martes, 20 de octubre de 2015

Los viajes, el trabajo y los días




En mi vida he asistido a muy poquísimos encuentros de escritores jóvenes en mi país y, para ser honesto, a la mayoría de los escritores de mi edad o que nacieron durante la década del ochenta los conozco por sus libros, es decir, los he leído influido por la idea de que leer es un acto de bondad y la mejor manera de conocer al otro, aunque muchas veces ese otro mienta en sus textos. La semana pasada anduve en Monterrey, fui invitado por Sergio Pérez Torres, un veinteañero trajeado, que organiza el encuentro con el mismo esmero con que viste y cuida su persona y es anfitrión. Fue un encuentro “chingón”, es decir, conocí a gente que ya había leído y otra tanta que apenas conocía o había escuchado de ella. De Sergio me llevo, además de una sólida amistad, sus ganas de querer educar a los escritores, es decir, de que respeten su trabajo y la forma en cómo lo presentan. Gracias, querido. Ahora uno no se halla caminando solo este sendero difícil del escritor.

Mi participación consistió en leer una ponencia sobre mi postura ante la literatura del narcotráfico (que dentro de poco tiempo publicaré en mi página) y un fragmento de mi obra, más precisamente, "Los que lloran”, de Rojo semidesierto, un relato manifiesto sobre la condición del escritor ante la violencia y la prostitución intelectual a cambio de becas.

Alguna vez escuché que los verdaderos encuentros se dan en las mesas de bar o de cantina. Cierto o falso, debo confesar que participación también consistió en desvelarme y conocer en noches de cerveza artesanal y guateque a un buen número de mis contemporáneos. Muchos saben que no soy un borracho empedernido y que a veces, muy de vez en cuando, suelo molerme en el asfalto corriendo para segregar serotonina. Pero quiero creer que me defendí en dos madrugadas y una que otra tarde en el Sierra Madre. El encuentro terminó el domingo y ese mismo día abordé un avión a Ciudad de México y otro más a Veracruz, lugar que me recibió con un chubasco que me empapó nomás al bajar del taxi y entrar al hotel. Mientras iba en el avión, quise retomar el trabajo suspendido, pero me dolían tanto los ojos y la cabeza, que preferí dormir. En la cama del hotel, en cambio, permanecí despierto hasta las 3 de la madrugada y no pude bajar a la alberca porque estaba cerrada por el clima. Así es la soledad del viajero: permanece en la vigilia queriendo soñar con su cama y la mujer que ama a su lado.


Ayer empecé un taller de narrativa en Veracruz, tuve 31 participantes y me dijeron que con sin barba soy un escritor muy serio y con barba inspiró madurez. No sé qué significó eso, pero no traigo conmigo tijeras ni rastrillo para afeitarme. Al final del taller regresé al hotel para ponerme a trabajar en una antología de cuento que me encargó la universidad donde trabajo. Me dormí hasta las 2 de la madrugada, desperté a las 8 y me fui a nadar cerca de dos kilómetros. Luego llamé a Beatriz Espejo y, como siempre, su voz fue como la de una madre que echa porras, y no deja de decirme El pequeñito.




Ahora, mientras escribo esto, me duelen los brazos y también las piernas, estoy por terminar la edición de un cuento de la antología y siento que mi cerebro funciona en automático. Es casi la hora de ir a comer y recapitular el taller. Pienso en los miles de kilómetros que me distancian de Tijuana, en Flor, que seguro se encuentra en la oficina, en Ikki, nuestro perro, que se lanzó hace dos semanas de la ventana del cuarto de servicio porque no soporta estar solo y prefiere el vacío que una casa limpia pero sin dueños. Pienso en los trabajos de mis alumnos que aún no reviso y debo revisar para ponerles calificación, en las críticas y recomendaciones de los libros que me mandaron algunos amigos y yo aún no envío porque tengo traspapelados los archivos. Pienso en la línea fronteriza, en todos los que cruzan a San Diego y regresan a Tijuana, en las calles que corro y en los food trucks y la Revolución. Pienso que no he escrito una sola línea de literatura y que mañana, quizá, tenga tiempo para hacerlo y, en lugar de hacerlo, bajaré a la alberca, me sumergiré en el agua y empezaré a nadar y nadar. No sé si esto sea ser escritor, pero siento que este oficio, aparte de escribir, también provoca un cansancio placentero, como cuando corres o nadas.
      
    

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