domingo, 15 de julio de 2007

.137.









Ahorita la chamba se tornó en lago denso. Para saber cómo se encuentra el mundo sólo abro la ventana y se acabó. La misma rutina de siempre: levantarme, buscar los lentes al lado de la cama y ponérmelos, hacer un par de ejercicios y sentarme frente a la computadora y abrir el archivo que dejé inconcluso la noche anterior y volver a escribir. Así es la vida. Todo se reduce a las palabras, al lenguaje, al monótono sonido del teclado cuando mis dedos lo oprimen. Todo se reduce a escribir. Idear historias. Ésa es la oración de los huérfanos: escribir, evocar a las personas muertas con palabras, evocar a la persona que amas con palabras. ¿Las rodillas? Qué se jodan los meniscos, los tendones, que se quemen las neuronas y que se vaya la luz de esta ciudad y se caiga el mundo en pedazos; la batería de la computadora está llena de energía y seguiré escribiendo como un autómata alienado. Nos vemos pronto, o no sé, quizá mañana. Les dejo un par e cuentos que deposité en la bandeja de Homines como si fueran bombas molotov (creo que habitaré las páginas de ese portal durante unos meses), y les dejo también una leve entrevista que me hizo Karen Villeda, cuyo tema central es el cuento.

Un abrazo a todos y todas.





¿Por qué cuento?

El cuento es un género en potencia y versátil. Durante años ha tomado distintas configuraciones, pero siempre vuelve a sus inicios, a su forma clásica. Algunos han escrito, como Pierre Giraud, que en la literatura todo está dicho. Si nos remontamos a Las Mil y una noches descubrimos que Sherezada explotó todas las técnicas e historias que existen y que se pueden escribir. Es la cuentista por excelencia. Lo único que hacen los narradores en su presente es mostrar esas historias con otras palabras, confeccionarlas con un estilo propio y con distintos rudimentos. Considero, quizá de manera arriesgada, que los géneros literarios no se han desvanecido, sino que se han fusionado. Eso da más oportunidad al creador de experimentar. Por ejemplo: Chéjov propuse ver el cuento como el brillo de la luna reflejado en una cuenca de vidrio. Lo que halla a su alrededor no importa, lo que importa es la captura del instante. En el siglo XIX Poe y Hawthorne emplean lo que muchos llaman artificio: el cuento que captura dos historias dentro de una. Los argentinos, como Fogwill y Piglia, han experimentado con el cuento de múltiples maneras que nos ayudan a ver este género con otros ojos. Por ejemplo: ellos han creado voces narrativas que no sólo construyen dos historias dentro de un cuento, sino que crean más de dos historias y tienen la habilidad de conectarlas entre sí y vislumbrar al lector. Con el cuento se puede experimentar de múltiples maneras, pero lo que siempre importa, y eso lo aclaran clásicos como Calvino, es la concisión y la velocidad con que se maneja. Elegir escribir cuento en lugar de novela como primera obra tiene muchos significados. El fundamental es el reto: poder mostrar en él las distintas voces y los distintos temas que estás proponiendo como narrador. Lograr una unidad estilística es lo más importante.


¿Qué no es cuento?

Un no cuento es lo que su creador quiere que sea un no cuento. Es paradójico. También existe la opinión del lector. Leemos La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán y en su nota preliminar sostiene, según mi mala memoria, que su novela está conformada sólo por capítulos y que cualquier semejanza que una a estos con el cuento es nula. Pero al terminar de leer el libro tienes la sensación de haber leído un compendio de cuentos anillados. Se presume que Álvaro Enrigue mandó Hipotermia a Anagrama con la nota de que estaba enviando una novela, cuando en realidad estamos hablando de un excelente libro de cuentos. No creo en el no cuento. Un creador, antes de escribir algo, escoge el género, los personajes, la temática, la determinación del tiempo que da marcha a una historia, cómo estarán acomodados los acontecimientos y los espacios. No olvidemos la fábula o las fábulas que lo urdirán. Poe dice que un cuento es aquel que pide de quince minutos a una hora de lectura. Pero hay cuentos que exigen más. Tradicionalmente hablando un no cuento es aquel que no rinde con los esquemas conceptuales que determina el canon: arriba de treinta cuartillas es novela corta, al igual que si muestra más de tres personajes centrales y un conflicto.

