domingo, 15 de febrero de 2009

.197.





En la Fundación, como hay días en los que te levantas con buen humor y con ganas de trabajar, hay días en los que no quieres saber nada del trabajo. Eso pasa los fines de semana, que están llenos de tranquilidad. Algunos becarios deciden pasar estos días con su familia, los que la tienen acá en España, claro está. Y otros, los que no la tenemos o simplemente no son tan afines a salir, se la pasan viendo la televisión, jugando póker, o disfrutando de la serie de Los sopranos proyectada por el minicine. Yo soy más de movimiento, no sé, de ir para acá o para allá. No aguanto mucho tiempo sentado en el sillón frente a la tele. Me gusta perderme en la casa o descubrir lugares nuevos, puesto que el lugar se presta.


Hoy, después de haber desayunado, me subí a mi habitación, que es la 22. Me lavé los dientes frente al espejo del baño. Vi mi cara más delgada. Canté una canción, pensé en dormirme, en leer los periódicos, en bañarme, irme a caminar, bajar al jardín y ver los peces de la fuente. Pero de pronto, no sé cuál fue la verdadera razó, o en realidad no hubo razón que justifique este acto, volteé hacía el techo. Descubrí un rectángulo en medio de él. Me enjuagué la boca. Limpié el agua de mis labios con la toalla. Y caminé al armario. Saqué la silla de sus adentros. Después la puse en el baño. Subí a ella cuidadosamente. Y empujé el rectángulo para saber si se podía desmontar. Con precaución, por supuesto, pude quitarlo. Luego lo puse encima del aluminio que tiene la cortina de la regadera. No es muy pesado, tampoco liviano. Es, creo, de madera comprimida.


Al tener mis manos libres, alcé mi cabeza para husmear en el hueco, y descubrí que el rectángulo cubre la parte de los tubos del aire acondicionado, del gas y de las tuberías de agua. Me quedé por unos momentos escuchando los sonidos de los conductos. Como un roedor que talla su nariz con sus garritas, alcé más mi cuello y giré mi cabeza para ver qué más podía mirar. Después metí mis manos a los espacios donde no alcancé a hacerlo. Una voz me decía que había algo que no había visto. Quizá fue mi curiosidad, o simplemente mis ganas de encontrar lo sorprendente en un lugar donde en apariencia no había nada más que conductos de aluminio y plástico. De pronto, oh grata sorpresa, toqué una especie de plantilla de piel alomada, como un libro. Lo enganché con mis dedos. Y haciendo un esfuerzo de estiramiento, lo traje a mí.


Lo que había descubierto eran dos libretas empolvadas y viejas, de hojas amarillentas y sin un nombre que revelara su dueño. Me puse a revisarlas. Leí en las letras apretadas y pequeñas que alguien, quizá el propietario, se esforzó en contar una especie de diario en ellas. Leí en las libretas muchas confesiones, pero en ninguna de esas confesiones descubrí datos que me dijeran el nombre del que las había escrito, ni su edad, ni de dónde era, ni a qué se dedicaba. En las libretas sólo se leen fechas, ciudades, nombres de otras personas, historias sin ningún hilo narrativo bien estructurado. Deduje que el propietario, igual sí, quizá no, es un hombre. Puesto que todas las confesiones están escritas por alguien del género masculino.


Me quedé leyendo la primera parte de la primera libreta desde el medio día hasta ahora, que son las 6 de la tarde. Hubo una historia en especial que me agradó, no sé. Quizá me sentí identificado con ella. Les paso un fragmento por aquí.





Juan Aldama. 20 de Junio de 2008

Llegamos a Juan Aldama a las dos de la tarde. El viaje fue corto, a pesar de que confundimos la carretera que trae a este municipio con la que te lleva a Nieves. En Nieves sólo estuvimos poco tiempo. Bajamos de las camionetas para conocer la iglesia donde tenemos programado trabajar próximamente.

Comenzamos a trabajar a las tres de la tarde, junto con otros albañiles y cantereros que también estaban restaurando el patio central de la Iglesia. En el viaje conocí a Saldaña. Una persona delgada, de vestimenta pulcra y de mirada fija. Una persona a la que se le puede prejuzgar como un hombre serio. Durante el viaje no cruzó palabra con nadie. Permaneció callado escuchando la plática de los demás. Al llegar a nuestro destino, en cambio, se me acercó cuando me encontraba bajando mis cosas de la camioneta, y me preguntó si sabía cuánto nos pagarían por lo que íbamos hacer. Alcé los hombres para mostrarle mi desconocimiento. El Ingeniero se encontraba organizando los grupos de trabajo. Vio que Saldaña estaba junto a mí y nos dijo que trabajaríamos juntos.

Dejamos nuestras maletas en un cuarto grande, de paredes apenas enjarradas y sin azulejo, al lado de la iglesia. Ahí dormiríamos todos los trabajadores esa semana.

Saldaña me dijo que tenía tres meses que acababa de salir del anexo, luego de ponerse el overol para pintar.

“soy alcohólico”, afirmó con orgullo.

Y se fue por los rodillos que estaban en la caja de herramientas. Los sacó de su empaque y les puso las extensiones de aluminio. Antes de que embadurnáramos de sellador las vigas de madera del techo, me preguntó mi apellido. Después de haberlo escuchado me dijo que me parecía a Murillo, su ex compañero de trabajo en los Pollos Tyson. Luego me contó que por tres años trabajó como repartidor en esa empresa. Su sueldo le alcanzó para casarse, tener una hija, rentar una casa y endeudarse con los muebles necesarios. Después las drogas y el alcohol comenzaron hundirlo, y tuvo que empeñar algunas pertenencias para poder seguir consumiendo piedra y cocaína. Luego de darse cuenta del estado deplorable en el que se había metido, decidió pedirle a su esposa que se fuera junto con su hija un año a casa de sus padres.


