martes, 6 de febrero de 2007

.99.

Asher y yo caminamos por los Portales. Alrededor de nosotros está la parvada de escuincles sentados en los escalones de los arcos, como gárgolas esperando una pulida de cuerpo. Asher pide que caminemos por otro lugar, le incomodan los sitios infestados de personas. Al cruzar la calle y al esquivar un coche, Asher me pregunta sobre mi concepto del cuento. Mi amigo y yo nunca tocamos esos temas; hablar de literatura, para ambos, es como cruzar un campo minado. Preferimos, siempre, hablar de drogas, hablar de mujeres, del tango, de la vida de escritores. Asher es uno de esos creadores jóvenes, si así es preciso llamar a alguien que a diario tiene lucubraciones artísticas y no sobrepasa los treinta años, que dejó de escribir hace poco. Tuvo una columna en el diario de esta inane ciudad y fue censurado al publicar su tercer artículo, que hablaba sobre las debilidades de los escritores más representativos de esta zona. Para muchos, las críticas de Asher dañaron su tétano creador. No puedo precisar bien si fue solemne en sus diatribas o simplemente despotricó contra ellos sólo por llamar la atención y para que todos hablaran de él, como el comediante que busca los ojos del público y gana sus quince minutos de fama.

Lo importante aquí, es que Asher es una persona que dejó de escribir porque después de ese episodio nadie quiso publicarle sus textos y se hundió en una depresión que lo llevó a la mediocridad. Ahora vive de chichifo: se prostituye en el jardín de Independencia con los homosexuales que rodean ese punto histórico. Gana bien. Con el sueldo de dos meses compró un Chevy de color azul y un terreno cerca de la universidad donde estudia. Siempre que se habla de literatura con él se termina en discusión. O mejor dicho, termina sacando a flote el trauma que le causó que lo hayan censurado y piensa que todos son una mierda, menos él, por eso dejó de escribir.

Retomemos el tema. Intento desviar la pregunta de Asher al aludir el cuento para no pelear. Insiste y volvemos a cruzar otra calle, la que da a la acera de Samborns. Su rostro pinta una mueca de inconformidad, levanta el cuello de su abrigo para evitar que el frío le congele las orejas y guarda sus manos en los bolsos y vuelve al punto. Como si fuera importante llegar a su aclaración, justifica que no existe escritor sin teoría y ni teoría sin escritor. Por esas razones yo debo exponer y defender mi postura sobre el tema del cuento, porque es el género que utilizo cuando escribo y me pagan por hacerlo. No me gusta hondear en conceptos, le digo a Asher y deja que siga hablando. Creo que eso se lo dejamos a la narratología y a los analistas estructurales que tanto leen en la escuela de Letras y se persignan con ellos. Tampoco estoy a favor de que la mejor crítica está hecha por académicos, años atrás ya la han exorcizado de este espectro. Recuerdo esa historia de un Roman Jakobson en una universidad dando clases que evitó que Vladimir Nabokov diera seminarios de teoría literaria, argumentando que cómo era posible que un elefante fuera a impartir cursos de la caza de elefantes. Pero ese no es el punto, interrumpe Asher. Tú no eres Nabakov ni tampoco te pregunté que opinabas de la academia. Siempre hablas de la academia como si en verdad hubieras estado dentro de una. En ocasiones creo que eres un academicista de closet y por eso escribes tan horrible.

Dejo de hablar. Pasamos el semáforo que nos lleva a la calle Víctor Rosales y nos detenemos en una esquina donde venden Hot dogs. Le pregunto a mi amigo que si quiere uno y niega con la cabeza. Lo siento ansioso. Molesto. Voltea a todos lados como si esperara a una persona. De su abrigo descubre un pica-hielo y lo pone en mi abdomen. Quiero que me hables del cuento, o te rajo la panza...
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