lunes, 14 de octubre de 2013



Pertenecer o no a una generación es uno de los temas de menos interés entre los escritores. En la mayoría de los casos es la crítica, los periodistas o los académicos quienes hacen esos cortes generacionales agrupando a una serie de autores que coinciden en año de nacimiento, región o fecha de publicación de sus libros. De esa manera se distinguen tendencias en cuanto a forma, estructuras o temas de interés.
¿Cuál es el riesgo de precipitar opiniones en cuanto a autores jóvenes que están en la frontera de los treinta años?, ¿qué pueden decir estos escritores acerca de sus contemporáneos?, ¿se leerán entre sí?, ¿distinguirán posibles aportes de su generación?
La casa de Viena toma ese riesgo y entrevista a una serie de escritores mexicanos (Javier Caravantes, Carlos Iván Córdova, Edgar Omar Avilés)  nacidos en la década de 1980 para hablar sobre sus primeros libros y la manera en que visualizan a su generación.
Joel Flores nació en 1984 en Zacatecas. Ha obtenido las becas FONCA y FECAZ en las emisiones 2004-2005, 2007-2008 y 2009-2010, en la categoría Jóvenes Creadores. En 2008-2009 disfrutó de una residencia en España patrocinado por la Fundación Antonio Gala. Su libro El amor nos dio cocodrilos (cuento) ha sido publicado por Vozed, editorial digital. Y con Rojo semidesierto (cuento) fue galardonado con el Certamen Internacional de Literatura Sor Juan Inés de la Cruz 2012. Actualmente vive en Tijuana, Baja California.

Josué Barrera: ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes en relación con la literatura?, ¿cómo te acercas a ella?

Joel Flores: Tuve la suerte de encontrar, en mi estadía en la preparatoria, un taller literario cuyo coordinador perteneció a la escuela de escritores oriundos de distintos estados que formó el ecuatoriano Donoso Pareja en la década de los ochentas, en San Luis Potosí. Me refiero al novelista Javier Báez, un escritor que en sesiones y en su obra apostaba por la trama como artificio y la sonoridad de las palabras como la musicalidad del discurso, una mirada formalista, sklovskiana, de ver la narrativa. Duré poco tiempo en ese taller, un año y medio o menos; lo suficiente para que decidiera explorar el género cuento y emprender mi carrera como escritor, que entonces no sabía cuál sería su futuro. Recordar esa etapa significa pensar en La onda, El boom, Roland Barthes, Generación de Medio Siglo, Amparo Dávila, Francisco Tario.

            Luego vino el año de creación literaria patrocinado por el Fondo Nacional para Jóvenes Creadores, en el 2006-2007, en la categoría cuento. Allí conocí a otro potosino, a David Ojeda, quien compartió con otros cinco becarios y yo su forma de ver la literatura y la vida (que en el fondo viene siendo lo mismo), pero sobre todo su manera de ver el cuento, desde su estructura y las formas de empezarlo y darle fin. En aquellas pláticas con sabor a mezcal y cerveza, en ciudades como San Luis Potosí y Guanajuato, descubrí que el oficio del cuentista es, quizá, el más complicado y difícil de llevar. Pues la pura estructura de ese género demanda el dominio de las palabras, su uso exacto, no decir el mundo, sino sugerirlo. El artificio está en saber urdir una trama como si se estuviera preparando una celada, más no dejar a la suerte un buen cierre, es decir, un final que en lugar de que revele algo al lector lo invite a que inaugure más interrogantes conforme interpreta los acontecimientos diseminados en la historia. Ojeda es uno de los pocos que quedan de esa generación que formó en gran medida a escritores jóvenes gracias a los talleres literarios. Un maestro. Alguien que ha dejado una herencia a quienes tuvimos la suerte de trabajar con él.

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