miércoles, 9 de mayo de 2007

.121.


.viaje Oaxaca.







00: La noche del jueves de la semana anterior partimos Pire y yo para el DeFe, en un incómodo camión de la ruta Futura. Después de ocho cansadas horas de viaje, llegamos a nuestro destino por la mañana, a la Central del Norte. A las diez tomamos un autobús de la ADO que nos llevaría a Oaxaca, sitio donde reside uno de los más grandes pintores que tenemos en México, sobra decir, Francisco Toledo. Llegamos a la central de esta ciudad a las cuatro con treinta p.m. Tryno nos recibió con la noticia de que el día anterior había temblado y estaba un poco ofuscado. Después nos dirigimos al hotel en que se hospeda. Dejamos nuestro equipaje allí. Nos dirigimos a comer (un platillo fenomenal llamado tlayuda con tasajo) en el Mercado de las carnes y planeamos el tour-parti que nos aventaríamos las tres noches y cuatro días que estaríamos en Oaxaca.
Para señalar las cosas más importantes de este viaje, enumeraré las más sobresalientes al principio de cada párrafo, para después (si la memoria no me traiciona) narrarlas conforme sucedieron.
01: viernes, día de nuestra llegada. Mercado de las carnes. Charla con el Tryno, llevábamos buen rato sin vernos. Mezcal de Cedrón en la Casa del Mezcal. Hotel en malas condiciones. Banda Italiana Bipolar. Borrachera hasta las cuatro de la madrugada en Central. Chicas Almadía. Al terminar la comida nos dirigimos a la Casa del Mezcal. Tomamos cerveza, comimos chapulines al mojo de ajo, acompañado por mezcal de Cedrón. Luego recogimos por nuestro equipaje y nos hospedamos en un hotel de baja estofa cerca del mercado, en el centro. Caminamos a manera de revisión y deleite. A pesar de que ha pasado algo de tiempo después del conflicto en Oaxaca, parece que no sucedió absolutamente nada. Aunque uno que otro edifico, como el Tribunal de Justicia, muestran grafitis en contra de Ulises Ruiz y nos hacen recordarlo. Conforme marchábamos se nos acercaron vendedores de artesanías oaxaqueñas o niños a ofrecernos algo. Para matar el tiempo fuimos a la presentación de un par de libros donde conocimos algunos amigos del Tryno. Hablaron de uno cedés en los que se fusionaban la música electrónica con algunos poemas de jóvenes escritores. Seguimos bebiendo mezcal, mientras se daba la explicación del material literario. Me desesperé en la presentación, no estoy muy acostumbrado a este tipo de actividades. Decidí entrar a una librería que está justo al lado de donde se daba el evento. Encontré a Capote, la correspondencia, algunos catálogos de pintura de Tamayo y otros pintores y toda la obra de Coetzee. No llevaba mis lentes puestos y me mareé.


