domingo, 22 de abril de 2007

.115.

.las ciudades y la muerte.







Gracias uno de mis correos electrónicos enviado por los organizadores del FONCA, me acabo de enterar que el próximo encuentro tendrá sede en la ciudad de Guanajuato. Y tuve un amargo sabor de boca. Los recuerdos fueron tenazas enganchados a mi cráneo, lámparas inextinguibles. El anterior encuentro fue en San Luis, ciudad de mi tutor David Ojeda. Los detalles de esta aventura los omití en el blog por desorganizado. Puedo decir, con una gran sonrisa en el rostro, que fue uno de los viajes más vitales como escritor que he tenido, y una de las mejores oportunidades de conocer a escritores tan joviales y comprometidas con la literatura, como lo son mis compañeros de disciplina. Más que una reunión de reconocimiento y presentación, fue una sorpresa conocer una nueva retroalimentación literaria. Trabajar solo, en una ciudad donde las mismas oportunidades y las puertas se van cerrando por la envidia y el rencor, le cercena la motivación a cualquier escritor joven. Esto sucede siempre, no quiero inspirar lástima ni odio, pero cuando uno sale de su ciudad de origen, en mi caso, ciudad donde los intelectuales, los intelectuales de verdad, están tan concentrados en sus trabajos en particular y con ellos no se ha podido entablar una plática de lo que se encuentran trabajando o nos encontramos trabajando, causa desinformación y hasta ceguera, en ocasiones. No los culpo. La literatura se hizo para adiestrarla y pulirla de manera solitaria; todo escritor se hace en el anonimato. Pero también existe otro tipo de escritores, y no sé si llamarlos así, aquellos que no hacen en el anonimato, sino en el chisme, aquellos que sólo se ocupan en ventilar y conjurar injurias a terceros y, estos me parece triste, bloquean los diálogos y sólo están luchando, como trepistas de circo, en escalar peldaños sin importarles la lambisconería por el bienestar de sus intereses.

Conocer un nuevo tipo de crítica y estilos diferentes de creación literaria ejercidos y destilados por nuevas personas, escritores jóvenes en mi caso que tengo la oportunidad de trabajar mi libro junto a ellos, fue como si me hubieran sacado el rostro debajo de una pila de agua aguantando la respiración al por mayor, y me hubieran ayudado a salir a tomar aíre fresco, conocer un nuevo mundo y obtener un nuevo modelo de autocrítica.

Pero hablemos de la ciudad.
Viví en Guanajuato dos meses, junto a mi hermana de amistad, Nuria. Estuve allá y terminé mi primer libro de cuentos, que hoy lo veo como un ejercicio que me ayudó a subir el siguiente escalón y comenzar el segundo libro: Simulador. Vivimos allá con poco dinero, yo tenía una beca más que holgada exigua, que apenas alcanzaba para pagar la renta y surtir nuestro armario de despensa: pasta, verdura y leche, ¿qué más refinado puede comer un estudiante y una abogada en ciernes que espagueti con salsa mal hecha de tomate?

Vivimos a quince minutos de la ciudad. Y mi rutina era rigurosa; consistía en trabajar todas las mañanas: lectura y escritura o reescritura de textos, mientras Nuria prestaba sus servicios a un bufete jurídico todo el día. Por las tardes me gustaba salir siempre a dar un paseo al Teatro Juárez, a la Alhóndiga o me metía a uno u otro museo que está junto a la escalinata de la Universidad, para distraerme, pero nada me lograba distraer; todo allí era monótono, tedioso. Y el dinero de la beca no me rendía todo el mes, ni me permitía darme lujos; en ocasiones, para poder comprar cigarros, tenía que esculcar en los cojines de los sillones, debajo de la cama, para encontrar dinero olvidado. Los dos meses mantuve mi celular apagado, mejor muestra de querer estar desconectado de lo que sucedía en Zacatecas. Los motivos porque dejé mi ciudad, o cambié de acera puesto que ambos estados son equiparables, fueron el fastidió al por mayor; ver la gente de siempre, la gente ocupada por los chismes de siempre, las mismas calles, los mismo autos, la misma hipocresía que nace y se repite en personas que juran ser tus amigos, tu actitud ante todo, las misma noticias literarias, los mismos resentimientos.

Regresé a Zacatecas y dejé a mi hermana Nuria por la muerte de una amiga. La fecha no coincide con la del próximo encuentro del FONCA, pero Guanajuato es un recuerdo que vapulea mi memoria, una lámpara inextinguible. Mientras me encontraba cerca del Teatro Juárez, prendí mi celular para ver qué nuevas podía encontrarme. De pronto entró la llamada del Mike, un gran amigo. Después del clásico saludo, me informó que la china había tenido un accidente. Pensé, para no alterarme por la situación, que se había rotó una pierna o algo por el estilo, pero la noticia del Mike hizo que la sangre en las rodillas y cabeza se me trocara en plomo.

El accidente de la china sucedió en una carretera fuera de Zacatecas. A dos horas de distancia. Se les atravesó un camión de carga. La China venía de copiloto, dormida y sin el cinturón de seguridad puesto. Viajaban a unos ciento sesenta kilómetros por hora por la gravedad del impacto. Cuando tuvieron el camión de frente no pudieron frenar. Las llantas derraparon hasta desprender cinta asfáltica. El conductor perdió el control. Un volantazo. Luego la parte trasera del carro se estrelló contra el remolque. La China salió disparada, rompió el parabrisas con la cabeza y cayó al asfalto. Se partió el cráneo y su médula quedó a la intemperie. Se le fracturaron todas las vértebras. La sangre de su cuello le circuló al cerebro hasta quemarle la mayoría de sus neuronas como si fuera veneno. La policía no sabe quién manejaba el auto. Su acompañante se dio a la fuga. El conductor del camión habló a la ambulancia. Ya para las ocho de la mañana la China estaba sin vida en el hospital.

Han pasado más de dos años que sucedió esa desazón. Más de dos años que me vi en el espejo acomodándome la camisa, recogiendo mi equipaje de una habitación pequeña a primera hora de la mañana, para salir con premura de una ciudad en la que busqué un cierto refugio de manera vana. Será difícil volver a ella. Y es innegable que lo primero que me traerá a la mente cuando la pise, es la lámpara inextinguible de cómo la abandoné por la noticia de una muerte.
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