Algunos escritores de la tradición literaria mexicana nos han enseñado que escribir un libro de cuentos como opera prima, es el sano proceso que se debe elegir para perfeccionar las armas narrativas. Antes de incursar a la novela, Juan García Ponce y Parménides García Saldaña hicieron libro de cuentos, y con ello nos enseñan aún en día que acudir a este género es arrojarse por entero aprender qué temas se quieren narrar, bajo qué modo y qué voz, sin dejar de lado que una poderosa tradición, no sólo nacional, nos precede. Javier Caravantes entiende bien esto y en su libro Despertar con alacranes (Fondo Editorial Tierra Adentro 2012) hallamos a un cuentista que anda descubriendo su voz narrativa y los rudimentos que mejor se integrarán a su estilo.
En un
libro conformado por 12 piezas, Caravantes (Atlixto, Puebla, 1985) recurre a
temas juveniles latentes en México y de Honduras: la migración del Sur a San
Cristóbal, la vocación religiosa que nos han extirpado los feligreses de hueso
colorado y los sacerdotes pederastas, el acoso escolar en las instituciones
privadas, la amistad como un recurso que ha perdido brío en las nuevas
generaciones, los padres que abandonan a sus hijos porque creen que crecer es
sinónimo de independencia y el desempleo en un país en el que no se sabe contra
qué y por qué se compite. Sus personajes son adolescentes y jóvenes que se
enfrentan al proceso de crecer, y aprenden, con los golpes de la vida, qué es
bueno y qué es malo.
En
esta entrevista, el autor nos ofrece su mirada personal sobre la literatura; nos
habla de su formación, cómo se hiló este libro, cómo ve la políticas
editoriales, que algunas veces retardan la publicación de los libros escritos
por jóvenes; qué entiende por instituciones culturales y su trabajo, los
compañeros escritores de viaje, tanto de generación, como los mayores, los
premios literarios y las becas en México; y aporta su postura sobre publicar en
formato electrónico, en una era en que los lectores mudan del formato físico al
digital y viceversa.
Joel Flores.- Cada que leo a un escritor nacido
durante la década del 80, suelo preguntarme ¿cómo habrá sido su formación? ¿Si
fue a una universidad, taller literario o lo está haciendo individualmente? ¿Qué
camino elegiste tú, Javier?
Javier Caravantes.- Desde
que tomé Los hijos de Sánchez de
Oscar Lewis comencé a leer, tenía trece o catorce años. Mis padres se habían divorciado.
Y mi mamá, cansada de no poder enderezarme, me mandó a casa de mi papá. Cambié
de ciudad. En la nueva escuela no hice amigos demasiado pronto; me aburría por
las tardes. Mi padre sugirió que me inscribiera en un curso de "algo".
Le dije que lo iba a pensar. Y al otro día él llegó con una ficha de banco que
colocó sobre el escritorio de mi recámara; era la inscripción a un taller
literario en la Sogem (Sociedad General de Escritores de México) de Puebla. Asistí
desconfiado, pero cuando me tocó leer frente a mis compañeros mi primer intento
de relato, supe que me iba a dedicar a la escritura. Durante algunos años seguí
yendo a talleres en Puebla, al mismo tiempo estudié la licenciatura de
Comunicación en la BUAP. Cuando terminé me fui al Distrito Federal a cursar el
diplomado de Creación literaria en la Sogem. Aún sigo leyendo avances de mis
escritos a personas de entonces en las que confío.
JF.- Hay un brillo carveriano en Despertar con alacranes, sobre todo en la prosa contenida y en la estructura
elíptica y fragmentaria de los cuentos. Pareciera que este libro se escribió
bajo la influencia de cuentistas norteamericanos, pero integrando preocupaciones
juveniles latentes en México: tus personajes empiezan a ser adultos y a
enfrentarse a las responsabilidades que conlleva crecer; creer o no en una
religión, forjarse o no un futuro, formar o no una familia y sostenerse con un
trabajo. ¿Cómo definirías el género que integra tu libro?
