domingo, 21 de octubre de 2007

.151.

David Ojeda y los 12 días

(Un suelto sobre los días de encuentro. Y la presentación de Ojeda que se incluye en la antología del FONCA sobre nuestros cuentos que publicaron en ella).





Tuve la suerte de que me seleccionara un escritor de verdad para trabajar con él y otros seleccionados, durante el 2006 al 2007 con el apoyo de las becas que promueve el FONCA, en la disciplina cuento. Me refiero al escritor David Ojeda –S. L.P. 1950­–. Las pocas cosas que sabía de él eran que es un gran cuentista, que vivió en Zacatecas y que acababa de publicar su novela La santa de San Luis, en el sello editorial Tusquets.
Antes de leer su novela y después de haber visto la foto que contiene la banda promocional en el empaque del libro mencionado, me creé mentalmente una personalidad de David que nada tiene que ver con el hombre que conocí en San Luis, en el primer encuentro del FONCA; un rostro erguido y serio, cuyos ojos grandes protegidos por unos lentes semiredondos me hicieron pensar que Ojeda era un escritor reacio, duro en el sentido crítico literario, y exigente.
Durante el primer encuentro, en la San Luis Potosí cubierta por unas nubes cernidas que hacían del cielo una capa gris, y por un frío tolerable, nos tocó trabajar, a mis compañeros becarios y a mí, en una de las aulas del Teatro de la paz; sitio donde vi por primera vez a David Ojeda; sitio donde conocí a ese escritor paternal, maduro, cuentista hecho y derecho, cuyas grandes palabras y visión literaria fueron determinantes para que yo acabará mi Simulador, para entender que un creador siempre debe ser muy crítico consigo mismo y que la literatura, la creación literaria, es un hecho solitario que solamente perdura con el ejercicio constante y la terquedad de llevar hasta donde tope este oficio, sin importar que los problemas económicos o personales trunquen el camino.
Trabajamos 12 días en total, en distintos lugares, en distintas ciudades. 3 días en cada ciudad. 12 días compartiendo un trato como si lleváramos (mis compañero becarios, David y yo,) una amistad de años. 12 días mostrando y defendiendo cada uno su imaginario, 12 días hablando cada uno de sus gustos literarios, de sus gustos musicales, de su visión como creadores.
Después del primer encuentro en San Luis, el segundo fue en Guanajuato. Revisamos nuestros proyectos de libro en la Universidad de Valenciana, universidad de letras y filosofía (según tengo entendido), durante el 24 al 27 de mayo. En esa ciudad aprendí que un narrador siempre debe tener su poética bien definida, siempre preguntarse por qué razones escribe y siempre se debe escribir, por más experimental que se sea, con el corazón en la mano.
Aprendí, también, que se debe de vivir sin ningún remordimiento, siempre disfrutando cada minuto, siempre buscando qué hay más allá en la literatura misma y en la vida, como si ambas fueran una dicotomía indivisible, puesto que, ohhh grandiosas palabras de Shatner, “You’re gonna die”.
El tercer encuentro y el último, el más entrañable, el que me causó un hueco en el estómago y una tristeza extraña (no volvería a ver a mis compañeros y a David juntos de nuevo, unidos por una hermandad literaria: escribir) fue de nueva cuenta en San Luis, durante el 27 al 30 de septiembre. Por esas fechas la cuidad ya no mostraba su capa gris y el frío tolerable; el calor nos recibió de manera agradable y presenciamos una o dos lluvias que amenizaron nuestra estancia. Trabajamos en el Instituto de Bellas Artes, (Bellas Tardes para los amigos) y cada uno de nosotros llevo su proyecto concluido.
La tarde del 28, después de haber tallereado los textos de dos de nosotros, David y su esposa nos llevaron a un merendero a comer y tomar unas cervezas y a platicar sobre literatura, cine y otras cosas que nunca faltaron durante los días que convivimos. David y su esposa tuvieron que retirarse pronto, después de haber comido, puesto que estaban arreglando algo de papeleo porque viajarían a Europa en Octubre. Gabriel, Adrián, Carlos, Alfredo y yo duramos un rato más y alcanzamos a inyectar nuestro cerebro de alcohol. Ya para las 8 de la noche abandonamos el lugar, dimos un recorrido turístico para comprar más cervezas y para después beberlas en el hotel, escuchando a Rush, Smashing Pumpkins, Interpol, Morrisey y otros.
El último día, el día 12, terminamos la revisión de todos los proyectos. Por la tarde David nos llevó a su casa para que platicáramos con los chavos del taller que coordina en San Luis. Su esposa ya nos esperaba con unas enchiladas potosinas y una carne riquísima. Esa tarde se convirtió en un día único, cuyo único recuerdo estará en nuestra memoria, la memoria de los becarios, y de lo que algún día podremos escribir.

