lunes, 7 de julio de 2014

Escribir sobre la memoria y la violencia




Mientras muchos de los escritores nacidos durante la década del ochenta centran sus objetivos literarios en escribir libros que puedan ser premiados en concursos, becables por el Estado y sus fondos editoriales, Anatomía de la memoria  (Barcelona, Editorial Candaya, 2014) es una novela que revela una vocación literaria que tiene precedentes en autores que han escrito libros como Cien años de soledad, Ulises o Infinite jest. Aspira a la obra total, donde no sólo se funde imaginación y talento, sino otros conocimientos que no discrepan para nada con la literatura y su creación. Se trata de una novela sobre la memoria como sinónimo de Historia. Una novela que indaga sobre quiénes y cómo la construyen, sin ignorar que la memoria es tramposa: recordamos lo que nos conforma y traicionamos lo que nos incordia.

Las más de quinientas páginas de Anatomía… (que en su forma bien podría ser un universo narrativo compuesto por cinco novelas sobre un tema) están contadas con una voz que jamás se derrumba, que alcanza el cenit de las luminosidades poéticas (tanto por las continuas y preciosas reflexiones sobre cómo se construye la memoria de un movimiento estudiantil y con ello la historia de una región, y por el cúmulo de citas literarias que disertan sobre la escritura), como si de una gran novela estructurada en versos se tratara: oraciones cortas y bien calibradas que se inclinan a interrogar el porqué de la formación y extinción de los Enfermos, un grupo de estudiantes que buscaba un nuevo orden en el Norte de México durante la década del setenta, porque México es, como en la actualidad, un país enredado por engaños.

Eduardo Ruiz Sosa nació en Culiacán, Sinaloa, en 1983. Lleva viviendo alrededor de diez años en Barcelona, España. Junto a otros escritores coordina la revista digital www.lajuntadecarter.com. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo con el libro La voluntad de marcharse (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008). Textos suyos han aparecido en las antologías: A fin de cuentos, Las Emergencias, doce cuentos iberoamericanos (Candaya 2013). En 2012 fue ganador de la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens, lo que le permitió estudiar el máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y dedicarse durante un año a escribir Anatomía de la memoria

Con esta novela, Ruiz Sosa demuestra que los buenos libros se construyen con paciencia y vocación. Nos hace comprender que la búsqueda de escribir grandes obras, obras que aspiran a la totalidad, tanto en nivel estético, estilístico y de imaginario, aún sigue vigente y en manos de creadores jóvenes. En esta entrevista, el autor nos ofrece una muestra de su poética, imaginario y preocupaciones literarias. Y nos habla de cómo se fue gestando y concluyó Anatomía...


Joel Flores: Me gustaría que comenzaras hablándonos de tu acercamiento a la literatura y tu formación.

Eduardo Ruiz Sosa: El curso de mis lecturas iniciales es muy parecido al de la mayor parte de los lectores: empezar de niño con los libros que hay en casa, ir yendo de un lado a otro entre géneros diversos sin mucho orden y, luego, en un momento, una cierta guía aparece para ofrecer, como dice una canción, orden y aventura: yo pasé de leer Mafalda, John Grisham, y libros de ciencia, especialmente astronomía, a leer, gracias a un círculo de lectura que coordinaba Martín Amaral, un gran lector, a Borges, Lugones, Cortázar, Quiroga, Arreola, y ahí, ciertamente, fue donde mi forma de leer y entender la lectura cambió drásticamente. Fue el propio Martín quien me encaminó al taller de escritura de Élmer Mendoza, luego de leer mis primeros textos. Ahí aprendí técnica, paciencia, hábitos, y fui descubriendo a otros autores que ahora son fundamentales para mí, como Antonio Lobo Antunes, por ejemplo. Aquella experiencia perfiló de manera especial mi forma de enfrentarme a la escritura. Después de eso, y gracias al propio Élmer, conocí a otros dos escritores que yo considero también como mis maestros: David Toscana y César López Cuadras. Con ellos trabajé en algunos cuantos talleres, y sus consejos sigo teniéndolos en mente.   

JF: Anatomía de la memoria se escribió bajo el apoyo de la beca Han Nefkens, en colaboración con la Universidad Pompeu Fabra, ¿los masters o universidades que ofertan programas de escritura creativa en realidad hacen a los escritores o los escritores se hacen solos?

