jueves, 1 de mayo de 2008

.167.


Nuevas lecciones

Reflexiones agripadas sobre la literatura



01: Esta semana eché andar un experimento bastante plausible y entretenido, al menos para mí. Tomé dos novelas de dos escritores. Uno español, otro mexicano. Las dos novelas ganaron en su momento un concurso de primera novela. La del español por la editorial Lengua de trapo (2005), la del mexicano por la editorial Joaquín Mortiz (1996). No quiero que se suponga que por esto las tomé y por esa razón las presento como obras de calidad. No. Ambas novelas tienen en común un tema: hablan del ambiente cínico, puerco, idiota, nada fiable y servil como lo es el artístico. El escritor español es de la generación del 70, y el mexicano es del 60, aunque en sí nació en el 69. Creo que al mencionar el dato del último saben a quién me refiero. El primero es Pablo Sánchez, su novela se llama Caja negra. El segundo es Álvaro Enrigue, su novela, sobra decirlo, es La muerte de un instalador. El fin de mi experimento no era desmantelar y despotricar en contra de esos ambientes artísticos. No. Sino algo más simple: activar mi sistema sensorial a la hora de leer estas obras. Mejor dicho, buscar con estas novelas sentir algo.


02: Leí las dos novelas a la par, así, sin detenerme. Leí el capítulo de una, luego me pasé al de la otra hasta que llegué al punto de decir: puta madre, estos dos güeyes son unos astros del lenguaje. Saben hacer su chamba. Enrigue es un maestro de la frase. Un calibrador de las palabras. Un tipo que se la rifa con el lenguaje: sabe combinar a la perfección la voz coloquial con la culta. Tiene frases contundentes como: “Aunque me conozco de sobra el cansino puritanismo de los liberales pedorros que han tomado posesión del feudo de la cultura nacional, en esta ocasión fue sorprendido en fuera de juego”. Sánchez no compone mal las suyas. Si bien, Caja negra está construida por un lenguaje más cínico y algunas veces raya en frases entintadas por gotas de academicismo, no deja de sorprendernos con palabras como: “Hay que reivindicar a Avellaneda como el grado cero de los valores literarios. Dejemos de leer durante un tiempo a Cervantes y dediquémonos al Otro; así tendremos una autentica cosmogonía literaria, un antagonismo metafísico que explica la historia de la literatura: el dios Cervantes y el demonio Avellaneda”.


03: En cuanto a la estructura de estas novelas. La muerte de un instalador es perfectita. No le sobra ni le falta una pieza. Los juegos que Enrigue hace con los símbolos ayudan a que los conflictos que tensan las tramas de la novela sean más enigmáticos y que el lector no pare de leerla hasta desvelarlos o sorprenderse porque nunca hubo tales. Uno se las huele al iniciar la segunda parte de la obra que el millonario Brumell está planeando una obra de arte cínica, un cachetadón a esos artistas mediocres que se las gastan de conceptuales y no son más que faramalla narcisista, pero conforme pasan las páginas uno no deja de dudar si en verdad tomará ese rumbo la historia. En fin. Enrigue es un narrador que nos sugiere, mas no interviene con explicaciones que entorpecen la historia, ni se detiene en adornar los símbolos que por sí mismos valen. En Caja negra encontramos una estructura también perfectita, una historia chispeante, un personaje casi vivo y palpable. El escritor Raúl Garay, mismo que en la novela narra su asenso al Parnaso de la literatura española y su descenso como un Dios mitológico traicionado por su suerte. Caja negra es una novela sobre el plagio. Pero es, también, una novela sobre la literatura misma, el fracaso y la invitación a que veamos a los otros, aquéllos que no están dentro de lo que conocemos como canon literario gracias a nuestra academia y a Harold Bloom: los desvirtuados, los sin talento.


04: Pero a lo que iba con este post no es reseñar sucintamente estas obras. Sino mencionar lo que aprendí con mi experimento y tratar, ojalá lo logré del todo, explicar lo que para mí, como simple lector- aficionado-escritor, es la esencia que esconden estas novelas.


