bien, después de haber suspendido cualquier actividad, para ir al baño, para mirar a la vecina por la ventana y tronar los dedos, para rascarnos la espalda o echarnos un pedo.
El tedioso y largo proceso de enamoramiento no es más que otro paréntesis, quizá innecesario, para tener relaciones sexuales con alguien. Pero dejemos esto a un lado, cada quien y sus paréntesis. Ya bastante tengo con los míos. En la historia de mi muerte hay muchos paréntesis, pero en especial existe uno que es elemental en este ensayo-epitafio. Mi padre me regaló un revólver después de su muerte, se me apareció como todo un fantasma por la madrugada y me dijo: “Hijo, venga mi muerte, mátate”. Y me dejó el arma al lado de la cama y se fue junto con el brillo de la luna.
Después de varios intentos frustrados durante un par de semanas, preferí usar el arma en contra de los gatos del vecino: les disparaba por las noches mientras comían en el porche. Ya muertos y con las tripas de fuera, los depositaba en el aljibe del dueño.
Querer hallar la respuesta de por qué mi padre quiere que vengue su muerte siempre me ha sacado de mis casillas.
Hoy por la tarde, después de haber visto el arma como un horroroso recuerdo más de ese hombre, decidí enterrarla en el jardín, debajo del árbol de manzanas, justo al lado donde sepulté su cuerpo avejentado y lleno de verrugas.
Mi padre era un excelente fotógrafo. Un perfecto maestro a la hora de capturar instantes de la vida. Era el temible Juan Valdivia, ladrón de lapsos de tiempo y de vidas. Gracias a ese oficio se consiguió una reputación tan grande y envidiable que, si me permiten presumirles, mi padre fue el fotógrafo de cabecera de los artistas de la frivolidad: Marilyn Monroe, Truman Capote y Andy Warhol. Pero tuve que nacer yo para destruirle esa inmaculada fama y partirle su vida en miles de pedazos: su reputación y su matrimonio con María Domínguez, la porteña más hermosa y delicada del Rosario.
Antes de que yo naciera mi padre y los médicos decidieron sacrificar la vida de mamá para que yo pudiera conocer el mundo. Yo venía con el cordón umbilical enrollado en el cuello, como si el vientre de mamá fuera un cadalso y el cordón umbilical la soga con la que pagaría mis pecados antes de nacer y de cometerlos. Lo que ellos no saben –y ése es uno de mis secretos más grandes– es que yo mismo, accidentalmente, me puse la soga en el cogote; desde pequeño he estado atraído por el suicidio.
Me gustaba espiar a mis padres, lo hacía utilizando el cordón umbilical como una mirilla de alcance kilométrico que desembocaba en el ombligo de mamá. Me gustaba ver, por ejemplo, cuando mi padre la fotografiaba desnuda y enseñando el bulto de su panza embarazada como si fuera una gran sandía, o simplemente la ponía en cuclillas como una gatita rumiando para que enseñara su delicado corazón vaginal.
Me gustaba ver, también, cuando mamá se ponía a escuchar, tirada en el sofá como un hipopótamo vencido, “I’m gonna be”, de The Proclaimers, y encendía un cigarro de mariguana para darle un par de caladas y dormir. Horas más tarde, papá regresaba de su estudio para tomarla con sus brazos y llevarla a la cama. Luego le hacía el amor toda la madrugada.
Tanto utilicé yo este truco de ver más allá del vientre, que un día terminé con la cabeza en la soga.
Mamá murió después de que yo nací. Los doctores casi lo hacían también luego de verme. También mi padre, según las historias de la abuela. Sobra decir, o quizá no lo he dicho aún, que mi físico es único, para mí soy especial. Verán, tengo el labio recorrido como si la mejilla izquierda me lo estuviera estirando con un gancho, y mis maxilares miden apenas medio dedo: tengo la boca muy cerca de las fosas nasales. Eso me hace ver varonil. A mi nariz le hacen falta pedazos de cartílagos y se puede ver su mecanismo interior y se logra escuchar mi respiración acelerada y chifladora cuando llevo mocos secos en ella. Sólo tengo un ojo, el izquierdo, mismo con el que espiaba a mis padres desde el vientre. Y estoy jorobado: una giba enorme cuelga de mi espalda. Es tan grande que –cualquiera podría decirlo– llevo en ella otro yo, otra persona y está a punto de salir y hacer destrozos.
Mi padre, al descubrir que había creado un adefesio terrible –como lo anotó en su carta que dejó para justificar su desaparición– y, lo peor, que había matado a su esposa por traerlo al mundo, no hizo otra cosa más que llevarme con su madre para que ella tomara el cargo. Así fue cómo mi padre huyó de su ciudad, de su madre, de su esposa muerta, de mí y de él mismo porque cada vez que se miraba en un espejo llegaba mi rostro a su mente y sentía una descomunal carga eléctrica en los nervios.
Después de algunos años logré hacerme famoso y ganar dinero. Llegué a protagonizar papeles secundarios o estelares en películas de terror de bajo y alto presupuesto y a trabajar en varios circos. De niño llegué a leer mucho gracias a la biblioteca que el abuelo le dejó a su esposa como única herencia. Descubrí que entre más leyera, y sobre todo en la oscuridad, mi ojo brillaba como si fuera un faro alumbrando la bahía. Ese descubrimiento les agradó a muchos directores de cine e hice que me tomarán aún más en cuenta a la hora de filmar una película, ya fue como encargado de la iluminación o como actor.
