viernes, 7 de diciembre de 2007

.156.



La edad de hierro: el murmullo desde el vacío y el apartheid sudafricano
00:

J. M Coetzee –Sudáfrica, 1940– es uno de los escritores más prestigiados en cuanto a propuestas literarias y académicas en Europa. Decir su nombre es evocar premios como el Nobel –2003–, el Booker Prize –1983 y 1999–, entre otros. Su obra está constituida por más de cinco novelas y tres libros de ensayos sobre temas filosóficos y sociológicos, que tratan sobre la violencia del hombre hacia los animales y
la represión que el mismo ejerce hacia los otros. Su novela La edad de hierro –Mondadori, 2004.

01: argumento.

La novela trata sobre una jubilada maestra de latín –de apellido Curren– que está muy cercana a la muerte por culpa del cáncer.

La apacible vida de la señora Curren se ve trocada en derrota tras recibir la noticia del cáncer por parte de su médico. Decide refugiarse en su casa, escribir varias cartas que registren sus últimos días en el mundo y enviárselas a su hija –una mujer que dejó Sudáfrica por la culpa del apartheid para trasladarse a América–. Las cartas, permeadas de melancolía, de dolor, de derrota, muestran cuestionamientos filantrópicos: la convicción de una mujer que se aferra a no dejar la vida. Y cómo un lugar de Sudáfrica (Ciudad del Cabo) se ve convertido en infierno y colapsado parsimoniosamente por el régimen del apartheid y sus detractores.
La edad de la señora Curren oscila entre los cincuenta o los sesenta años. Vive en una casa tranquila, goza de los derechos y privilegios que tienen los afrikáners (blancos puros nacidos en África) y tiene a sus servicios a una asistenta de color llamada Florence, cuyo hijo está involucrado en los levantamientos estudiantiles en contra de una escuela que fue incendiada por los mismos, como muestra de que es inservible la educación que discrimina y margina a la gente de color.

Después de que la señora Curren deja el hospital la noticia del cáncer le tiene consternada. Se halla a Vercuil a las afueras de su casa, recostado en unos cartones. Vercuil es un vagabundo alcohólico, desaliñado y cínico, que apesta como si la misma carne se le estuviera corrompiendo mientras camina y bebe. Esperanzada a que éste le de su ayuda como ella se la pretende dar, en la señora Curren nace la idea de que hombre es el mensajero que le hará llegar la carta que le escribirá a su hija despidiéndose de ella. Una carta larga, entrañable, que muestre el amor de una madre aletargada por el cáncer a una hija que lo ignora. Curren ve en el vagabundo una especie de ángel que Dios le mandó apiadándose de ella.
El vagabundo ve a Curren como una loca acobardada que no se ánima a decirle a su hija que el cáncer la matará muy pronto.
02: El murmullo desde el vacío: epístolas para entregarse a la muerte.
Se revela –durante la lectura de La edad de hierro– que la señora Curren sabe que una de las mejores maneras de dialogar con la muerte es valiéndose del género epistolar. Las cartas, escritas durante 1986 y 1989, no muestran autocensura de sentimientos; desnudan los demonios internos y lo que aqueja a quien las redacta. Son palabras que muestran una contención verbal fina, aterciopelada (como si las palabras indicadas para aferrarse a la vida tuvieran que ser delgadas, pero de un filo mortal). Son palabras que soportan el peso de la muerte y se doblegan ante ella luego de no haberla vencido, de no haber hallado tregua.
El semblante que la señora Curren muestra ante la muerte no es el de una vieja cínica o estoica, ni la espera con una sonrisa sabiendo que un mundo placentero y eterno está más allá de la vida. Siente un amor moroso por este mundo. Trata de hallar el desequilibrio humano en el dolor, la derrota, la violencia, la pasividad y el amor. Estados humanos que la afrontan conforme vive episodios como el atropello de dos niños de color, el incendio y el exterminio de una colonia de negros, cuando un grupo de militares sabotea y destruye parte de su casa porque en ella se refugian personas segregadas:
Hades, el infierno: el dominio de las ideas. ¿Por qué han
tenido que inventar la idea de que el infierno sea un lugar solitario en medio
de la Antártida o en el fondo de un volcán? ¿Por qué no puede estar el infierno
a los pies de África y por qué las criaturas del infierno no pueden caminar
entre los vivos? (pág. 126)
Curren apuntala hacia la vida el coraje que le provocan estos episodios. Las palabras que usa para dialogar con ella son veneno dulce: negras, expansivas y mordaces. Delatan que la vida misma, el tiempo, es la enemiga del hombre, del cuerpo:
Qué importa este cuerpo que me ha traicionado? Me miro la mano y no veo más que
una herramienta, un garfio, una cosa que sirve para recoger otras cosas. Y estas
piernas, estos zancos feos y torpes: ¿por qué tengo que llevarlos conmigo a
todas partes? ¿Por qué tengo que llevármelos a la cama todas las noches y
meterlos bajo las sábanas? (pág. 19).
Para Curren escribir cartas es mejor manera de liberarse de sí misma y de ver el mundo con piedad; de ver a los seres humanos al igual que a los animales: son la mejor manera de aferrarse a la vida aunque la vida misma le parta la cara con su indiferencia y crueldad. Escribir cartas es la mejor forma de contar una historia que se va a pique por las desazones y los castigos que los humanos se imponen a sí mismos y se atraen. Escribir cartas es escoger la oscuridad del vacío y hacerse presente a base de gritos que serán escuchados por los otros como murmullos.
Entre todas las puertas del mundo, Curren escoge la que ahoga su voz, la que la obliga a recobrar el cariño perdido:
Empiezo a entender el verdadero significado del abrazo, abrazamos para que nos
abracen. Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro,
para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados.
(pág. 11).
Y prosigue:
¿Por qué le doy comida a ese hombre? Por la misma razón que se la daría a su
perro (robado, estoy segura) si viniera mendigando. Por la misma razón que te di
pecho a ti... La muerte es la única verdad que queda. La muerte es una idea que
se puede soportar. Cada momento que paso pensando en otra cosa, no estoy
pensando en la muerte, no estoy pensando en la verdad. (pág. 13).