Oaxaca de noche

Salí de la presentación junto al Pire para dar una nueva vuelta al centro de Oaxaca y ver si comparábamos otras cervezas. Después de media hora nos vimos con el Tryno, puesto que él se quedó en la presentación planeando con sus amigos qué haríamos por la noche. Caminamos por el centro: tiendas de ropa, bares minimalistas, tiendas de mezcal, Zócalo, San Agustín, plazas de vendedores de artesanías, mercado, cafés. Vimos turistas y más turistas: Inglesas, Italianas, Orientales, Norteamericanas y no puede faltar, a palabras del Pire, “material autóctono”. Por la noche tomamos cerveza en la azotea de un bar de música rockanrolera: covers de Radio Head, Metallica y creo que The Cranberries. Platicamos de Allende y 1973, de las Malvinas, de Argentina y su intervención, de Lobo Antunez y la guerra de Angola, de Martin Amis y Dinero, de McEwan y la historia de su hermano perdido y la demanda por Expiación y de Barcelona y un futuro viaje. Pagamos la cuenta. Nos trasladamos a otro bar llamado Central, donde conocimos a la temible, chisporreante, casi única e inolvidable Baaanda Iiiitaliana Poooopular (si alguien ve a estos compas mándemelos a saludar) y a las chicas del departamento de mercadotecnia de Almadía: Lulú, Ari y Ave. Almadía es una editorial que pinta para tener un futuro más que potable, han publicado a escritores como Guillermo Fadanelli, Leonardo Dajandra, Eusebio Ruvalcaba, y junto a estos, que son creadores con trayectoria, también a han publicado a escritores jóvenes como Miguel Tapia y tienen en la mira a otros más. Sin duda alguna esta editorial podrá alcanzar prestigio como lo ha hecho Sexto Piso, en el DeFe. Seguimos tomando chela y mezcal, trago y trago. Bailamos al ritmo de la música de los italianos hasta que la monotonía de sus trompetas, saxofones y otros instrumentos que no distinguí porque no llevaba lentes, nos dieron un bajón espantoso. Más mezcal. Cambió la música, nos entonamos más con las rolitas de Manu Chao, Café Tacuba y otros. Más mezcal. Me tomé algunas fotos al lado de un cliente que se quedó dormir encima de una mesa, pero no salieron por falta de luz y porque me descubrió. Más mezcal. Bailé como loco y canté y canté. Más mezcal. Al acabarse la pachanga Ari y Lulú nos llevaron al hotel, ebrios, más que ebrios, pero contentos. Nos despedimos. Ya en la habitación, al encender la luz y al alzar las cobijas para meterme a la cama, descubrí un insecto del tamaño de la palma de mi mano. Al intentar matarlo, salió disparado a la coladera del baño. No supe identificar qué demonios era.

02: sábado. “Y cuando desperté, la cucaracha aún estaba allí”. Resaca: dormimos sólo tres horas. Cambio de hotel. MACO: museo de arte contemporáneo. Warhol pintaba pelushes. “Pire, ¿qué harías si te regalarán ese Chillida?”. IAGO: la tarde que conocí la felicidad entre una hermosa constelación de libros. Comida del Itsmo: "otras memelas que no llené". Teoría de los cuentos metatetaintertextualoides y el cine, por Lauro Zavala, en el Pochote. Fiesta de despedida a los editores de Almadía. Jaranas, décimas: el arte de la composición de manera automática, pero armoniosa. Más mezcal porque me siento mal y cántale mi Pire, hasta que la garganta se desgarre, que ya me acordé de Canciones tristes. La persecución de los perros necios (wau-wau). Un extraño cosquilleo en mi nuca me despertó a las diez de la mañana. Sólo había dormido tres horas. Me dolía la cabeza horrible. Revisé la almohada para ver de qué se trataba y descubrí, con la sangre congelada en el estómago, una cucaracha descomunal tirando barra. Estaba patas arriba, perezosa, rascándose la panza. Al ver que la escrutaba con una mirada casi de odio, me saludó: “Good morning, Pelusho”, y siguió descansando. La saqué a patadas de la habitación y desperté al Pire. “Estoy crudo y no pude dormir”. Él tampoco lo había hecho y le dolía la espalda. Salimos del hotel para buscar uno más decente. Después de un peregrinaje por varios de la ciudad, bajo un sol casi intolerable, decidimos alquilar una habitación donde se hospedaba el Tryno, que aún dormía. A las once de la mañana estábamos listos, frescos y bañaditos, para desayunar y seguir con la aventura.


yo junto al pelusho pintado por Warhol


Desayunamos en el Zócalo. Mientras tomábamos café el Tryno nos explicó qué era el zocaleo. Es un verbo equiparable a lo que conocemos en Zacatecas como el chichifeo, pero en Oaxaca es más chichifeadamente y de más prestigio. Lo aplican los autóctonos hacia las turistas. ¿Cómo? Es fácil, los oriundos de Oaxaca, jóvenes alejados de cualquier estereotipo que conocemos como bien parecido, se dedican a rondar por el Zócalo de la ciudad y abordar turistas, conquistarlas con una labia que me es desconocida y hasta envidiada, para después darles sus quiebres. Raro, ¿no?, pues sí. Eso es el zocaleo, que viene del verbo zocalear y se conjuga en la primera persona del singular: “Yo, zocaleo”. Si regreso a Oaxaca, les prometo hacer un texto que se titule: “Bases lógicas y epistemológicas sobre el zocaleo, yo estoy dispuesto a zocalear”.