Cierta noche, después de haber pasado veinticuatro años sin saber nada de mi padre, él mismo regresó. Me encontraba en casa, en calzones y con un atuendo incomodo ensayando el papel de un monstruo que se aparecía como un fantasma en la habitación de un hotel alemán y lo único que hacía era violar a las turistas que se hospedan en él. Tocaron la puerta y salí abrir. Afuera, bajo una lluvia nocturna, descubrí a un hombre de tez apiñonada, cabello ralo, canoso y de ojos negros como la sombra de la luna. No supe cómo reaccionar. Y, antes de que le dijera alguna palabra, me pidió que lo dejara pasar para que no se siguiera mojando.
Sentados en el sillón, bajo el cantar de los grillos como música de fondo, me contó algunas de las historias que había pasado durante el tiempo que no estuvo conmigo: se había embarcado en un bote pesquero en el Golfo de México. Luego se trasladó a la Patagonia. Años después regresó al Golfo, y tras haber conocido a una nativa del Itsmo, se casó con ella y se fue a vivir a una de las islas de Huatulco, a una cabaña que había construido muy cerca del mar. Luego de haber pensando que tendría una vida feliz junto a ella, la mujer murió de un cáncer mal tratado puesto que vivían lejos de cualquier hospital. Mi padre dejó de contar su historia como si el recordarla le calara el corazón. Clavó sus ojos en los míos. Me sentí algo descolocado: su mirada delataba que mi persona le incomodaba, le daba lástima, se arrepentía de haber embarazado a mi madre. Suspiró muy hondo, quiso decir algo, se movió, y le pregunté a bocajarro por qué motivo regresó a buscarme. Antes de darme respuesta, me pidió una taza de café caliente; se había mojado tanto que temía fuera a enfermar.
Me dirigí a la cocina para calentar agua. De pronto escuché un disparo que apaciguó a los grillos y a la voz de la lluvia. Corrí a la sala. En el sillón descubrí su cuerpo desparramado. Se había volado parte de la cabeza; su muerte fue instantánea. Luego de haberle llorado toda la noche y la madrugada; luego de haberle reprochado su huida, su larga y misteriosa desaparición; luego de haberlo maldecido porque se había matado así de repente sin decirme la razón que lo había hecho retornar a casa, saqué su cuerpo al jardín y lo enterré bajo el manzano para que estuviera más cerca de mí y no volviera a irse.
6:
Se cierra el paréntesis y seguimos con la historia de mi muerte:
Voy rumbo a donde se encuentran los pandilleros. A cada paso que doy alzo más y más la joroba como si fuera un boxeador erguido, a punto de soltar un gancho. Los pandilleros se encuentran fumando debajo de uno de los faros de la esquina del callejón Buenavista, es un lugar oscuro y tétrico, muy cerca de la Avenida Oslo. Son cuatro hombres de unos treinta años aproximadamente. A simple vista se ven como maleantes. Visten pantalones guangos, parece que se acaban de cagar; llevan el tiro más flojo que de costumbre. ¡Qué gente tan ridícula! Cómo pueden salir sí. Sólo a mí se me ocurre morir en manos de esos tipos. Me les acerco. Los miro de arriba a bajo, escupo al suelo y les tiro a bocajarro:
–¿Qué chingan?
Los delincuentes se burlan de mí y actúan como si les hubiera contado un chiste. Pienso en algo que los haga sentirse agredidos.
–Vengo de su casa, de tener relaciones sexuales con su mamá y ustedes aquí como pendejos viendo a ver quién pasa –insisto para encender su enojo y uno de ellos, quizá el jefe de la banda, saca una navaja de mango grueso de entre sus ropas y amenaza que me va a reparar la cara.
–No eres más que un cabrón muy marica, Sí, una maricota, maricotototota, que no se ánima a enterrarme esa arma que lleva en la mano. Uyyy, En cambio, tú mamá hace muy buenos, pero muy buenos jales.
De repente, uno de los que está detrás del que me amenaza, dice:
–Ándale, Chato, arréglale la cara este pinche jorobado.
–Sí, Chatanás, pícatelo ya al güey –agrega un tercero.
–Ándale, Chato, nadie te va a ver –agrega un cuarto.
–Sí, Chato, anímate, no pierdas tu tiempo, encaja ese fierro de una vez por todas –sugiero yo y, antes de terminar mis palabras, el sujeto agarra vuelo, acerca su navaja a mi abdomen y ustedes, amables lectores, deberán cruzar el portal de la muerte para averiguar el final de esta historia. Los espero allí, paciente, para responder sus preguntas.



[1] Claro que Vila-Matas estaría de acuerdo con esto. Siguiendo algunas de sus anotaciones en El viento ligero en Parma descubrimos lo siguiente: “todo escritor es un híbrido en el que conviven influencias de otros que son inventados”, pág. 30.
[2] Recordando algunas de sus palabras escritas en su “Autobiografía”, se puede hallar unas que nos responden qué pasaba por su cabeza mientras escribía Suicidios ejemplares: “Recuerdo que mientras trazaba las historias de ese conjunto de relatos, teniendo en cuenta que me identificaría siempre con los personajes del libro que ando en aquel momento escribiendo, sentía un cierto temor a probar mis alas y matarme”, pág. 189, de El viento ligero en Parma.
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