lunes, 11 de marzo de 2013

Raza de víctimas, de Édgar Adrián Mora Bautista



Édgar Adrián Mora Bautista (Puebla, 1976) es narrador de oficio e historiador por convicción. Ha escrito y publicado los libros Memoria del polvo (Premio María Luisa Puga de cuento 2005), Claves para entender Latinoamérica (México, Unión Radio/Lazo Latino, 2007) y El extraño caso de la definición pérdida (México/España, Vozed, 2012), entre otros libros inéditos que muy pronto, sin duda alguna, saldrán a la luz. Su más reciente obra, Raza de víctimas, es un e-book publicado por Vozed editorial digital. Reúne diez historias concatenadas por verdugos y víctimas igualados por la gloria, el amor, la felicidad y hasta la redención que algunas veces, lo crean o no, suele provocar la violencia.
Relatos ambientados en los suburbios, la morgue, una sacristía, universidades, bibliotecas incendiadas, azoteas de cualquier casa y zonas marginadas de una ciudad que bien podría ser el Distrito Federal, Raza de víctimas ofrece un narrador alineado a las filas de la mejor acidez de Jorge Ibargüengoitia y al realismo mexicano pura cepa de Enrique Serna. Sus historias rescatan los verdaderos acordes, guitarrazos estridentes de aquellos que vencen y son vencidos, pero también de aquellos que profesan el amor como si profesaran odio. Aquí no hay castigados ni verdugos. Aquí hay una raza de víctimas.
La estructura no es usual: se trata de un libro de relatos cuya columna vertebral está partida en dos. En ella convergen, ya sea por un objeto, guiño, personaje, y a veces hasta sólo por la idea de violencia, los relatos: “I am your mother”, “En qué cabeza cabe” “Gemelos” “El corazón de los condenados” y “Presionar el botón”, cuyo hilo conductor es retratar, y sobre todo reflexionar, en algunos de los temas elementales que vive no sólo nuestro país, sino también Latinoamérica.
Me refiero a los hijos autistas, sosegados y enteleridos por el Gameboy, que Mora Bautista los presenta como productos insanos de parejas que pensaron que hacer una vida en matrimonio es amar al otro renunciando a amarse a sí mismos (“I am your mother”); esos retoños siniestros, estudiantes de primaria, suelen masticar sus dudas y llevarlas al extremo, como si de comer dulces se tratara, hasta matar a un gato por mero experimento (“En qué cabeza cabe”). Pero también hay en este libro niñas que se enfrentan con la violencia visual que merodea las páginas Web, y su vida, sin duda, cambia al “Presionar el botón”. Así como hermanos (“Gemelos”) que son desunidos por los azares de la vida y los caprichos de una madre, ensimismada, peleada consigo misma, y unidos por la muerte.
La segunda parte de este libro es más humana, en el sentido de que las preocupaciones de Édgar Adrián al explorar cómo actuamos con base a la violencia se ciñen favorablemente a nuestra realidad inmediata y, posiblemente, rinden justicia aún más al título del libro. Pues su escritura se inclina no sólo por la perfección de las tramas, sino también por trastocar el mundo del lector y a remover sus fibras sensibles.
Aludo al relato “Jugar con fuego”, donde una parejita de tordos consagra su amor con sangre y saliva, golpes y sudor, lágrimas y besos, como si querer a alguien significara entregarse hasta que el cuerpo aguante. Tal como nos lo canta Andrés Calamaro: “Porque jugando con fuego/ Puede ser que te lastime/ Puede ser que sufra un poco y nos quememos los dos”. Una joya.
En esta segunda parte también leemos la historia de un corrector de estilo, cuyo crecimiento académico se ve salpicado de incidencias (caso común en las rancias universidades mexicanas) por Vaca Sagrada, su asesor de tesis. El final de este “Ajuste de cuentas” nos hace creer que el karma, aunque es tardado, existe y a veces se nos revela como una sonrisa de la vida. Un regalo.
Sin embargo, si me preguntaran qué relato me gusta más de esta segunda parte, y sobre todo de este e-book, no dudaría en responder: “Retorno a la ceniza”, una pieza narrativa que también está publicada en la antología de relato De los traumas del mundillo literario (Vozed Editorial, 2012).
El relato parte del autoexamen personal de Víctor, un profesor al que lo agotan sus fracasos (guiño que nos evoca la buena literatura de Paul Auster, como El libro de las ilusiones y hasta Moon Palace), como el amor frustrado, la pérdida de su novia Claudia por culpa de una dictadura latinoamericana, sus muertos, vejaciones militares y desaparecidos, sus formas más crueles de demostrar a los sublevados que revolución equivale a equivocación y hay que cuadrarse o ser víctima de castigos inimaginables. 
El auto sabotaje de Víctor lo lleva a esa crisis tan común en cualquier escritor que guarda sus manuscritos sin rumbo en un cajón, al no lograr ser lo que tanto buscó o deseó ser, y a sentirse inútil en su oficio como maestro y para sus alumnos, una especie de seres con futuro truncado. Esto lo motiva a prender fuego a su propia biblioteca, su patria, el camino recorrido, como si las llamas fueran la cura, la redención, de lo no hecho:
Estaba flotando en un lugar y en un tiempo en el que los sonidos habían dejado de significar. Se preguntó si era posible que Angélica no hubiera sufrido. Si acaso su padre había tenido razón al afirmar que no tendría futuro (como escritor). Pensó si sus estudiantes no eran más que unos maniquíes sin sangre en las venas (…) Nunca se preguntó si había sido un buen escritor. Era algo para lo que no había respuesta, sonrisa, lágrima o lamento. Cerró su cuarto y se arrojó sobre la cama hecha. Se dispuso a dormir.
Raza de víctimas pueden encontrarlo en Amazon o Smashword. Su formato electrónico nos sugiere que las nuevas tecnologías de la comunicación no están reñidas con la literatura, mucho menos con relatos de buena calidad, como lo son los de Édgar Adrián Mora Bautista. 
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