JC.- El enojo persistente ante
el crecer es el motor principal de mi libro. Desde niño ciertas actitudes,
situaciones, me molestaban. Y escribir era ayudaba a soportarlas. Supongo que
cada que escribo es porque lo hago en contra del lugar donde nací, contra mis
padres, los maestros que tuve y, más importante, contra el mí mismo que crece y
se convierte en otro. El encuentro con cuentistas norteamericanos, en especial
con Raymond Carver, me permitió mirar alrededor con otro filtro. Supe de qué
manera tenía que narrar mis inquietudes que con mucho trabajo se transformarían
en conflictos dramáticos que a mitad de la madrugada me harían salir de la
cama, prender la computadora y escribir. Mis lecturas han cambiado, también mis
búsquedas, pero atesoro ese momento del narrar al todo o la nada.
JF.- Toda obra tiene su historia, es decir, todo
escritor, mientras escribe un proyecto literario, vive una serie de situaciones
que lo hacen poner en la balanza si debe o no continuar ese camino o concluir
que lo que está escribiendo en verdad vale la pena. ¿Cómo se creó este libro y
cuánto tiempo te llevó? ¿Vivías en Puebla o en DF? ¿Fue complicado culminarlo?
JC.- Tardé en escribirlo tres
años. Las primeras versiones de casi todos los cuentos las terminé en Puebla.
Cuando llegué al Distrito Federal a estudiar en la Sogem, conocí a un escritor
regiomontano que se llama Antonio Ramos Revillas. Lo había leído antes, me
gustaba mucho; sentía que teníamos afinidades en común. Toño se portó muy
generoso: aceptó leer todos mis cuentos y seleccionó doce. Esos los trabajé con
él durante un año, mientras nos reuníamos una vez a la semana. Luego me propuso
publicarlos en Jus, de donde era editor. El libro parecía que saldría pronto,
pero se estancó casi por dos años. Durante ese tiempo lo seguí trabajando.
El
escritor Eduardo Parra Ramírez también me dio valiosísimas opiniones que
mejoraron el libro. Su lectura ha desarrollado posibilidades narrativas que no
alcanzaría por mí mismo. Esos meses fueron de mucha ansiedad, esas ganas de
publicar me vulneraron. Regresé a vivir a Puebla creyendo que el Despertar con alacranes ya nunca
saldría. A los pocos meses, fui invitado por burócratas del estado junto a
otros sietes escritores poblanos a un congreso de narradores organizado por el FETA
(Fondo Editorial Tierra Adentro). Me tocó leer un cuento en una mesa organizada
en el Tec de Monterrey, donde también participaban Paul Medrano, Fernanda
Melchor y Javier Raya. Entre el público estaba la anterior directora de FETA,
Mónica Nepote. Leí mi cuento "San Cristóbal" y a Mónica le interesó el
libro. Esa misma noche se lo envié y fue publicado a los seis meses.
JF.- Quiero rescatar algo que me hizo diferenciar Despertar con alacranes de los otros libros escritos por tus contemporáneos:
en tus cuentos se asoma la creencia en el amor, la amistad y la esperanza, como
un tablón de salvación. Sabemos que hemos hecho mal, sabemos que estamos mal,
sabemos que algo hizo que estemos mal, pero seguro cambiará nuestra situación.
JC.-En una nota que escribió
Antonio Ortuño sobre sus lecturas del 2012 también observa esa característica,
apunta que los cuentos poseen:
"una exploración ética que poco tiene que ver con la de la mayoría de los
contemporáneos del autor". Creo se debe a que todavía mis personajes se
debaten entre el bien y el mal. Soy cursí. Cuestionar los procedimientos me ha
interesado más que cualquier otra cosa. También explorar cómo es que un
personaje vive determinadas situaciones que lo transforman en otro.
JF.-Hay quienes dicen que es más complicado publicar
un libro, que escribirlo. Pues las políticas editoriales son centralistas y
preferencialitas. Otros que las editoriales cada vez están más abiertas a
propuestas jóvenes. ¿Qué fue más complicado para ti: escribir Despertar con alacranes o publicarlo?
JC.- Ambas son igualmente difíciles: participar
en el circuito editorial puede ser agotador. Tienes que sortear muchos
obstáculos que a veces ni siquiera tienen que ver con la calidad de la obra,
sino con torear burócratas que cunden las instituciones públicas. La corrupción
ha encontrado tipos que la ejercen con completo cinismo en estos lugares. A
pesar de todo, confío en que la buena literatura siempre saldrá a flote ante
los nebulosos mecanismos que contaminan las prácticas editoriales. Es común
encontrarse a "editores" que utilizan instituciones públicas o
privadas como trampolín para justificar sus mediocres carreras literarias.
