lunes, 16 de septiembre de 2013

Los que esperan




Les habían ordenado matarlo en la esquina de la 5 y 10 y ya tenían más de 20 minutos esperándolo. El patrón había sido determinante con ellos: no se larguen del lugar hasta que se lo tuerzan. Pero ya era mucho esperarlo y ni sus luces de que fuera a aparecer. Sus contactos dijeron que manejaba una camioneta blanca sin polarizar para no levantar sospechas y que no andaba con escoltas.
Se habían estacionado debajo del puente, cerca de la Farmacia del Ahorro y la parada de autobuses. Francisco andaba como ido y el 34, quien conducía el carro, no paraba de decir ponte trucha, Chillo, que no te agarren tragando camote. Aunque quien viniera no fuera la camioneta, sino una moto o un grupo de chiquillos en su patines del diablo.
En cuanto la camioneta se emparejara a ellos, Francisco apuntaría por la ventana y comenzaría a dispararle. Si logro una muerte limpia con éste, seguro el patrón me subirá de puesto, se decía. Pero a la vez no dejaba de pensar en lo que le había dicho Mariana: estoy embarazada. ¿Qué hacemos?
Miró la farmacia y pensó en salir del carro. En esto no es bueno tener familia, hasta en las películas de mafia lo dicen. Por eso abandonó a sus padres sin decirles bien porqué y se marchó al entrar a La Compañía. La decisión la había tomado de un día para otro. Metió en su mochila lo indispensable y le pidió a su padre que lo llevara a la central camionera.
“¿y si acataste bien las indicaciones del patrón?”, le preguntó el 34.
“me las memoricé en los entrenamientos”
Francisco volvió sus ojos a la farmacia y creyó que responderle a Mariana de acuerdo, tengamos al bebé, iba a devolverlo a donde sus papás y hacerlo cargar de nuevo reses desolladas en el matadero de aquel pinche pueblo, robar estéreos de carros viejos, brincarse a casas de gente que ni siquiera tenía para ellos y asaltar en cualquier esquina a quien se dejara.
Apenas me estoy haciendo de prestigio en La Compañía como para mandar todo a la mierda, se repetía. Y no dejaba de pensar que si seguía así ganaría el respeto del patrón. No por nada lo recomendaban: el Chillo es bien hecho. Si quieres que sea una chamba rápida, dásela a él, no se anda con dobleces. Ya antes había hecho una perfecta ejecución en los ejidos de Mexicali y esta vez planeaba ser más limpio.

"Los que esperan" forma parte del libro Rojo semidesierto. Continuar leyendo en Áruea, revista de artes, [pág. 26].

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