Los doce días

por David Ojeda

A través de maestros y lecturas recibimos influencias que nos forman y dan lugar a ideas y prácticas que, más adelante, otros maestros y autores vendrán a sacudir o fortalecer. Pienso, por ejemplo, en una tradición literaria regional a la que me debo en gran medida. En ella, algunas generaciones que me antecedieron tuvieron la fortuna de escuchar exposiciones y clases y consejos de escritores como Concha Urquiza –quien pedía a sus alumnos permanente atención hacia los clásicos de la poesía española– y Pedro Garfias –el refugiado republicano que en sus frecuentes recitales o durante los largos convivios a que éstos daban lugar, aconsejaba nunca perder de vista la renovación literaria que los jóvenes acarrean a todo sistema.
Estas recomendaciones alumbran dos vías y maneras de sumarse a la vida literaria. De ellas podremos pensar, en un primer momento, que son contradictorias, excluyentes. No obstante, luego tendremos que reconocerlas más bien como señalamientos complementarios. Félix Dauajare, uno de los poetas de las promociones que empezaron a publicar a fines de los años 40 del siglo pasado, nacido el año de 1919 en San Luis Potosí, tuvo la suerte de haberse contado entre los jóvenes que en su región recibieron la benéfica influencia de Urquiza y Pedro Garfias. A éstos, además, se sumaron diversos maestros visitantes que Dauajare tuvo en la malograda facultad de humanidades que funcionó en la universidad pública potosina algunos años, al mediar el siglo XX. Entre ellos se contaron Alfonso Reyes, José Gaos, Juan Espinaza, José Villaseñor, María del Carmen Millán, entre muchos otros.
Así se explica que Dauajare, a lo largo de los años, fungiendo como uno de los principales autores y animadores del hecho literario en su región, ejemplifique con su conducta y en su obra esa dualidad jánica para otear el horizonte de la creación artística: hacia los clásicos una cara; y hacia los jóvenes la otra. Dicha actitud, en el caso de este poeta, origina a lo largo de su obra permanentes alusiones al proceso de la historia: «El futuro es aquel pasado / que pretendemos corregir». Tal la revelación y la tarea de las generaciones.
Alguien escribió que toda generación supone que con ella surge y termina la historia. En efecto, un mundo nace y muere con cada generación; pero ese mundo, esa visión de él, esa experiencia, a una anterior se suma y a otra da lugar. Partícipe y testigo, a lo largo de lustros, de los flujos y tendencias y vaivenes de nuestro sistema cultural, he constatado que cada promoción averigua pronto estas cuestiones. Como coordinador de talleres literarios en diversos lugares del país, en espacios académicos y de investigación universitarios, en tales o cuales proyectos editoriales, he podido corroborar en numerosos grupo de jóvenes las virtudes que generalmente los distinguen y por lo común se perciben en equilibradas mezclas: la arrogancia y la modestia; la originalidad promisoria y la adopción entusiasta de modelos; la espontaneidad avasallante y la imitación enojosa; la inocencia creadora y la malicia del erudito; el deseo de sumarse a una tradición y la necesidad de distinguirse en ella; la crítica bondadosa y la autocrítica sanguinaria –o al revés–; el respeto del canon y su trasgresión.
Entre todo eso, sin embargo, aplaudo y admiro siempre en ellos el humor y la energía, la insolencia y la voluntad de ruptura. Por eso me resulta gratificante advertir un conjunto de cuentistas como éste. Entre las varias docenas de proyectos que en el FONCA se reciben cada año, durante los meses junio-julio de 2006 me correspondió la delicada tarea de intentar juzgar los que habrían de corresponder a la promoción 2007. Analicé y revisé, dudé y al final fundé mis decisiones –sobre todo– en la originalidad del proyecto y la calidad de una escritura. Considero no haberme equivocado en cada caso; me duele, empero, haber desechado algunos proyectos y jóvenes autores por cuestiones mínimas que el tiempo, seguramente, reducirá o magnificará, tanto entre los becarios que aquí se incluyen como en los que pudieron haber sido incluidos. Cuestión de presupuesto para los jóvenes creadores del país; asunto de política cultural, no de vitalidad y empuje entre las nuevas promociones de cuentistas mexicanos.
En los últimos días del mes de mayo de 2007, durante la reunión de jóvenes creadores del FONCA, en Guanajuato, comentamos los cuentistas –en un espacio asediado por la lluvia y los truenos– que a lo largo de un año apenas lograríamos sumar 12 días de trabajo. Entonces caímos en cuenta de que, sin embargo, para ese momento habíamos trabado complicidades y entendimientos que podrían ser fundamentales en nuestras vidas: lo que yo aprendí de ellos; lo que ellos me escucharon rezar o pontificar neciamente.
Un relato es, según alguna tesis, la verbalización de un suceso destinado a fungir como modelo vital o propuesta mimética. El relator indaga, averigua, recrea y redispone, arriesga; luego despliega una manera de entender y padecer y enfrentar la vida. Sea eso la palabra literaria o sea más bien la tarea de renombrar al mundo en un instante primigenio, me causa orgullo descubrir y presentar aquí seis autores que compendian originalidad y calidad y humor.
Es probable que en casi todos los casos no los vuelva a ver después de las reuniones del FONCA, si no es en fotografías. Pero no es necesario. A lo largo de varios días, en San Luis Potosí y Guanajuato, convivimos en los mejores territorios de un narrador: las historias sorprendentes y redondas; el humor y la bondad más aguda (que no aguada). Así, casi siempre entrometido, me enteré de vidas y fobias y virtudes de estos autores. También de ese modo reconocí los talentos que me sedujeron desde el primer atisbo sobre sus textos. Confirmé los talentos y franquezas que sustentaban cada proyecto. Por ello sé que conmigo vivirán en adelante estos cuentos –huellas de la vida–: vampiros anacrónicos; jóvenes mujeres que reconocen en su cuerpo al varón que, con testículos, les resulta un acertijo; pequeños cocodrilos que, siendo hijos del hombre, son el hombre; globos aerostáticos; obreros de la otrora Unión Soviética en viajes de convalecencia; iguanas que narran su tragedia en el crecimiento urbano. Y todo el porvenir.

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