martes, 14 de marzo de 2006


.Santiago Rocangliolo/el león censurado.

Hace un rato, mientras revisaba mi correo, abrí el blog del escritor peruano Santiago Rocagliolo, puesto que los ojos de todo el público están en él después de haber ganado el premio Alfaguara de novela con Abril rojo. Decidí leer lo que contenía su blog y descubrí ni más ni menos que un leve articulillo titulado “La censura de los niños”. Es un texto ágil, conmovedor y reflexivo que habla sobre un cuento para niños de Rocagliolo que fue censurado. Nunca pensé que fuera en cierta medida nocivo para la imaginación de los niños escribir: "el león llevaba falda roja y zapatos de tacón". Gracias a este artículo me doy cuenta que hasta los más premiados, o escritores que comienzan ha alcanzar prestigio, no escapan de este terrible castigo llamado censura, que día a día se ha convertido en un vicio. Posteo el artículo para que lo lean:



La censura de los niños
Me han censurado. Y lo peor de todo, me han censurado un cuento infantil.
Lo ha hecho una editorial de algún país que no mencionaré, porque soy un cobarde y sigo trabajando para ellos a veces y, en general, guardo un gran respeto por toda la gente que me da dinero. Pero quiero denunciar los hechos y elevar mi protesta.
El objeto de censura fue un león. Para ser precisos, un león gay. Bueno, no era gay. Es sólo que, como rimaba, puse que el león “llevaba falda roja y zapatos de tacón”. Era gracioso un león con tacones. Y rimaba. Pero los editores sugirieron que la dudosa identidad sexual de ese felino podía romper la armonía familiar. Ellos imaginaban la pregunta fatídica del niño lector:
-Papá ¿Por qué lleva falda el león?
El papá podía responder:
-Porque se ha equivocado.
O también:
-Porque es un cuento.
O, a fin de cuentas:
-Porque es homosexual.
Pero según los editores, el papá tendría una reacción como:
-Eh… bueno… verás… los pajaritos y las abejitas se reúnen… pero nunca las abejitas con los abejorros ni los pajaritos con las pájaras… o sea…
Y luego llamaría a la editorial a protestar, y luego los denunciaría por corrupción de menores. No quiero ni imaginar cómo se educarán los pobres hijos de esos editores.
Pero lo cierto es que esos editores no son los únicos. Muchos editores infantiles de EE.UU. se quejan de que deben traducir hasta las ilustraciones de sus libros, porque no pueden poner una botella ni un cigarrillo ni una falda demasiado alta. En los países de habla hispana suelen ser menos mojigatos, pero es obligatorio que el cuento esté lleno de mensajes positivos y ñoños con personajes que no levantan la voz y situaciones pacíficas que en ningún caso puedan inspirar al niño a hacer cosas tan graves como pensar.
Será que estoy viejo. Yo me eduqué con Caperucita Roja, donde un lobo se comía a una señora y luego le abrían el estómago a hachazos para sacarla. Y con Blanca Nieves, que dormía con siete enanos pervertidos. Y con miles de princesas que huían de sus padres, dragones especializados en acoso sexual y brujas que arrojaban a niños en calderos humeantes. Y no soy un psicópata. Al menos, no por eso.
Pero me temo que los editores no son los únicos culpables: nuestra sociedad está equipada con una manada de psicólogos, educadores, jueces y profesionales dedicados a que los niños no vean nada del mundo real y crezcan en un mundo color de rosa en el que a los niños los trae de París una cigüeña heterosexual.
Lo curioso es que los niños son cada vez más despabilados, y a menudo saben todo lo que hay que saber de la vida y mucho mejor que los padres. Me pregunto si esos cuentos no son en realidad para ellos, para los padres, como un tranquilizante para que sientan que el mundo es color de rosa y que sus hijos no están expuestos a la realidad. Imagino que los padres se leen esos cuentos mutuamente en la cama, por las noches, mientras el niño asiste a las orgías del colegio.
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