martes, 18 de julio de 2006

.hoy se cumple un año de su muerte.
Uso la foto donde estás tú junto a los demás, ebrios, en una fiesta, de separador en los libros que voy leyendo. Ayer por la madrugada, antes de dormir, puse la alarma para despertarme, el siguiente día, hoy, temprano para ir a comprarte un racimo de flores y arrojarlo a tu tumba. No sé si en verdad te gustaban o te gustan, pero ese será el obsequio que nunca te di cuando estabas viva. Debo confesar: me dan miedo los cementerios y los hospitales. Creo que sí te diste cuenta de ello. Antes de que los doctores te desconectaran de los aparatos que te hacían seguir en coma, invitaron a tu familia y amistades a pasar a tu habitación para despedirse de ti y yo preferí seguir afuera. Antes de que guardaran tu cuerpo en una caja que resguardarían posteriormente con cemento, preferí ir a comprar las coronas florales que tus compañeros de escuela te obsequiaron antes de despedirte de este mundo.
Tú nos dijiste a todos, tus amigos, la última noche que estuviste con nosotros que, como si supieras que el mes siguiente ibas a morir, nos embruteciéramos con vino y brindáramos porque ya tendríamos a alguien en el cielo pensando en nosotros. Baah! En realidad eso me da rabia… ¿A quién demonios le importa que sucede en un lugar que no se conoce? Ojala te dieras cuenta que haces más falta aquí.
Durante la semana que estuviste en el hospital yo viví en Guanajuato. Me di a la fuga de esta ciudad porque no podía acabar mi libro de cuentos. Viví solo allá, no salía a la calle y dormía poco. Leí y trabajé como nunca. No había nada que me anclara a Zacatecas. Aunque las dos ciudades son en apariencia iguales, viví cómodo allá porque nadie hablaba a mis espaldas. Acabé la primera mitad de mi proyecto y mi vida comenzó a cobrar sentido en territorio que no era el mío. Para que nadie me hiciera romper amarras con mi trabajo, apagué mi celular desde el momento que bajé del camión en la central camionera. No sé por qué lo hice, pero una tarde en la que salí a pasear cerca del Teatro Juárez, lo prendí para ver la hora. Al instante llegaron tres mensajes del Mike que informaban, como si fueran dagas luciendo su filo, que estabas grave en el hospital y que debía comunicarme de urgencia. Marqué su número y al intercambiar el clásico salido, le pregunté cómo había ocurrido el accidente y se apresuró a contar:
Sucedió en una carretera fuera de Zacatecas. A dos horas de distancia. Se les atravesó un camión de carga. La China venía de copiloto, dormida y sin el cinturón de seguridad puesto. Viajaban a unos ciento sesenta kilómetros por hora por la gravedad del impacto. Cuando tuvieron el camión de frente no pudieron frenar. Las llantas derraparon hasta desprender cinta asfáltica. El conductor perdió el control. Un volantazo. Luego la parte trasera del carro se estrelló contra el remolque. La China salió disparada, rompió el parabrisas con la cabeza y cayó al asfalto. Se partió el cráneo y su médula quedó a la intemperie. Se le fracturaron todas las vértebras. La sangre de su cuello le circuló al cerebro hasta quemarle la mayoría de sus neuronas como si fuera veneno. La policía no sabe quién manejaba el auto. Su acompañante se dio a la fuga. El conductor del camión habló a la ambulancia. Ya para las ocho de la mañana la China estaba sin vida en el hospital. Después pidió que no me apurara, que el me tendría informado de todo si no quería regresar a Zacatecas.
Al la mañana siguiente me despedí de mi casero y tomé el primer camión de regreso a la ciudad de los muertos. Me hospedé en la casa de mi hermano y tomé rumbo al hospital junto al Mike. En el sitio estaba todas esas personas que cursaron con nosotros el colegio, la primaria. Las mujeres de las que estuve enamorado y nunca me correspondieron y a los amigos que no olvidan el pasado. El nombre de la muerte une de nueva cuenta la amistad, se decía afuera de Urgencias, mientras tu familia esperaba con ansía que volvieras en sí para hacer a un lado las sábanas que te cubrían y levantarte de la cama como si nada hubiera sucedido. Nada sucedió. Todo siguió igual. “La muerte tiene ojos para todos”, escribió el poeta italiano. Las esperanzas fueron lanzadas al vacío y los amigos no pararon de decir tu nombre. Tu nombre en todas partes. Tu nombre en un velorio entre lágrimas y gritos. Tu nombre en los arreglos florales. Tu nombre en el mármol de una tumba. Tu nombre en el SEMEFO. Y los amigos recordando las fiestas donde solíamos fingir ocultar nuestra embriaguez ante la cámara fotográfica. Si estuvieras a mi lado mientras escribo esto, te enseñaría la foto donde estás tú, con tu cara pálida y tu pelo grifo. Esa foto que reposa dentro de los libros que leo y me recuerda en qué página voy y en qué estado me encuentro.
A veces pienso que algún día sentiré de nueva cuenta tu mirada. Tus ojos me verán pero tú no serás la persona que me ve, sólo tus ojos. Porque la mayor parte de tus órganos ahora habitan el cuerpo de otras personas. Porque tu corazón palpita dentro de otro pecho que ni siquiera conociste. Por que antes de morir mostrarte caridad ante el prójimo. Que siniestro será escuchar el latir de tu corazón en otro pecho y que reconozca mi voz cuando le esté hablando. Cuando le hable el Mike u algún otro amigo. Que siniestro será reconocer esos ojos que algún día los vi ebrios o felices en un rostro que no es el tuyo.
Hoy es 17 de Julio y saldré a la calle a comprarte un ramo de flores. Hoy es 17 de Julio y caminaré al cementerio. Solo. No me importa si llueve, estaré ahí frente a tu tumba conteniendo las lágrimas. Me acercaré hasta la rejilla que protege tu lápida apretando la fotografía con mi diestra, al igual que al racimo, para después lanzarlo a tu ataúd y decir entre labios: Hoy se cumple un año de tu muerte, mi China.
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