¿Cuál fue el primer cuento que leíste?
El primer cuento que leí fue “El corazón delator”, de Poe. Y no salí una semana de mi casa por leer y releer el libro completo.


¿Un cuento para llorar?

En realidad un cuento nunca me ha hecho llorar, sólo las novelas. Actualmente leo mucho a la nueva generación de cuentistas norteamericanos. “Habría que darle un nombre”, de Matthew Klam, fue un cuento que alborotó mis fibras sensibles y me hizo reflexionar sobre temas cercanos: el aborto, las relaciones de pareja, los conflictos familiares, la alienación. Creo que lo maravilloso de la literatura, desviándonos un poco del cuento, es el principio estético que la soporta: conectar con su realidad inmediata al lector y lograr trastocarle su visión del mundo. Hermeneutas como Gadamer proponen que la interpretación de un texto literario nace con el chispazo de hacerle ver al lector su fragilidad como humano, la tradición que lo antecede y el prejuicio y gusto que lo sigue a diario, antes de invitarlo a destazar los textos y al análisis cerebral. Los escritores norteamericanos tienen representantes muy sólidos e intencionados en cuanto a trastocar la visión del mundo del lector. Leemos a Capote y su “supuesta” frivolidad se convierte en angustia o en choques de clases sociales. Lemos a Carver, la manera en cómo nos muestra los conflictos domésticos, y terminamos con los vellos erizados.

¿Un cuento malísimo?

No sé si sea por suerte, pero nunca he leído un cuento malo. Tampoco me he decepcionado de mis autores favoritos y eso hace que establezca una gran deuda con ellos. He tenido la oportunidad de leer a varios manuscritos y galeras de narradores de mi generación (en el concepto biológico) y he tenido la suerte de leer cosas que me vislumbran, me asombran y otras que me hacen evadir temas como el erotismo, la masturbación y el sexo. Creo que el querer abrumar al lector con estos temas es un mal que acongoja a muchos escritores en ciernes. Algunos salen bien librados y nos recuerdan a escritores como Bataille y Sade. Otros nos hacen deducir que cada día la sociedad orilla a la juventud a reprimir sus deseos, sus obsesiones y los lleva a convertir a la escritura en una actividad catártica.

Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento serías?

Uno se convierte en los cuentos que escribe y los cuentos que otros escriben se convierten en uno. Pero más que otra cosa, uno se convierte en los personajes que lee o escribe. Cuando pienso en un personaje que habitará un cuento mío antes de escribirlo, me gusta conocerlo bien, mirarlo a los ojos, preguntarle sus obsesiones, medir a hasta dónde puede llegar si se le otorga vida. Los personajes siempre terminan por convertirse en mi sombra, a pesar de que haya terminado de escribir sobre ellos o desechado la idea. Me encanta la literatura para niños. Los cuentos fantásticos y los maravillosos. No descarto nunca en que podré convertirme en el intrépido Juanito robando las habichuelas.

Si pudieras ser cuento, ¿qué cuento no serías?

Me gustan las historias de Edgar Allan Poe y las de Amparo Dávila, pero nunca me gustaría estar en los zapatos de Roderick, de “La caída de la casa Usher”, ni ser la niña que se despeña en “Tiempo destrozado”.
Si tu vida fuera un cuento tuyo, ¿serías lo suficientemente valiente de para escribir tu final?
Si hablamos en cuanto las temáticas que manejo, no. Pero si no me puedo salvar de un final trágico por culpa de las temáticas que propone mi escritura, escribiría un final donde me dejaran desear un final feliz.

¿Qué cuento te gustaría leer antes de morir?

Aún no puedo decidir eso. Espero no morir mañana, ni pasado mañana, ni dentro de un año. Y seguir con la idea de que tengo una inmensidad de libros que leer en el futuro. Lo que escogería en estos momentos es Bartlebly el escribiente, de Melville. A pesar de que es una novela, me gustaría no estar prejuiciado por los géneros y disfrutarla como si fuera un cuento.
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