Fuimos a dos museos de pintores después del desayuno. Según me di cuenta, gracias a nuestros conocidos, en Oaxaca no hay variedad de escritores, sino de pintores. Dijo un amigo de Tryno, el Sabino: “Aquí levantas una piedra y salen pintores, a chorro, en comunas”. En el primer museo se exhibían piezas muy finas de artistas del Istmo. En el MACO tardamos más de una hora viendo cuadros de autores como Eduardo Chillida, Pablo Picaso, Roy Lichtenstein, Mark Rothko, Fernand Lèger, Henry Moore, Willem de Kooning y el terrible, el sensacional, el más querido, el amigo de Truman Capote y Marilyn Monroe, Andy, súper Andy Warhol, con un cuadro bastante colorido que mostraba un perro pelushón de color negro, de lengua roja y nariz verde, que hace contraste con un blanco casi pulcro de fondo. Pire se enamoró de los Chillidas, El Tryno de Tamayo, creo, del cuadro que se llama, “Mujer atacada por peces”. Y yo del cuadro “Warhol, también pintaba pelushitos”.

Después nos dirigimos al IAGO. Espérenme, debo dejar de escribir para limpiarme las lágrimas por lo que me provoca recordar ese episodio. Ya está. No, aún no. El IAGO, el templo de los libros, la constelación más poderosa de los libros, la biblioteca equiparable al desierto y el laberinto en cuanto a la infinidad de sus contenidos y novedades, el aposento de los vampiros enlomados, el sitio donde yo, un pobre mortal, el hombre que pensaba que lo había visto todo, se vio anonadado entre los incontables, espectaculares, increíbles libreros de la biblioteca más surtida de México. El IAGO. Según lo que he leído, es la biblioteca más importante de México, quizá de Latinoamérica. Los catálogos de pintura, de diseño gráfico, de arquitectura, de música, de diseño textil, de decorados interiores de casa y edificios, los estantes llenos de todas las revistas que existen en el mundo, los libros de teoría del arte y lo que es mejor, lo mejor, lo que me hizo llorar, de literatura, todas las antologías de cuento que jamás había visto, de ensayo, de teoría y crítica literaria, las novelas de Salman Rushdie, de Paul Auster, de Vila-Matas, toda la obra de Salinger, de Nataniel Hawthorne, de Hemingway, de Norman Mailer, de John Dos Pasos, de Saramago, los libros de teoría de Paul Rioeur, de Gadamer, las novelas de Gumucio, de Quim Monzó, de Javier Cercas, de Philip Roth, de Henry Miller, de Sebald, de todos los narradores mexicanos, cubanos, brasileños, chilenos, alemanes, todo el siglo de oro, la ilustración y algo de historia de la literatura, sociología, sicología y de teoría literatura, libros y más libros, están el IAGO.
Se sabe que el IAGO era la biblioteca particular de Toledo. La donó al Instituto de cultura de Oaxaca para que se abriera a la comunidad. Algo digno de señalar es que en esta ciudad no hay escuela de humanidades y tienen una biblioteca inmensa, que prepararía a cualquier estudiante, de cualquier disciplina, para tener una capital cultural e intelectual más que digna y respetable. Un punto favorable para esta ciudad. En mi unidad académica, por ejemplo, en mi querida unidad académica de letras, no tiene una biblioteca en este estado y sus alumnos… ¡Bah! Qué me importan sus alumnos. Pire y Tryno se fueron a otro museo, al de la iglesia de San Agustín. Me dejaron cerca de dos horas revisando al más no poder todo lo que había en el IAGO. Sólo leí prólogos de algunos libros que no he conseguido en años. Una, dos, tres veces se me salieron las lágrimas de gusto, de felicidad y me vi vencido por el exceso de información y por el poco tiempo que tenía para estar cerca de ellos. Aquí, de manera abierta lo propongo, si alguien conoce algún Oaxaqueño que esté casado de su ciudad y quiera hacer un intercambio estudiantil o simplemente de aires, avísenme, yo daría lo que fuera por vivir cerca del IAGO, yo le regalo mi ciudad, las malas caras de la gente, la gente que habla mal de mí, los museos zacatecanos, el de Arte Abstracto de Manuel Felguérez, el pésimo sistema académico que manejan en mi unidad académica, el Instituto de Cultura de Zacatecas, los círculos literarios viciados y herméticos y desactualizados, los proyectos artísticos fútiles, esto lo cambio por el IAGO. Avísenme, por favor. Yo les doy todo, todo, pero déjenme vivir cerca del IAGO.




Al encontrar a mis compas a las afueras de la Plaza de Santo Domingo, nos dirigimos a comer memelas, pico de gallo con camarón, empanadas de carne, carne ahumada, en un restaurante pequeño que ofrece la comida tradicional del Itsmo. Al termino visitamos el Pochote (la cineteca de Oaxaca) gracias a la invitación de una amiga del Tryno, la directora de este lugar. Lauro Zavala iba a presentar varios de sus antologías de cuento posmoderno y mini-ficciones (hueva-cuentos) y el número especial de cine de la revista Tierra Adentro. Lauro Zavala es uno de los más importantes investigadores y académicos de la UAM Xochimilco. Dejen los acerco más. Cuando estuve tentado a hacer mi tesis de licenciatura sobre el tema “Metatetaintertextualoides: el cuento contemporáneo como artefacto”, le iba a pedir a este investigador que fuera mi asesor, pero después de un tiempo cambié de tema. Volvamos al Pochote.

El Pochote es un árbol con espinas gruesas, de color gris en su tronco y ramas y de hojas verdes, muy bonitas. Se llama así la cineteca porque afuera de ella hay varios árboles de este tipo. La plática de Zavala duró una hora. Al terminar fuimos por un par de Res-Bulls, como le nombran allá a la bebida más milagrosa del planeta. Durante la bebida charlamos de lo dicho por Zavala. También tomamos café, para espantar el sueño. Más noche, después de un buen baño, nos dirigimos a la Biznaga y tomamos una cervecita muy, pero muy sabrosa, con diez grados de alcohol y bien fría, llamada Gouden Carolus, oriunda de Bélgica. Más tarde pagamos la cuenta, compramos una botella de mezcal del clásico y nos dirigimos a la fiesta de despedida de los editores de Almadía, Héctor y Roberto. Ambos viajarían a España a presentar los libros de la colección. La fiesta fue cerca de la periferia de Oaxaca, sitio que me recordó mucho a la casa de las hermanas Font que se narra en Los detectives salvajes. En la casa había personas de chile, de Bélgica, del Ismo y de España. Bebimos más mezcal conforme rolaban la mari-yane y sacaban las jaranas y cantaban. Alberto platicó con el Pire sobre música celtica, gaitas, España y rock and roll. El Tryno se desapareció en la cocina y lo vi poco en la fiesta. Platiqué con Roberto y Héctor sobre mi proyecto Simulador y apalabramos el negocio, pero eso no importa aquí.

Al seguir detenidamente la música producida por las jaranas y las décimas, comencé a entristecer. Llegaron tantas cosas a mi cabeza. Las sienes me palpitaron y sentí que me alejaba de todo, que tenía una fuga de este mundo y me largaba hasta el mismo universo y más allá del universo. Luego me acordé de la Lita y de Canciones tristes. El Pire, creo que me vio perdido, me dijo que me alivianara. El Tryno apareció de nueva cuenta, me sirvió más chela que combiné con mezcal, y me preguntó cómo andaba. Compuse una que otra décima, mentalmente, con el corazón ardiendo, recordando a la Lita. Venga, acompáñenme con el rasgueo de cuerdas.

Luna, luna, luneta
Si me das un beso
Te compro una camioneta

Triste calle del Corsario
En la que lloré
Con pena y dolor literario



Al término de la fiesta, mientras caminábamos rumbo al hotel, las canté. El Pire me dijo que eso no era una décima y que cantó muy feo. Le respondí que según mi idea de décima sí lo era y que me dejara tranquilo. Caminamos por las calles de Oaxaca, como el día anterior, más que borrachos, felices, componiendo décimas. Sólo faltaron las jaranas y más mezcal. Sólo faltaba la Lita. Por la calle que lleva al Pochote nos topamos con dos chavitas, iban descalzas y por su caminado podía deducirse que medio torcidas por el alcohol. Saludaron al Pire, le dijeron: “Hola, papito”. Ja. No se crean. Pero sí lo saludaron y siguieron caminando para sentarse en una banca e invitarnos a que las acompañáramos. Yo en estos casos soy apático. Tryno es accesible, al Pire no le dicen dos veces. Mi amigo las siguió y al punto de llegar a ellas, corrieron. Se escuchó el ladrido de un par de perros que protegían a un tipo macizo, de piel curtida y cara gruesa, en plena oscuridad. Las chicas gritaron algo que no logramos entender, que el Pire lo interpretó como: “Vengan, acompáñennos”. Pero seguimos caminando para evitar cualquier problema. Los perros nos ladraron y se acercaron a olisquearme. Eran pastores alemanes, de ojos agresivos, celosos. El dueño doblo por donde corrieron las chicas. Parecía el padre de ambas, o el proxeneta. A la siguiente cuadra volvimos a dar con ellas, gritaban, corrían y pedían ayuda. El tipo las había alcanzado y cerrado el paso con los perros por delante, incitándolos a que atacaran. Conforme los animales corrían tras de ellas, iban soltando mordidas a las pantorrillas, pero no lograron derribar a ninguna de las dos. Los tres fuimos a ver qué sucedía y el dueño tranquilizó a sus mascotas y las víctimas corrieron sin darnos las gracias. No voy a negar, fue desconcertante ese episodio. Dos calles más y me di cuenta que estábamos muy cerca del Jardín Botánico, a menos de tres cuadras de nuestro hotel.



03: Volvimos a dormir sólo tres horas. “Quien desayuna tlayuda, Dios lo ayuda”. Monte Albán. Se me olvidó el estuche de los lentes dentro del taxi. No se lleva la cruda con el sol. Un sapo volador me atacó. Santa María del Tule: Pire, ¿me trajiste hasta acá para ver un pinche arbolote?”. Comida: memelas, empanadas de mole amarillo y chelas. Un capuchino moca con frappe, para la digestión. Más tarde, mientras oscurecía, un Martini para celebrar la última noche en Oaxaca en un restaurante de caché. Hamstervania: unas chelas con dos amables oriundas de este lugar. Nosotros también tenemos una historia sobre Toledo. Yo no quería despertarme, pero el ruido que hizo Pire a las ocho de la mañana lo logró. Tomé un baño rápido. Comenzaba acostumbrarme a amanecer con dolor de cabeza. Tryno pasó por nosotros a la habitación y nos invitó a desayunar a un café donde asisten los zocaleros y donde preparan las tlayudas más ricas. Después del desayuno tomamos un taxi para Monte Albán. Los tres nos mantuvimos callados durante el viaje, que duró quince minutos. Comenzábamos a fastidiarnos, admito mi parte, no me gusta el sol, no me gusta caminar, no me gusta el ejercicio, la Lita me cortó por neurótico e impaciente. Dejé que las cosas marcharan y permanecer serio. Al bajar del taxi, en la entrada de Monte Albán, una vendedora de collares se me acercó diciendo: “Llévese el collar para su novia, cómpreselo, ándele”. El Pire y el Tryno no aguantaron la risa, pero fueron comprensivos. Ambos saben las razones de porqué andaba medio awitado en Oaxaca. Subimos las primeras escaleras y me di cuenta que no llevaba el estuche de mis lentes. Mierda. Soy un puto distraído. Bajé corriendo para ver si alcanzaba el taxi. Adiós estuche, te voy a extrañar. Soy un imbécil. Subimos para conocer las reservas arqueológicas, cada quien por su lado, de repente intercambiamos uno que otro comentario, por lo general seguíamos cada quien en lo suyo, hasta que un animal que voló hacía mi rostro con pinta de ser una rana voladora me asustó. Mis amigos se rieron al gritarle al bicho: “Quitate, pinche rana voladora”. Y rompimos el hielo. Tardamos menos de dos horas recorrer los templos. Descubrí que tengo una pésima condición física. Con la ayuda de un bastón de madera pude recorrer Monte Albán.




desafiando el Valle



Llevábamos poco varo y no entramos al museo. Sólo nos bebimos unas cervezas en su restaurante. Media hora más tarde tomamos otro taxi que nos llevó a una central de autobuses donde abordaríamos el transporte para llegar a Santa María del Tule. Yo no sabía que demonios íbamos a ver allí, pero accedí acompañar a mis amigos, puesto que Pire no dejó de pedirle a Tryno que lo llevara al Tule. Durante el viaje, que duró cerca de media hora, me quedé dormido en el camión, Pire también. Teníamos la batería baja, sobra decir. Lo único que deseaba era tomar un baño y dormir un par de horas. Tryno me despertó al llegar a nuestro destino. Caminamos hacia una placita con bancas, un jardín bien cuidado y un arbolote al lado de una iglesia de colores pastel. Me detuve y le pregunté en seco al Pire: “Pire, ¿me sometiste al sol, amargaste mi cruda, hiciste que me durmiera en un camión y me mareara, para venir hasta acá para ver un pinche arbolote?”. Después me tragué mis palabras. El Tule es el árbol más pesado del mundo, el tronco más grueso del mundo, y es espectacular. Imaginé la teoría de que Amparo Dávila tuvo que visitar el Tule, para hacer un pacto con él y después escribir Árboles petrificados, su último libro de cuentos. Es mentira, claro, pero el Tule ofrece una atmósfera algo fantástica e imaginando estar frente a él mientras oscurece, se deduce que es un árbol que impone, da miedo, aterra. No tomamos algunas fotos, compramos una nieve y nos sentamos a comerla en el jardín. Ya con hambre, visitamos un restaurante donde comimos memelas y empanadas.

un lugar no habitable



De regreso a Oaxaca. Pasamos al IAGO y aprendí algo que tanto he leído en mi vida. Las historias están en todas partes, cada persona es una historia. Y todos los habitantes de Oaxaca tienen una historia sobre Francisco Toledo. Nosotros también necesitábamos tener una y contarla. Pire compró un hermoso papalote hecho por este mismo pintor. Y desde que llegamos a esta ciudad insistía en querer conocerlo. Cada vez que lo mencionaba nos parecía algo más lejano, imposible. Esta historia en realidad es de Pire, él la ha contado en su blog de una manera que ni yo, ni Tryno podremos contarla nunca. Al dirigirnos al hotel, como si lo hubiéramos conjurado, nos encontramos con Francisco Toledo, caminando a toda prisa. Tryno lo detuvo, preguntándole si se acordaba de él. El pintor asintió. Todo fue en cuestión de segundos, como si en realidad no hubiera pasado. En cuanto Toledo estaba por seguir su camino y casi ignorarnos, Pire le pidió que le firmara el papalote. Y lo hizo, de manera tan parsimoniosa, que tuve tiempo de ver su rostro, sus ojos, sus facciones. Y se fue. Y nos quedamos parados, impresionados. ¿Qué más podía pasarnos en Oaxaca? Con ver a Toledo ya habías visto todo.

de izquierda a derecha: Lulú, yo, Ari, el Tryno

Por la noche, para festejar, tomamos un Martini. Pire y Tryno me explicaron su preparación. Conversamos de literatura, de vinos, licores, cremas, cervezas, de comida, del DeFe, qué íbamos a hacer el día de mañana, la idea de Tryno de llevarme a la Proveedora a comprar libros mientras el Pire compraría recuerdos oaxaqueños para su familia, me pareció más que potable. Dejaríamos la ciudad a la una de la tarde. Habíamos comprado boletos en ETN para el autobús de las diez p.m. Conversamos de todo. Quizás haya sido una plática que no volvamos a tener. Que será como un pez congelado en el hielo, inmóvil, pero vital en la memoria de los tres. Más tarde salimos con Lulú y Ari, a tomar una cerveza en el Tentación y nos despedimos. Cerca de la una de la mañana, por único día en la bella Oaxaca, regresamos temprano al hotel, para dormir y descansar. El día siguiente, quizá, se acabarían nuestros sueños en esta ciudad.

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