domingo, 8 de marzo de 2009



Sobre mi padre




Soy hijo sin padre. Siempre me ha gustado esta frase para iniciar una novela. Pero nunca lo he llevado a cabo. Lo hago aquí porque no tengo una mejor manera para comenzar hablando de mi padre. Mis progenitores se divorciaron cuando yo tenía ocho años. Era chico y no logré medir el alcance y el daño que esto tendría en mi vida. A los quince años lo sufrí más, sobre todo cuando mis compañeros de escuela hablaban con cariño y fruición sobre lo que para ellos significaba tener un padre, un amigo, un confidente. Mi madre lo fue para mí. Mi madre fue más que una diosa o una salvadora. Muchos dicen que yo la veo así porque mi signo zodiacal lo dicta. Hijo nacido en la casa de cáncer bajo la luz de la luna equivale a un extremo amor por la madre.


Aunque mamá se esforzó al máximo por tenernos todo en casa siempre faltó el amigo que nos aconsejara. Crecí con la ausencia paterna. La de sangre y alma.


Cuando papá dejó la casa, Mario, que es cinco años mayor que yo, pasó a suplir su puesto. Creo que fue difícil para él porque comenzó a trabajar desde muy pequeño y se privó de tantas diversiones que sus amigos u otras personas de su edad sí llegaron a tener. Mario me compró mis primeros tenis Nike, recuerdo que fueron unos Chris Weber que poco me duraron porque los usaba para todo, para jugar basquetbol, para jugar fútbol, para ir a la escuela. No me los quitaba ni siquiera para dormir. Eran el símbolo de la preocupación de mi hermano por mí. Mario me enseñó a jugar basquetbol, a jugar Super Mario Bross, a volar papalotes en los cielos.


Los pocos recuerdos que tengo de mi padre son bruscos y me duelen al traerlos al presente. Él tuvo una educación militar. Su madre siempre fue reacia en el trato con sus hijos. Y mi padre también lo fue con nosotros. Hubo un tiempo que, después de haberse venido al precipicio la tienda de dulces que solventaba los gastos de la familia, mi padre estuvo desempleado y se pasaba como un elefante viejo el día entero en casa, sentado en el sillón frente al televisor. A nosotros, mi hermano y a mí, nos aterraba estar junto a él. ¿Por qué? Su actitud era ociosa y siempre estaba de mal humor. Soportarlo era una tarea difícil. Si hacíamos mal las labores domésticas se enojaba tanto, que terminaba dándonos una tunda. Nunca entendí qué significaba para él hacer las cosas de manera perfecta.


Hay un recuerdo que tengo bien marcado. Una mañana en la que me desperté tarde y no alcancé a llegar a clases de primaria, mi papá me puso de castigo tender todas las camas de la casa. Y cómo no lo hice bien con la primera, me hizo tenderla hasta que la cama quedó perfecta. Creo que fueron 10 veces. Después me puso a limpiar todos los muebles, a quitarle el polvo al mueble de la televisión, al trinchador, a los guardarropas. Mis fuerzas eran las de un niño de cinco años, y no podía exprimir bien la jerga con la que me puso a limpiar. Cuando lo notó, me quitó la jerga y me la exprimió en la cabeza para que aprendiera. Esa era la educación que debía tener un niño desobligado. Después de este castigo me puso a estudiar las tablas de multiplicar y hacer restas, sumas, divisiones en un pizarrón viejo y enorme, que él mismo construyó para que aprendiéramos matemáticas. Cuando yo trataba de resolver los problemas, él estaba sentado en su gran sillón de dos orejas, comiendo galletas y gelatina, viendo las caricaturas, las caricaturas que a mí tanto me gustaban. Si yo me detenía para ver qué sucedía en la tele cada que él soltaba una carcajada, se levantaba de su asiento y me jalaba de una oreja para que aprendiera a estar con los pies en la tierra. “Estar con los pies en la tierra”, esa frase era su predilecta. Por la tarde, cuando llegaba mamá cansada de su jornada de trabajo como secretaria de un licenciado gordo y mandón, no me atrevía a contarle lo de los malos tratos de papá. Si lo hacía era más que seguro que el pleito se armaría en grande. Mi papá no era de entender razones a palabras, sino a golpes, a gritos.


