martes, 17 de abril de 2007

.114.









Pertenezco a una gama sin fin de simuladores, que han desaparecido del mundo conforme pasan las décadas y vuelven a surgir cuando un escritor fenece. Una y otra historia se escucha en cada rincón del mundo sobre los primeros de mi especie y los últimos y de nuestra condición. Pero ninguna es acertada. Toda palabra que se fermenta y nace en la boca de un humano que se ocupe en describir nuestra estirpe, no alcanza a detallar de qué estamos hechos. El tiempo, las épocas han configurado la identidad de cada uno de nosotros. Si bien, somos distintos, hacemos el mal de distintas maneras. La agresividad y la desgracia y el engaño y la hipocresía más vil nos ocupan, nos definen.
Vine a este hospital porque un sueño me informó que en él se encuentra Amparo Dávila y que en su habitación, en medio de los bloques que fortalecen una de las paredes, esconde bajo todas las precauciones posibles un libro (el único objeto que la hace mantener amarras con la realidad). Vine hasta aquí para robarlo y convertirme en inmortal y alistarme a las filas del grupo más temible de los simuladores…
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