JF.- Cambiemos de dinámica: lanzaré una palabra y tú
me respondes los primero que se te venga a la mente.
México: Corrupción
Cuento:
Riesgo
Puebla:
Casa
Realismo:
Batalla
Amistad:
Principios
Escritura:
Lo único
JF.- México tiene una copiosa lista de premios y
apoyos económicos para los escritores jóvenes y no tan jóvenes. Ello impulsa a
los creadores no sólo a escribir buenas obras, sino a competir con los otros
que escriben. ¿Qué opinas de los premios literarios y las becas? ¿En realidad
los ganan los que lo merecen? ¿En realidad ayudan a la formación del escritor?
JC.- Me gustaría que nuestra
industria editorial tuviera las suficiente fortaleza como para que los
escritores sobrevivieran sin necesidad de dádivas de las instituciones. Lamentablemente
las políticas culturales que nos hacen padecer privilegian una industria
elitista, en la que el estado ofrece recompensas por dedicarte a una actividad
que ellos creen estimulan, pero que carece de penetración en la gran mayoría de
los estratos sociales. Quisiera presenciar políticas que de verdad acerquen la
lectura a la población y no sean meros ejercicios de simulación. También creo
que debemos implementar mecanismo donde logremos dedicarnos a los que más nos
gusta como una forma de resistencia. Hace poco leí los ensayos de Vivian
Abenshushan, Escritos para desocupados,
que propone algo parecido y habla sobre el hastío que engendra no hallar el camino
cuando se escribe.
JF.- Con los avances de la Web 2.0 es más fácil
publicar, gracias al soporte digital, y llegar a los lectores. ¿Has pensado
publicar alguno de tus libros en formato e-book o prefieres los formatos tradicionales?
JC. Busco lectores: el
formato donde me encuentren no es una preocupación. Que las editoriales o
cualquier persona se acerquen a buscar tu trabajo siempre será maravilloso.
Disfruto leer e-book porque me acerca
a obras que de otra manera me serían inalcanzables. Aunque, no lo voy a negar,
sigo prefiriendo sostener un libro entre mis manos.
JF.-Tres discursos se abren cada que pregunto a los
escritores nacidos durante la década del ochenta si leen a sus contemporáneos: que
no se leen entre sí, sino que se vigilan; que se leen entre sí y hay un lazo
amistoso, mas no crítico; y que prefieren leer a los clásicos porque es muy
pronto para considerar que lo nuevo tenga voz propia. ¿Qué opinas tú sobre
esto: lees a los escritores de tu generación o prefieres formarte con aquellos
que nos anteceden?
JC.-Leo a escritores jóvenes.
Recientemente publicados me gustó Dodo,
de Karen Villeda y Kant y los
extraterrestres, de Juan Pablo Anaya. Gracias a internet, una considerable
parte del tiempo la paso buscando relatos. Los que me gustan los edito en el
suplemento Cubo de Rubik del
periódico Lado B y en la revista Crítica
de la BUAP. Tengo algunos amigos que les gusta escribir de más o menos mi edad con
lo que comparto opiniones, gustos y con los que además me permito ser crítico.
Aunque mi principal fuente de lectura suelen ser escritores de obra sostenida,
me alcanza el tiempo para leer a jóvenes, lo disfruto.
JF.- Haciendo un ejercicio de reflexión, ¿qué
historias crees que deberían escribir los escritores nacidos durante la década
del ochenta en sus libros?
JC.- No sé, creo que cada
quien tiene sus búsquedas personales. Y entre más singulares, más atractivas
serán. Sólo con el paso del tiempo sabremos qué tanta correspondencia tienen
entre sí las obras de escritores nacidos durante la década de los ochenta.
JF.- ¿En qué proyecto te encuentras trabajando
actualmente, es otro libro de cuentos o novela?
En
una novela corta que planeo terminar en un par de meses. Ya tengo un par de
propuestas editoriales, espero que pronto ya esté entre nosotros.
La entrevista también puede leerse aquí.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario