miércoles, 2 de mayo de 2007

.119.




Estos días me entregué a la escritura de manera más disciplinada. Simulador cada vez se vuelve más incomprensivo, inseguro, celoso. He reescrito algunas cosas y escrto otras, documentándome con nuevos libros y midiendo fuerzas para saber si el libro va a llegar hasta donde quiero, o mejor me dedico a vender sopes frente a mi casa. Bueno, estos días me la pasé afinando Usher y escribiendo Ego. Del último les dejo un fragmento, para compartirles mis labores. Un saludo a todos.







.uno.
Me siento como una rata desquiciada, confundida, cautiva en su laberinto de tuberías y desagües. No puedo encontrar el camino que logre liberarme. Estoy acostado en una cama vieja dentro de una habitación de un hotel de paso. Las paredes son angustiantes. Exhiben su tapiz como la piel de una res desollada. Me da rabia su tristeza. Un olor a encerrado, a enmohecido pende en la penumbra. Yerto, no hago más que ver el ventilador, el círculo de aíre trazado por las aspas. Veinticinco, cincuenta, cien. He contado una y otra vez los giros durante horas y los días que llevo aquí obligándome a estar lejos de toda la mierda que hay afuera. Se me olvida en qué número voy y vuelvo al principio, como si el tiempo en la vida fuera así, volver al inicio, desprogramarlo, mutilar su concatenación. El sudor hace que mi culo y espalda se estampen en las sábanas. Me crispa. Y las moscas, malditas bestias, tan pequeñas, me enfurecen. Son invencibles. Una ceniza en el aíre. No quiero prender la luz. Algún día compraré unos lentes con mirilla infrarroja para ver todo lo que se me antoje. Así mataré a esas porquerías voladoras. Quiero concentrarme. Y regresa la pesadumbre como las vueltas del ventilador. Las palabras, la voz, el teléfono. No quiero que estén aquí, dentro, retumbando en las paredes de mi cráneo, queriéndolo agrietar:
Escucha, Héctor, eres un maldito puerco. Das lástima. No puedo darte otra oportunidad y seguir negando que seas un depravado. No entiendo cómo pude confiar en un hombre como tú.
¿Por qué me dijo eso Fabiola? No tuvo la suficiente convicción para aceptar que se estaba enamorando de mí y le dio miedo lo que decían de mí todos los maestros, sus alumnos. Por esa razón hice lo que tenía que hacer con ella. Debí obligarla a que se arrepintiera de sus palabras. Yo he actuado bien desde el día que me burlé de ella. Aunque no he podido dejar de imaginar que pude haberme vengado de otra manera. Está sonando el teléfono. El timbre de ese aparato me parece aterrador. Nunca sabes quién te hablará del otro lado de la línea, ni qué querrá. Si es una denuncia o una orden de aprensión. Siempre es así. No sabes qué voz te sorprenderá. Lleva todos estos días sonando. No lo voy atender. ¿Quién demonios querrá hablar conmigo? ¿A quién le urge tanto saber de mí que investigó donde me encuentro? ¡Ya! De nuevo las voz en mi cráneo. ¿A quién le pongo atención? A nadie. El timbre cobra más molestia y no puedo dejar de escucharlo. Alzo el aparato. Del otro lado sólo se oye una respiración agitada, como si fuera la mía, junto al sonido de una habitación vacía.




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