Hay una historia que me gusta recordar siempre que hablo de mi padre. Y es aquélla que une a mi hermano con él. Su complicidad. Antes de que se viniera abajo la tienda de dulces que teníamos, antes de que sufriéramos aquel accidente contra el tren, antes de que yo me quebrara la nariz y respirara, como lo es ahora, con dificultad, mi papá creó una connivencia maravillosa con mi hermano Mario. Siempre andaban juntos en la Nissan doble cabina que servía para surtir de dulces a las tiendas. Siempre andaban juntos, recorriendo las zonas más desiertas y menos pobladas de Zacatecas. Y a mi madre eso le encantaba. Era una manera de ver que había un amor grande entre padre e hijo, que estábamos unidos. A mí me encantaba aún más porque mi mundo se reducía a estar junto a mamá. Yo no me separaba de ella ni cuando lavaba los trastos, o cocinaba, o iba al baño. Mamá era la mujer más dulce y cariñosa que había dado el mundo, pero cuando se enojaba eso la cambiaba por completo. Yo muchas veces tenía la culpa. Solía fastidiarla con mis extremos arrumacos. Yo sólo quería tener madre para mí, madre para toda la vida. Es difícil que al querer hablar de mi padre no salga mi madre a flote. Porque mi madre fue padre. Mi madre fue mi dios.


La historia de complicidad entre mi progenitor y mi hermano es más que graciosa. Una noche, después de haber surtido dulces en su gran Nissan doble cabina en lugares desolados, papá y mi hermano llegaron más tarde de lo acostumbrado a casa. Papá llevaba a Mario en brazos. Y gritaba: “ayuda, ayuda”. Mi hermano no dejaba de quejarse y de llorar. Mamá salió alarmada de su habitación. Preguntó qué había pasado. Yo también salí, pero no pregunté nada. Y sólo me aferré a su pierna, y me quedé mirando el rostro asustado de mi padre y la cara melancólica de Mario. Papá se dijo que era un estúpido, el estúpido más grande de la tierra. Y que no tenía por qué exponer a sus hijos de esa manera. Y contó que cuando estaba estacionando la camioneta en la pendiente fuera de casa, mandó a mi hermano a que midiera el espacio donde pretendía hacerlo. Mario se puso frente a la gran Nissan doble cabina y atrás de otro vehículo. A papá se le resbaló el pie del pedal del freno y del cloth. Se le fue la camioneta al cuerpo de mi hermano. De modo que mi hermano se quedó prensado entre las defensas de ambos carros. Después de que papá terminó de platicar esto, mamá se soltó a llorar. Se puso más nerviosa. Consoló a Mario y le echó pleito a papá. “Cómo es posible”, recuerdo que le dijo, “que hayas expuesto a tu hijo”. Mi padre puso cara de idiota. Y luego la cambió a la del enfado, ese enfado que a todos nos alarmaba porque era un aviso de discusión y pleito seguro. Y se soltó a reír. La risa de mi padre era de villano. Más que causar alegría, causaba rabia. Explicó que nos estaba engañando. Mi hermano se soltó de sus brazos y comenzó a caminar como si nada hubiera pasado. Mi madre, por el contrario, no le causó risa el chistecito, mucho menos alegría. Se enojó tanto, que esa noche le pidió a papá que no durmiera con ella. Mi hermano se llevó un regañó más doloroso aún, que comenzó con estas palabras: “No soy su burla, pendejos”.


