martes, 19 de febrero de 2013

El visitante*




Para Flor Cervantes, por supuesto.

Mateo lo encontró en el bosque. Lo trajo a casa porque se veía débil y el invierno terminaría matándolo. Nadie más iba a darle ayuda, por su aspecto y porque esta cabaña es la única en todo el lugar. Esa noche cenamos sopa y liebres asadas. El extraño comió desesperado, sin siquiera voltearnos a ver cuando lo hacía. Tenía los colmillos desencausados y abría la boca como un sapo al morder los alimentos.

Mateo le ofreció asilo y prometió llevarlo la mañana siguiente al final del camino. No era la primera vez que alguien se perdía en el bosque mientras la guerra terminaba. Durante lo que iba del mes, los ecos de los fusilamientos masivos resonaban afuera de la cabaña. La mala puntería de los milicianos hacía que algunos presos se dieran a la fuga y llegaran aquí con hambre y sed.

Me contuve a contradecir la decisión de Mateo, a pesar de que el extraño me atemorizaba. Su silencio y su mirada eran una esfera de acero que lo aislaba de su entorno.

Antes de ir a la cama, limpié la mesa para poner la fruta en el centro y las codornices, que comeríamos la mañana siguiente, entre plantas y especias para que se conservaran frescas. Mateo le pidió al extraño que le ayudara a cortar madera. Después ambos llenaron de leños la chimenea.


El bosque se vio hundido en la noche. El fuego de la chimenea comenzó a darnos calor y a alumbrar. Afuera, el viento se desató de manera rauda y su sonido se combinó con la lluvia. Las gotas golpearon con fuerza las ventanas, como si quisieran penetrar los cristales, el techo.

Continuar leyendo en La hoja de arena, revista de literatura.
*Este cuento forma parte de mi libro El amor nos dio cocodrilos, publicado por Vozed editorial digital.

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