viernes, 30 de marzo de 2007

.110.

(fragmento del cuento Simulador)









Una semana más. La casa Usher se hundía. La fachada se infestó de hongos, el estanque se llenó de juncos enfermizos, se convirtió en una reserva de agua fétida y detestable; daba miedo acercarse a él. Roderick se volvió un hombre áspero y lascivo, por no tener la droga a su alcance. Sólo tener relaciones sexuales con su hermana lo relajaba. Llegó la carta de M, por la noche, y contenía lo siguiente:

Querido amigo, las cosas por acá son frías, ha llegado el otoño y mi cumpleaños. Como sabes, esta pequeña ciudad es muy helada. Su arquitectura de cantera funge como un caparazón térmico. Me reconforta el saber que te sigues acordando de mí. Cuando una se encuentra sola en el mundo, lo único que busca es la comunicación, hablar con quien sea, contar cosas nuevas. Tú sabes, desde siempre he sido una vieja solitaria y a pesar de que dicen que tengo una posición económica envidiable, la gente me ve con desdén por ser tan introvertida. Como te acordarás, este día cumplo los cincuenta y tres años. Mis hijas organizaron una gran fiesta. Invitaron a gente aristócrata y otras cosas. Cuando se llega a mi edad celebrar los años ya no es grato. Es una pena ver ante el espejo ese rostro viejo, desconocido. Mi cuerpo está inservible. La carne se ha marchitado.
¿De qué sirve el cuerpo si la vida misma lo desvigoriza hasta descomponerlo?
Sí, J, ¿de qué sirve?
Tal vez no lo puedas notar: me encuentro nauseabunda. Pero aclararé: el hecho de que me haga vieja no es lo que ahora me altera. No.
Tú serás de los únicos en saber: espero la muerte sin miedo. Lo que venga en futuro lo aguardo sin dolor.
Hace algunas noches estuve soñado con un hombre italiano. Nunca lo había visto en mi vida. