domingo, 30 de julio de 2006

.libros con los que recibí mi cumpleaños.



Una larga lista de libros me espera los siguientes meses. Muy larga, demasiado. A veces me siento un tonto, un güevas, un maldito güevas que desperdicia el tiempo en banalidades. En puras injustificadas banalidades. Y duele saber que mientras yo leo dos, tres, cuatro libros por semana, en el mundo se crean miles, millones por semana, según Gabriel Said. ¿Historia de nunca acabar, no? Libros y más libros. Libros y más escritores nuevos. Y así, con esa idea, y otras más que están atrofiando mi cabeza, el día que me hizo tener más edad, el día que me hizo volverme un maldito vejestorio por la madrugada, comencé a leer a dos premios Nobel de literatura. Hombre lento de Coetzee y Moloy de Beckett. El primero me hizo caer en la tristeza, en realidad en la melancolía, por la sensibilidad y abatimiento que maneja este sudafricano con su prosa límpida, musical y algunas veces contenida (leo a Coetzee y pienso: este hombre escribe como si estuviera calibrando el cilindro de una arma poderosa, tiene en cuenta que las palabras son balas que desgarrarán el pecho de quien las vaya a recibir, de quien las vaya a leer). Coetzee trata los conflictos humanos con delicadeza, sin alejarlos de lo crudo, lo visceral. Dimensiona sus personajes con una minuciosidad casi delicada, cuando los somete a cuestionamientos sobre existencia humana, su existencia, la existencia de todos, y los vence ante las vicisitudes del mundo. La piel se me eriza al recordar el accidente que sufre el personaje principal al comienzo de la novela. Raudo es la palabra. Raudo es su impacto ante el automóvil.
El segundo, Moloy de Beckett, es una obra maestra. Su soltura con el lenguaje, a diferencia de Coetzee, Beckett maneja párrafos largos, párrafos sin corte, seguidos y seguidos y mantiene un ritmo golpeado en la voz de su personaje, un tono a veces monocorde y desesperante, estridente como el sonar de un martillo en la madera. Podría decirse que Beckett tiene más sentido del humor que Coetzee, los largos monólogos de Moloy, siempre disparatados y demenciales y absurdos mientras viaja en bicicleta, cuando recuerda cómo fue su primera experiencia sexual, cuando carga piedras en los bolsillos y ofrece retazos sobre su madre o habla sobre sus flatulencias, ten mantienen atento a la lectura, siempre soltando una risilla.
Estos dos escritores son masters de la prosa. Son más que masters. Coetzee es un genio de la tristeza y en demostrar la debilidad humana, el hastío. Beckett el maestro de lo absurdo. Seguro estoy leyendo los mejores libros de mi vida, aunque no debemos olvidar a un tal António Lobo Antunez…

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