ERS: Creer que la escuela, los cursos o las instituciones «hacen» a quienes se acercan a ellas para obtener algún tipo de conocimiento es pensar en el conocimiento mismo como en un proceso en el cual uno alimenta a otro. Pensar, sin embargo, que no «hacen» nada, es también una forma unilateral de ver la construcción del conocimiento. He escuchado muchos comentarios, y muy variados, sobre este asunto. Creo que hay una especie de aura mítica sobre la idea de lo que un escritor es o debe ser, y que en cierta medida conduce a esa forma romántica del ser tocado por las musas o dotado de una cierta sensibilidad rebelde y agreste que, si se educa, se pierde. Sin embargo eso no se piensa, por ejemplo, en el teatro, en la música, en la danza, o en cualquier otra disciplina artística. La escritura es un arte, eso no debe olvidarse. Y todo arte conlleva una artesanía, un «saber hacer». Nunca he escuchado que alguien se cuestione sobre si debe ir a un conservatorio de música o no, ni que los músicos critiquen a los conservatorios y a quienes asisten a ellos para formarse. Al contrario. Se entiende que hay una técnica, una serie de prácticas formales que son semejantes para todos y cuyo uso permite comprender, por ejemplo, el funcionamiento mecánico de un instrumento. Esto, insisto, en la música o en la danza no se cuestiona: se estudia, se va a una escuela, una universidad o una academia. Sin embargo parece que en la escritura eso tiene una cierta objeción de conciencia. Yo me formé en talleres con diversos escritores, aprendí ahí la mecánica del oficio de la escritura, y he sido profesor en talleres desde hace tiempo: no tengo la menor duda de que se aprende a escribir como se aprende a tocar la guitarra. Esto, sobre todo, en cuanto a los talleres y los cursos más o menos abiertos a todo el público. Ahora bien, en un máster no se le enseña a uno a escribir: si uno llega a un máster debe ir con un bagaje personal lo suficientemente robusto como para plantearse una interacción entre lo que ya sabe y lo que saben otros. Y eso vale para cualquier máster, sea de matemáticas, de filosofía o de escritura creativa. Pensar que uno puede entrar en un máster de escritura creativa en blanco y que saldrá siendo un escritor, sea lo que se entienda por eso, es pura inocencia. Es como pensar que un año de clases de guitarra lo va a convertir a uno en Paco de Lucía. Y no es así. Parece que con la escritura hay dos formas: una marca de nacimiento y una fórmula milagrosa. Y la una no tolera a la otra. Sin embargo la escritura es trabajo arduo, constante: pasar mucho tiempo a la sombra leyendo, escribiendo y reescribiendo hasta que algún párrafo, alguna línea, una página entera tiene lo que uno quiere o necesita. Creo que los talleres ayudan a comenzar y que un máster puede darle a uno el tiempo, la excusa y el ambiente propicios para dedicarse a escribir casi de tiempo completo. Pero en ninguno de los dos casos hay una fórmula milagrosa. También es demasiado absurdo pensar que todas las personas que acuden a un taller de escritura o a un máster de creación pretenden «ser escritores»; es decir: si yo estudio un poco de música y aprendo a tocar la guitarra medianamente no es para convertirme en guitarrista, sino porque lo encuentro entretenido, atractivo, estimulante. Así le pasará, sindudamente, a muchas personas con la escritura. En resumen: talleres y másters no son fábricas de escritores, sino lugares que pueden ser propicios para una determinada formación y una determinada convivencia. Tampoco la universidad fabrica ingenieros o médicos: hay una conjunción entre teoría y práctica y, según el área específica, la práctica puede no ocurrir nunca en la escuela, y si ocurre ahí no se parecerá a la de la vida real. Ciertamente puede formarse un escritor sin asistir a talleres y másters, no hay duda: solamente tiene que hacer lo mismo que hace el que sí asiste: leer mucho, escribir mucho, corregir y corregir y ver el mundo que lo rodea porque es ahí donde están las cosas de las que debe hablar, y eso, el centro de la escritura, el corazón de lo que se dice, eso sí que no se puede enseñar: uno lo va aprendiendo poco a poco con los años. Pero no debe confundirse la técnica y la artesanía con la materia que se moldeará mediante esa técnica.


JF: Tu primer libro salió en 2008, desde entonces no hubo rastro de ti. ¿Centraste de 2008 a 2013 y todos tus esfuerzos en escribir una novela con ambiciones enormes como Anatomía…? ¿Cómo fue el salto de escribir cuento a novela?, ¿cómo fue el proceso de creación de esta obra?

ERS: El hecho de que publicara primero un libro de cuentos no quiere decir que primero escribí cuentos y luego me atreví con la novela. Se habla mucho de que el cuento es un género de aprendizaje o de paso, y creo que eso es un error. Antes del libro de cuentos había escrito ya dos novelas que acabaron, menos mal, en la basura; y había escrito también un par de libros de cuentos, y algunos poemas, incluso. La escritura, a mi ver, no tiene restricciones a partir del género. En este sentido, no di un salto del cuento a la novela: mientras escribía una de esas dos novelas, que ya no existen, empecé los cuentos de La voluntad de marcharse, y alternaba ambas cosas. Creo que así lo he hecho casi siempre. El último borrador de ese libro de cuentos lo terminé durante el primer año de estancia en Barcelona, 2006-2007. Después de eso me dediqué, más o menos a partes iguales, al doctorado y a la lectura. Fue más o menos también en 2007 que comencé otro proyecto, en aquél tiempo sin forma precisa, que se fue convirtiendo en un largo libro, una especie de novela. Y digo especie porque aún no está terminado. De ese proyecto, cuya línea central es la memoria, manan muchos de los personajes de Anatomía de la memoria, y fue así como empecé, ya alrededor del 2010 o 2011, a dibujar el perfil de lo que sería esta novela. Surgió un poco como el libro de cuentos: las historias fueron apareciendo, y lo único que había de fondo, y que sin eso no habría podido escribir ni una página, era una cierta noción temática, por decirlo de alguna manera: la intención de escribir sobre la memoria y, principalmente, sobre la memoria del dolor. Escribí un par de versiones breves, muy distintas en todo a la última versión, ya publicada, y poco a poco fui encontrando el sentido que buscaba. Dejé en descanso aquél otro largo proyecto y preparé todo para escribir Anatomía de la memoria. Justo había terminado el doctorado cuando salió el fallo de la Beca Han Nefkens y entonces dediqué, íntegramente, los 18 meses de duración de la beca a la escritura del libro. Escribía casi todos los días, unas ocho horas diarias. Finalmente entregué el libro a Olga y Paco, los editores de Candaya, el 31 de diciembre a las once y media de la noche. En el camino hice el máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y seguí con el curso de escritura que impartía en una librería en Cerdanyola, donde vivo desde hace unos años. Mi intención era la de hacer un libro con un pulso poético muy marcado, donde pudiera abordar, desde la mayor cantidad de perspectivas posibles, la memoria y el olvido, y donde los personajes que salieron de aquél otro proyecto tuvieran un lugar propio. Quería hablar de la violencia, de la escritura y de tantas cosas que al final el resultado fueron casi 600 páginas.  

JF: Anatomía… enuncia un país hundido y un grupo de estudiante que buscan instaurar un nuevo orden nacional en los años setenta. Pero también es un tratado en verso sobre la escritura de la memoria y las disecciones del recuerdo. ¿Es deber del escritor enunciar y evidenciar con su literatura los conflictos que aquejan a México?, ¿el escritor debe hablar de la violencia que le tocó vivir aunque esté lejos y vea esos conflictos desde afuera del país?

ERS: No sé si es posible decir que hay «un deber» para los escritores. Sé que yo tenía que escribir sobre ello, que mi intención era la de preservar no el hecho histórico en sí, hablando particularmente del caso de los Enfermos, sino una cierta emoción que creo que debe permanecer en nosotros luego de que nos acercamos al estudio de la historia o a las noticias del presente. Cada quien escribe de lo que quiere y de lo que puede, de lo que ve y de lo que sabe. En cierta medida creo que también hay que tratar de escribir sobre lo que no se sabe, sobre lo que uno no sabe, porque es mediante la escritura que puede uno aproximarse a un esbozo de explicación. Estar lejos me ha permitido ver las cosas desde otra perspectiva, comprenderlas de una manera distinta que no es el mero recurso pintoresco de un contexto. Pero estar lejos es estar dentro de la distancia de una manera especial: uno se va, pero se queda la familia, los amigos, y esa violencia lo va siguiendo a uno sin descanso. No se puede huir de la violencia, o yo no puedo hacerlo, y quizás esto, más que por la escritura, se debe a razones muy personales. Cuando empecé a escribir, y eso puede verse aún en el libro de cuentos, me interesaba ver, imaginar, contar, cosas lejanas: pensaba en otros países, en otras historias. Cuando vine a vivir acá fue que empecé a escribir sobre México, sobre Culiacán, sobre mi familia. No creo que sea un proceso que todas las personas requieran, el del desplazamiento y la distancia, pero yo encontré que a mí me hacía falta. Mi forma de entender la escritura tiene que ver con esa distancia, con la aprehensión de esa distancia.  


JF: Ciertos narradores consideran a la poesía un arte menor. Pero tu novela bien podría leerse como un poema largo: hay pasajes donde la prosa se inclina en crear una serie de imágenes que en conjunto crean una narración y a la vez musicalidad. ¿Leer poesía ayuda a afilar las armas narrativas y a aprender a fundir el discurso narrativo con el poético?  

ERS: No creo que haya, en esencia, una rotunda diferencia entre eso que habitualmente se distingue como lo narrativo y lo poético. Toda escritura que pretenda ahondar en las emociones humanas necesita del fenómeno poético para alcanzar una cierta cercanía con las cosas. Considerar que la poesía es un arte menor me parece más bien triste. Y tampoco creo que la poesía sea una herramienta para los narradores: «la poesía es», y poco más puede decirse. Quizás sea el mecanismo más preciso del que disponemos para acercarnos a los fenómenos del sentir y el pensar. Habría que leer a Juarroz. Y a Edmond Jabes. Habría que recordar que Nietzsche, Heidegger, Sloterdijk, y tantos otros filósofos han dedicado páginas numerosas a hablar sobre la poesía y a hablar del ser humano a partir de la poesía. Para mí, la única forma posible que encontré para tratar la memoria estaba ahí, en la palabra poética, en una manera del decir y en una noción de hondura que la narración, por sí sola, no alcanza. Por eso decía antes que mi intención al escribir Anatomía de la memoria era la de preservar la emoción que queda después de los hechos, y no los hechos en sí. Creo que habría que preguntarse qué diferencia hay entre un libro de historia bien escrito y una novela sin hondura poética: quizás es una diferencia muy escasa. Mediante la palabra poética es que se puede aproximar la escritura, como dice Rafael Cadenas, al misterio; y ese misterio no es otra cosa que lo incomprensible de lo humano.

JF: Diré una palabra y tú me contestas, sucintamente, lo que se te viene primero a la mente.

México: Herida, distancia y distanciamiento, cercanía de lo lejano.
Memoria: Lo que uno mismo es en los otros y con los otros.
Novela: Carta larga para los más queridos.
Culiacán: Necesidad de un futuro distinto.
Literatura: Conversación y esperanza.
España: Otra herida. Y agregaré: Catalunya, Barcelona, Cerdanyola: Casa y distancia.

JF: El Estado y sus programas de fomento y promoción de la cultura han ido llevando al escritor a buscar que su trabajo se solvente gracias a becas y premios literarios. ¿Qué opinión tienes de los premios?, ¿en verdad motivan a los autores a crear obras de calidad? 

ERS: Creo que si uno se toma la escritura como un trabajo a remunerar, como algo que debe premiarse por el hecho de ser cultura, se equivoca. Es curioso que en el caso de la formación de escritores haya debates y, en muchos casos, dudas y críticas sobre los talleres, cursos y másters, pero en torno a los premios literarios y las becas no haya las mismas consideraciones. Una vez escuché a alguien preguntar ¿cuántos escritores quedarían en México si desaparecieran todas las becas y los premios? Para mí, tanto las becas como los premios, son herramientas para lograr la publicación y, a veces, la subsistencia económica por un tiempo muy específico. Nada más. Pero esa subsistencia y esas publicaciones estarían ceñidas, así lo veo, a una cierta edad o a una cierta etapa de la vida de un escritor, quiero decir que principalmente a la juventud o a los inicios, que es cuando más cuesta mostrar el trabajo y hacerlo circular, al menos así parece en apariencia. Aunque estos dos años, gracias a la beca Han Nefkens, he vivido de la escritura, sé que es algo que no va a pasar el resto de mi vida: no porque no sea cómodo, sino porque no quiero encerrarme en la escritura como si ello fuera una especie de altar. Viviré de mi trabajo como profesor universitario, para eso he estudiado tantos años, y le dedicaré a la escritura todo el tiempo que tenga disponible. En este sentido, becas y premios deberían ser, creo, estímulos, y poco más. O así es como yo quiero verlos. No contemplo vivir de la escritura, eso es una especie de usufructo, pienso en vivir con la escritura. La motivación de un escritor no puede estar en el premio, ahí hay, me parece, algo hueco. Mi motivación cuando solicité la beca Han Nefkens era la de dedicarme por completo al libro porque el libro ya palpitaba y yo necesitaba escribirlo, era una oportunidad, no un reconocimiento, un medio, no un fin: había pasado seis años dedicando buena parte de mi tiempo a la historia de la ciencia, que es lo que estudié acá, y la beca ofrecía la posibilidad de hacer lo mismo con el libro, por eso es que la solicité. Pero el libro, sin beca, lo habría escrito en algún otro momento. Con más lentitud, seguramente, y sin el inmenso apoyo de quienes están relacionados con el proyecto de la fundación Han Nefkens: el propio Han, que es un individuo excepcional; los profesores del máster de la Pompeu, con su atención y su consejo; y Olga y Paco, de la Editorial Candaya, que dedican su tiempo a un proyecto editorial que ya tiene diez años de edad y que es una apuesta vital por la literatura. Creo, en resumen, que más que pensar en los premios o en las becas o la idea de obras de calidad literaria, habría que pensar en qué es lo que pretende uno alcanzar cuando escribe, qué cosas busca, qué alegría o qué dolor hay en el fondo de la escritura, con qué honestidad se atreve uno al momento de escribir. Creo que el apoyo a la cultura es siempre necesario, y que es responsabilidad de cada uno darle el mejor uso posible.  


JF: Lejos de casa, ¿sueles estar al pendiente de tus contemporáneos escritores tanto españoles como mexicanos, sueles leer a los escritores nacidos durante la década del ochenta, conoces sus trabajos?, ¿o prefieres leer a los clásicos porque son ellos quienes nutren más tu literatura?

ERS: No hago distinción ni entre las edades ni entre las procedencias de los autores que leo. No pienso específicamente en estar al día en cuanto a lecturas. Nunca se puede estar al día porque no hemos leído todo lo que ya se escribió en el pasado. En ese sentido no tengo una preferencia especial: un libro es bueno o malo, y el resto da un poco lo mismo. Claro que voy viendo, de tanto en tanto, lo que hacen los amigos, los conocidos, pero no estoy a la caza de las novedades. A veces uno «descubre» a un autor desconocido que murió hace cuarenta años. A veces «descubre» a otro que tiene la misma edad que uno mismo. Si ambos escriben con intensidad y honestidad no hace falta poner etiquetas generacionales: hablan de lo mismo: lo que nunca nos ha quedado claro y que sigue haciendo necesaria a la escritura: la esencia del sentir y el pensar, las motivaciones, los sufrimientos y los gozos. El contexto puede cambiar, ciertamente, pero el ser humano no ha cambiado tanto en muchísimo tiempo, al menos no tanto como ha cambiado su contexto. De ahí que sigamos leyendo a Dante, a Danilo Kis o a Rulfo; y de ahí que se siga escribiendo: constantemente necesitamos recordarnos todo lo que somos y lo que nos ha pasado. Quizás lo que más procuro conocer, en cuanto a novedades, está en la poesía: trato de enterarme y conocer libros más o menos recientes, no porque me hablen desde una cercanía mayor, sino porque es más complicado enterarse de la existencia de un nuevo libro de poesía que de una nueva novela.

JF: ¿En qué proyecto estás trabajando actualmente? ¿Podrías darnos por menores de su trama?

ERS: Ahora mismo estoy acabando una tesis para un doctorado en Filología Española. Tengo un libro de crónicas, emanado también de aquél otro proyecto largo del que parte Anatomía de la memoria, que corregiré dentro de poco, y estoy escribiendo poesía. No sé si me dará para un libro, pero por ahora eso es lo que más me ocupa. Quiero volver a aquél otro libro que descansa desde hace un par de años y seguir con él, pero es un proyecto que me tomará unos años más: hace casi siete años que estoy trabajando en ello y seguramente me tomará otros años más, no sé cuánto. No tengo prisa, no creo que haga falta publicar un libro al año ni mucho menos. Quizás ese libro de crónicas, que escribí hace un par de años, se publique pronto, pero tampoco eso lo sé. Escribo todos los días, pero no siempre escribo en torno a un proyecto determinado. Tengo paciencia, y aún hay un buen número de lecturas que me hacen falta para enfrentarme a la última etapa de esos proyectos. 



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