viernes, 29 de agosto de 2014

Sí, nuevamente soy una puta del sistema





Hace tres días me enteré a muy temprana hora, gracias a mi muro de Facebook, que fui acreedor de una de las becas que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes promociona este 2014. La conseguí en categoría novela, postulándome con un proyecto que busca explorar las preguntas: ¿dónde reside el vínculo entre un padre e hijo?, ¿su significado se construye con las vivencias del día a día o sólo es un lazo genético que puede borrarse con el olvido?, ¿somos la herencia de nuestro padre o construimos la propia de forma individual, sin siquiera tomar en cuenta a aquel que dio la semilla para darnos vida?

La novela la inicié este mismo año. Tras perder mi empleo como maestro en la universidad, decidí, con el apoyo de mi esposa, encerrarme 4 meses para “hacer lo que mejor sabes hacer”, fueron sus palabras, “escribir”. Durante ese tiempo, con una serie de deudas a cuestas y la mudanza de un departamento a otro, me dediqué a correr de 4 a 5 km tres veces a la semana, leer y entrevistar a mis contemporáneos narradores (para saber qué se ha escrito y qué estamos proponiendo) y a escribir una a cuatro páginas por día y leer sobre la figura paterna en la novela.

Recuerdo que al finiquitar el proyecto y la documentación que pide el FONCA, sentí la misma sensación que cuando concluí mi segundo libro de cuentos: estoy escribiendo algo que de verdad me llena, me gusta, me convence (honrar a mi padre desde la literatura misma). Y pase lo que pase, esta novela tiene que salir, como han salido mis otros libros. Tras cumplidos los cuatro meses que pacté con Flor, cerré el borrador de la novela, lo imprimí y guardé en uno de los espacios del librero donde tengo los proyectos que quiero trabajar cada año. Luego me olvidé de él y dejé el estudio para conseguir nuevamente empleo como maestro. Pues los recibos de los servicios y las deudas se habían acumulado.

Muchas veces ganar una beca o un premio literario está sujeto a una serie de factores siempre ajenos a la obra. Existen casos donde proyectos de una sobresaliente calidad literaria suelen ser ignorados o superados por otros, porque el nombre del autor, incluso la amistad, tiene más peso para los jurados en turno que la obra misma. Es decir, los jurados terminan premiando a sus clones, gustos físicos o amistades o a una serie de personas que buscan reclutar como si ellos mismos fueran Sergio Andrade en busca de su Gloria Trevi. Pareciera que la suerte de la literatura nacional la rige una serie de pactos tácitos entre grupos literarios que suelen repartir las rebanadas del pastel con sus conocidos. Y eso, en verdad, siempre ha sido tema de que hablar cada que salen los resultados del Fondo Nacional.

En mi caso, las veces que he tenido alguna beca estatal, nacional o internacional, incluso el premio que recibió mi Rojo semidesierto, han sido porque mis proyectos, según las actas de liberación, hablaron y se defendieron por sí solos. Yo no conocía a David Ojeda, tampoco a Antonio Gala y a los patronos de su fundación, ni Beatriz Espejo ni mucho menos a Eraclio Zepeda. Ese poder, creo yo, deben tener todos los libros. No me imagino a Cheever explicándonos qué nos quiso decir con su cuento “El nadador”, ni a Joyce argumentando cómo debemos comprender su Ulises. La obra debe sustentarse por sí sola y los autores, a final de cuentas, salimos sobrando.

El correo que me manda el FONCA me dice que mi proyecto fue elegido entre más de 500. Eso me hace entender, por ejemplo, porque tanta gente se ilusiona y desilusiona luego de recibir la noticia o ver los resultados. A unos se les quita lo grumpy y a otros se les potencia. “Pinche FONCA”, “Pinche jurados”, “Pinches todos los becarios”, “Pinche vida”, “Nadie lo merecía más que yo”, dicen. Y con justa razón sobresale su encono: ante un país donde los salarios mínimos y el desempleo son el pan de cada día, más para disciplinas que crean arte, ¿qué otro camino hay para que se les pague dignamente su trabajo, aparte del freelanceo? Por ello muchos artistas suelen depositar toda su energía e ilusiones en un premio o una beca, por ello muchos postulan y esperan con ansia estas fechas. Gracias a los golpes esa costumbre la he desaparecido de mis procesos creativos. Pues los premios ni las becas ni el reconocimiento hacen al escritor. Al escritor lo hace la vida, los seres humanos, la calle, las ganas que te despiertan a diario de hacer historias. Y mientras vivamos, aunque los recibos y las deudas se acumulen, podemos hacer literatura. Las mejores obras se hacen en momentos de crisis y también en grandes momentos de felicidad. Aunque tenga esa beca durante un año, mis deudas seguirán y más gracias al aumento del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en la frontera que a nuestro presidente en turno se le ocurrió establecer.

Sin embargo, aun mientras escribo esto, me pregunto: ¿qué habría pasado si no hubiera obtenido este apoyo? ¿Habría hecho coraje? ¿Habría publicado en Facebook todo mi enojo contra la vida y los otros? No, la verdad habría retomado el borrador de la novela y me habría puesto a finiquitarla, pues el pacto con mi esposa fue que en diciembre debe estar terminada, porque quiero tener al menos 5 libros antes de traer un hijo al mundo y, aunque no se interese en leerlos en su momento, seguro algún día uno de esos libros estará en sus manos y lo harán sentir lo que a mí mientras los escribía.

Así que sí: nuevamente me he convertido en una puta del sistema que vive de los premios y de las becas. Eso, justo eso, me ayudó escribir lo siguiente hace un par de años en uno de mis cuentos de Rojo semidesierto:    

"Somos una generación que vivió la entrada de La Compañía, el sonido de sus balas en el fuego cruzado entre sus pistoleros y los federales. Somos una generación que vivió el negro olor a pólvora nublando la ciudad, sucesos que pudren lo que apenas recordamos de un ser querido, un familiar o un amigo. A todos nos alcanzó una persecución, un secuestro, un asalto, la llama de un edificio ardiendo. Por eso detestamos vivir aquí, por eso huimos como si lo hiciéramos de nuestra sombra. Y como no pertenecemos a familias que se les escape el dinero de las manos, prostituimos nuestras mentes a cambio de becas que nos saquen, a cambio de cortas estancias que nos hagan olvidar intermitentemente el lugar donde nacimos".  


Anexo la carta que envió desde Nueva York Álvaro Enrigue a Mario Bellatin y Eduardo Antonio Parra. En ella se lee la solución final del dictamen. Dentro de poco, en otra entrada, subiré mi proyecto al bUNKER, pues me gustaría que los lectores conozcan lo que se apoyó y lo que estoy escribiendo.




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