05: ¿Qué busca uno con la escritura? O mejor dicho: ¿qué quiere enseñar, construir, mencionar, balbucear, sugerir, instaurar, retomar u obviar cuando uno escribe? Luego de no haberme respondido estas preguntas al cien. O bien, luego de haberme enredado en una discusión retorica, epistemológica, ontológica, de técnica, de originalidad y de la variación sobre el arte de contar historias, decidí mandar varias respuestas al traste y concluir: se escribe para trastocar la visión que el lector tiene sobre las cosas. O también: un escritor escribe haciendo uso de lo único que tiene a su alcance, el lenguaje, la imaginación y lo que le han heredado los libros. Más convincente: “para restituir la realidad alterada” (frase extraída de Caja negra). O mejor dicho: lo que un escritor busca cuando escribe es hacer uso, de la manera más exacta y orgánicamente posible, de los signos lingüísticos para contar algo que para él es importante que no debe quedarse en el limbo y el olvido, algo que vislumbrará a un posible lector. Me refiero a que toda frase que contiene un cuento, una historia, una novela, como lo decía Hemingway: “debe transmitir una experiencia”. O bien, como lo demostró Carver: “hacer que todo lo que está construido con palabras dentro de un cuento brille por cuenta propia”. Nos conmueva.


06: Antes de continuar con esto, debo decir que semanas atrás me enfrasqué en algunas lecturas que no me llevaron a nada. Que leí libros de cuentos, artículos, blogs, reseñas de libros, novelas, ensayos, crónicas que no me hicieron sentir lo que me hicieron sentir estas dos novelas y que, peor aún, no me encaminaron aterrizar y contestarme algunas de las preguntas que escribí en el párrafo anterior. Ciertos escritores se olvidan de que la literatura también debe mostrar personajes entrañables, que den un perfil más humano que robótico. Ciertos escritores cada vez se preocupan más por ellos mismos: terminan escribiendo cosas sistemáticas y estériles en lugar de crear historias o personajes que nos saquen de nuestras casillas, que provoquen. Cada vez hay más gente que se ufana de ser escritores de verdad pero no son más que desperdiciadores de cuartillas, gente que no se plantea retos a la hora de escribir y que sólo escribe bajo una idea: desfogar sus propios traumas, intereses, gustos o para ganar espacios, premios o sus respectivos quince minutos de fama. No me quiero meter aquí con los seudo-escritores lame-botas que no son más que unos serviles que buscan ganar peso gracias al arte del compadrazgo y el chisme. Todo arte, decía un filósofo chileno que ahora se la vive en un cabaret, debe gustar o disgustar. Pero para nada causarle indiferencia al espectador. Cuando una obra de arte o una historia activa el sistema sensorial del lector o espectador ha logrado su cometido. La labor de la buena literatura es hacernos sentir humanos, revivir nuestros miedos, socavar en nuestros sentimientos, arremeter contra nuestros prejuicios. ¿Acaso no se siente uno más vivo cuando ha terminado de leer una novela donde encontró un personaje con el que se identificó? No me estoy refiriendo con esto a que sólo son literatura de buena calidad aquellas obras que nos conmueven con su puesta en escena de sentimientos, atrocidades y demonios. No quiero que se piense que sólo es literatura para mí el joven Werther de Goethe y sus cartas lacrimosas. No, estoy hablando de aquellas novelas que nos muestran un todo: personajes casi vivos, palpables, historias entrañables, temas originales o que muestran guiños que siempre satisfacen a un lector, experimentos con la estructura y el lenguaje. En fin. Lo que Italo Calvino llamó la novela total.


07: Es triste, quizá me estoy convirtiendo en un amargado. O quizá este maldito mundo se estaba cayendo en pedazos y yo apenas me di cuenta hace unas semanas de ello. O quizá nada se está cayendo en pedazos y yo me estoy precipitando a un abismo profundo e irrevocable.

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