miércoles, 7 de febrero de 2007

.98.

Yo no quería ser escritor, yo quería ser artista, cantante, piloto aviador o simplemente un histrión controlado por otro histrión y luego por otro, como la estructura de las muñecas rusas. Yo quería ser como aquellos personajes de Dimensión desconocida descritos por Rod Serling. Un extraterrestre, un alienígena con aliento pestilente y un aguijón en el trasero para estocar a primera instancia a quien me ofendiera. Quería ser un perro y ladrar todos los días por las madrugadas, mientras hace frío y la ciudad se convierte en un desierto. Un perro que coge con otra perra, en primavera, en una casa abandonada. Un perro de pelaje café que come carne corrompida a las afueras de la carnicería de don Alegriano. Un perro de colmillos infectados y que muerda la suave piel de los niños para después correr y orinar en un poste y electrocutarse. Pero también quería ser un camaleón que se disfraza de vacío, de agua, de nubes y eso causó un corto circuito en lo más interno de mis neuronas.

Eso causó que me comportara y quisiera ser como el otro, estar en el lugar del otro, del que fuera, pero que fuera otro. No hablo de alteridad, porque en ningún momento quise ser lector, siempre odié los libros y los quemé al más no poder cuando llegaban a mis manos. Lo que yo quería era estar en boca de todo mundo, salir en la televisión, en concursos de talk shows. Quería ser el otro, debo repetir, porque no puedo ser yo mismo, porque me dan envidia los demás y estaba logrando ser cómo los demás. Pero eso aquí qué importa, si en verdad yo era original. Lo que importa es que le estoy tendiendo una trampa a J y él ni siquiera lo sabe. ¿Cómo? Tengo un pica-hielo escondido en el bolso de mi abrigo y se lo voy a enterrar, para después convertirme en él y así irme a Canciones Tristes.

Razones abajo.
Tengo que salir de esta ciudad porque acabó de tener un hijo feo y sin cabeza. Sí, fue hace un par de horas, antes de que le telefoneara a J para que me ayudara a partir a Canciones Tristes, donde dice tiene una casa y una novia que podrá ayudarme. Mejor hablemos de mi hijo. Sí, tengo un hijo, más bien un espectro, que salió sin cabeza del vientre de su madre, además está peludo y baboso. El médico que llevó el proceso pre-parto de la mujer que lo trajo al mundo lo advirtió en la primer consulta que tuvimos con él: Usted va a tener un hijo sin cabeza porque cuando era un ovocito la célula no se desarrolló plenamente; por esa razón el feto tiene el cerebro enrollado en las tripas y nunca sabrá cómo es su rostro. La madre de mi hijo salió llorando del consultorio después de escuchar esto y no quiso hablar conmigo porque pensó que yo era el culpable. Lo hizo hasta dos días después. Hablamos en un café. Su primera sentencia, cuando estábamos sentados en una de esas sillas compartidas, fue que ella quería tener a la criatura así como así, no le importaba que creciera sin cabeza y fuera peludo y oliera a marisco. Le respondí que no contará conmigo porque yo no quería un renacuajo deforme y lo primero que hizo fue aventarme la taza de café a la cara. Pero el líquido no me lastimó en lo más mínimo. Lo que la mamá de mi hijo sin cabeza no sabe es que el producto que salió de su vientre salió así porque yo soy un alienígena chompetudo y hediondo que vive dentro de un traje de piel humana y que durante años ha tenido una vida falsa.

Volvamos al tema. Digo esto porque quiero distraerlos de la trampa que le voy a tender a J después de pasar el puesto de Hot Dogs, si no me contesta cómo concibe el género cuento. No quiero que nadie lo entere de mis planes. Mejor hablemos de mi método inductivo que sirve para analizar los cuentos de Conan Doyle, que inventé cuando era un alumno destacado y popular de la escuela de Letras y tenía a todas las chamacas de esa unidad académica locas por mi gran intelecto.

Sí. Fui yo.
Fui yo el gran Mesías y redentor de muchos pupilos de esa escuela.
Sí. Fui yo el Mesías sacrificado porque nadie creyó en mis palabras.
Fui yo el que, como Galileo ante un tribunal, defendió hasta último momento sus ideales y le prohibieron, en periódico y revistas conocidas, que sus textos volvieran a ver la luz de cada mañana.
Detalles abajo.
Sucedió una mañana de frío. Yo vestía mi abrigo raído y mi bufanda colorida cubriéndome todo el cuello y parte del rostro. Estaba a punto de comenzar mi seminario hermenéutico-epistemológico-antidepresivo-formal-lingüístico del relato y yo sería el principal exponente del tema de ese día. El aula estaba llena de maestros foráneos y no foráneos, de pelirrojas y no pelirrojas y de rubias y no rubias y morenas y no morenas y blablablabá, al igual que alumnos que acudían para conocerme. Era mi turno de esbozar mi tema de tesis. Así que tomé asiento, me acomodé la bufanda, regulé mi voz y comencé a explicar que mi método inductivo deductivo era un análisis que lograría aclarar de manera amplia y excelsa la obra de Conan Doyle y que ningún analista antes se había imaginado que un pobre mortal como yo podía lograr crear un aparato de análisis para explicar la obra de Doyle. Hubo cuchicheos entre el público y lloriqueos de varias mujeres murmurando que me había vuelto loco. Saqué el engargolado que guardaba en mi mochila, después lo alcé ante ellos para que vieran que tenía pruebas de lo que decía y no eran simple onanismos mentales. El público, en cambio, se echó a reír y los sinodales me pidieron que abandonara el aula aún sin terminar mi tiempo como expositor…
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