¿Pero por qué escoger este tipo de dialogo, por qué aferrarse a la existencia y enfrentar a la muerte con estas palabras? ¿Cuáles pueden ser, para nosotros –los humanos, los mortales– las palabras precisas que deben utilizarse para hablar con la muerte y despistarla para que nos dé tiempo de valorar y salvar lo poco que nos queda, de ver el mundo por última vez?
Para un existencialista como Camus, por ejemplo, las palabras precisas para dialogar con la muerte son distintas a las de la señora Curren. Para Camus, “Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Confesar que la vida nos supera o que no la entendemos”. (“Lo absurdo y el suicidios”, en El mito de Sísifo, pág. 16).
Un personaje de Camus, ante una situación como la de la señora Curren, lo primero que haría es suicidare, ignorar que su país está en una guerra civil, que la gente de color está en continua lucha contra los blancos, una guerra que se está hundiendo el país y lo está arrastrando a él. Para este personaje el sentido de la vida estaría en la muerte misma. O bien, la vida no tendría visos de sentido.
Para un poeta como Pavese –que miró muy de cerca a la muerte y que prefirió refugiarse en ella gracias al suicidio– escogería otro tipo de palabras, quizá más entrañables y moteadas por una sonrisa, quizá más humanas, quizá más cercanas a las de Curren: “La muerte tiene ojos para todos./Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. /Será como abandonar un vicio/como ver que emerge de nuevo/un rostro muerto en el espejo…”. ("Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", pág. 61)
Para la señora Curren dialogar con la muerte es dejarle una herencia de palabras a su hija. Una herencia de dolor, tristeza y abandono en manos de un vagabundo que no anuncia la certeza de nunca entregarla; es dejar un registro de una mujer desahuciada en una Sudáfrica que se desmorona junto a ella. Una Sudáfrica que se desangra y es violada por cualquiera que la habite y la reforme. Esa Sudáfrica soñolienta, triste, anodina, donde nos son exiliados los que la abandonan –por la culpa del racismo y la segregación social–, sino los que se quedan a soportar. Exiliados de la vida misma. Para la señora Curren es un homenaje a la muerte dejar escribir cartas a su hija, una manera de retardar una ley humana.

03: el apartheid Sudafricano: segregación.

Toda obra literaria, o manifestación artística, debe ser contestataria, debe dar visos de que se escribió por razones ideológicas, apuestas poéticas o para darle la cara al mundo, enunciar sus deficiencias, enfrentarlas. O bien, toda obra literaria le de la espalda a la inmundicia humana y recrea una realidad aparte gracias a la magia de las palabras. No me refiero a la literatura que utiliza naves espaciales y planetas en el universo para parodiar los conflictos de un dictador o los defectos humanos. Atalaya Philip K. Dick.
La edad de hierro, de Coetzee, es una novela contestataria, una respuesta al apartheid sudafricano. El apartheid nace cerca de los años treinta, tras las demandas de los blancos reclamando territorio Sudafricano. Pero en realidad el apartheid tiene más años de existencia: no olvidemos la esclavitud en la que se vio hundida la población Africana tras verse conquistados por los portugueses. Apartheid significa segregar, separar, marginar a una persona o a un grupo de personas por motivos raciales, culturales, políticos.
Durante casi cincuenta años el apartheid levantó una capa negra de violencia y muerte para la gente de color que se oponía a ella y al idioma afrikáans, (idioma impuesto en todo sistema de educación como el de la opresión). Así también, despojó de su territorio a las personas negras y los mandaron a habitar Soweto, sitio demasiado retirado de Ciudad del cabo y de los lugares de abastecimiento. A la gente de color se le negó el derecho a participar en las decisiones del país y tener territorios.
Para Coetzee el apartheid “surgió del interés y la codicia, pero también del deseo”:
Con su codicia, exigía cuerpos negros –en el sentido más físico– con el fin de
consumir su energía en forma de trabajo. Con su ansiedad respecto a los cuerpos
negros, también creaba leyes para apartarlos de la vista. El apartheid un sueño
de pureza, pero un sueño impuro. En muchas cosas, una mezcla de cosas; una de
las cosas que es consiste en un conjunto de barreras que hará imposible que el
deseo de mezclarse logre cumplirse. ("El pensamiento del apartheid", en Contra la
censura
, páginas 199 y 200).

Coetzee escribe La edad de hierro diez años después de que el conflicto entre sudafricanos y afrikáners –en apariencia– llegara a su fin. La escribe para enunciar la violencia, los desastres y las muertes que causaron la intolerancia y el racismo de los blancos hacia los de color. La carta de Curren no son más que una novela que nos recuerda que la educación para niños negros no es la misma que la que se le impartía a los blancos, para señalar que un territorio de negros no debe ser habitado por los mismos puesto que ellos no tienen las facultades suficientes para hacer que el país alcance un desarrollo tanto económico como tecnológico. La escribe para hacernos ver que Sudáfrica es un país desmoronado
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