Llevo años sin ver a mi padre. No los cuento. Y no sé por qué lo estoy recordando ahora. Mamá ahora tiene otro hijo, un hijo hermoso, que yo veo como hermano, o como si fuera carne de mi carne, sangre de mi sangre, hijo mío. Se llama Diego. Diego es el hijo de la segunda pareja de mamá. Jorge, se llama. Un hombre al que yo amo como si fuera mi papá, o mi creador. Su imagen patriarcal es tan alta para mí, que se merece un espacio aparte en esta historia. Si es que esto es una historia.


Mi padre se fue a vivir a otra ciudad luego del divorcio. Mi madre nos decía que fue por miedo. Aunque en verdad fue porque no tuvo los suficientes pantalones para darnos la pensión alimenticia que necesitábamos. No lo sé, quizá este juicio son sólo palabras impulsadas por mi coraje hacia él. Porque mi padre siempre fue un hombre envidioso, individualista, un arrogante que nunca quiso mostrarnos su debilidad. Él también se juntó con otra pareja. Lo hizo primero que mamá. Y ahora tiene un hijo de la misma edad que Diego. No siento lo mismo por ese hijo que lo que siento por Diego. No lo sé. Veo a ese niño como un ser humano más que habita esta tierra, un niño lejano, que ni siquiera conozco. Supe de él la última vez que vi a mi padre. Fue hace cuatro años, o más, o menos. Papá fue a Zacatecas cuando yo aún vivía allí. Siempre que iba lo hacía para visitar a sus hermanos y a su madre. Yo me enteraba semanas después, ya fuera por casualidad o por accidente, o porque mi hermano Mario si estaba al tanto de sus visitas. Pero esa última vez que lo vi fue porque mi madre me pidió que lo hiciera. Quizá pensó que él se encontraba enfermo. No lo sé. Platicamos fuera de la casa de mi abuela. Luego caminamos al Jardín Juárez, en plena tarde de una primavera hermosa. Nunca había hecho mejor clima en Zacatecas.


Mi padre me platicó que lo habían corrido del trabajo, y que no tenía mucho dinero. No me interesó lo que me decía. Se la pasaba quejándose, como si con ello nos quisiera trasmitir que era un viejo acabado, sin dinero y sin empleo, y que por esa razón nosotros no le deberíamos de pedir ningún quinto. Yo le dije, puesto que tenía dinero guardado gracias a un trabajo como maestro que tenía por esos años, que si en verdad necesitaba dinero yo se lo podía regalar. Pero no lo aceptó. Nuestra plática no duró mucho. Él tenía que tomar su camión por la noche y no había hecho su maleta. Yo no tenía que hacer nada durante ese día, y me ofrecí a ayudarle a empacar sus cosas. No quiso.


Al día siguiente me quedé de ver con un amigo de la facultad de filosofía, quedamos en el centro de la ciudad para comer. Luego de haberlo hecho dimos un paseo por el Jardín Juárez y por el centro de la ciudad. Recuerdo que afuera de la tienda Electra vi a mi padre, o a alguien muy parecido a él. Pero ni uno ni el otro se detuvo. Pasamos por desapercibidos, o al menos él no me reconoció y siguió caminando. Le dije a mi amigo de la escuela de filosofía: “creo que he visto a mi padre”. Y él me contestó: “¿Enserio?, ¿dónde?, pensé que no tenías”. Y yo proseguí: “allá, ese hombre que está dando vuelta a la calle”. Pero no lo alcanzó a ver.



Tengo la manía de vestirme frente al espejo cuando me salgo de bañar. No lo sé por qué, pero lo hago. Y admiro mi cuerpo, lo estudio, lo veo como si fuera ajeno. Y una pena me invade. Me he negado a ver en mí alguna herencia de mi progenitor. Ya sea genética o de bienes materiales. Nunca he querido parecerme a él. Pero conforme pasan los años descubro que tengo sus mismos ojos, sus mismos hombros robustos, su nariz afilada y sus labios delgados.



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