Embarramos las vigas de sellador. Otros comenzaron a hacer calas, otros a sellar las paredes recién enjarradas. El Ingeniero se fue a comprar más pintura, que haría falta para cubrir bien los arcos y los muros al efectuar la segunda capa.

Saldaña me contó que va al anexo para subir al estrado. La semana anterior subió tres veces. En dos lloró. En la tercera se dio cuenta de que hablar en allí es hablar con Dios. Luego cambió de tema. Me dijo que antes de meterse piedra pesaba 120 kilogramos. Llevaba clavado más de cinco años en el consumo, pero luego de que se fue su esposa empeñó todo lo que tenía a la mano y dejó de comer y de dormir.

“ves a ese compa flaco que no puede con el andamio”, me dijo apuntando a uno de los albañiles que estaban poniendo los andamios, “yo llegué a estar como él”

En la comida Saldaña se sentó a mi lado. Allí me di cuenta de que sus modales son hoscos, y de que tiene la urgencia de que todo mundo se entere de que es alcohólico. Parece un hombre con la conciencia hecha nudos. Me dijo que le insistió mucho al Ingeniero para que le diera el trabajo porque necesita dinero, recuperar a su esposa y a su hija. Le dio una mordida a su torta, bebió de su refresco y regresó a su tema predilecto. Esta vez cambió las palabras al referirse al alcoholismo y al vicio de consumir drogas. Utilizó la palabra enfermedad.

“soy un enfermo y me quiero curar”.

Después usó una imagen espejo para explicármelo. Hasta que te reconoces te das cuenta. Primero debes salir de ti mismo, ponerte frente de ti, explorarte, reconocer tus defectos y darte cuenta que estás jodido. También me dijo algunos de los doce pasos para aceptarse como alcohólico y sus enormes ganas de comprarse un carro para enseñar a manejar a su ex esposa. Puesto que es lo que ella siempre deseó.


Al regresar de comer, y después de haber descansado, el Ingeniero nos pidió a Saldaña y a mí que dejáramos de sellar las vigas. El sellador debía de reposar una tarde completa para después darle una segunda mano. ¡Qué bien!, pensé. Puesto que por un momento dejé de sentir los hombros y los brazos por durar tanto tiempo sosteniendo las extensiones de las brochas. El Ingeniero nos puso a Saldaña y a mí a hacer calas. Calas es rasparle a la pared con una espátula de aluminio hasta encontrar el primer decorado. Tienes que hacerlo con morosidad, como si estuvieras quitándole el maquillaje a una mujer, me dije al ver que el ingeniero le raspaba con cuidado a la base del arco de concreto. Pero yo estaba equivocado. Y me di cuenta de ello cuando el Ingeniero sacó un atomizador de su caja de herramientas. Le vació alcohol y nos explicó acercándose de nuevo al arco:

“hacer calas es como intentar convencer a las mujeres que cojan contigo. Con mucha calma y con poco alcohol jalan porque jalan”

Y roció alcohol a la pared. No entendí bien a qué se refería. Saldaña se soltó a reír. Se acercó al Ingeniero, le dio una palmada fuerte al hombre. El Ingeniero se incómodo. Y Saldaña le dijo:

“usted es de los mío”

Tampoco entendí a que se refería Saldaña.

Raspamos y le rociamos alcohol a la pared durante más de tres horas, hasta que encontramos un vestigio. Saldaña le gritó al Ingeniero que viniera a ver nuestra labor. Y el Ingeniero estuvo pronto a la solicitud del alcohólico. Vio que en el muro estaba un dibujo opaco de un pie. Le roció alcohol a él. El dibujo se esclareció y sus colores se hicieron más vivos. Después raspó mesuradamente, sin dañar el dibujo, hasta que descubrió una pantorrilla. Sacó su cinta de medir, puso la tira de forma vertical sobre la pared, partiendo del pie. Luego corrió a la nave de la iglesia. Saldaña y yo nos quedamos como estúpidos esperando las órdenes del Ingeniero. Hasta que nos gritó que fuéramos a donde él estaba. Así lo hicimos. El Ingeniero se encontraba mirando el decorado de un ángel en el interior de la cúpula de la iglesia.

“¿ya vieron el parentesco del pie de ese ángel con el que ustedes descubrieron?”

“yo no veo nada, Ingeniero”, respondió Saldaña.

“¿y tú, muchacho?”

Contesté inclinando la cabeza.

“bueno, a destapar el vestigio”, nos dijo desilusionado porque no compartíamos su entusiasmo.


Frente a la pared, mejor dicho, frente a la pierna del ángel, me detuve un poco. Ya no sentía mis dedos por tanto estar raspando morosamente. Saldaña no paraba. Yo me senté un momento en uno de los bultos de arena que estaban junto a nosotros, y me quedé mirando fijamente el trabajo que habíamos hecho. Me tiré de espaldas. Y sentí la frescura de la arena en mi cuerpo. Saldaña descubrió que estaba acostado, refunfuñó algo que no entendí y también dejó sus herramientas para sentarse a mi lado. Suspiró, y no dejó pasar la oportunidad para hablar de su enfermedad. Esta vez utilizó una imagen para comparar su alcoholismo con el hallazgo:

“¿ves esas cáscaras que hemos quitado de la pared? Son iguales a los vicios que tenemos. En alcohólicos anónimos te raspan y te raspan el cuerpo y la mente hasta dejarte limpio, así es como trabajan”

Terminamos de trabajar a las diez de la noche.

En estos momentos estoy escribiendo en mi libreta, encima de una colchoneta. Ya todos se durmieron y me apagaron la luz.


Mañana seguiré.

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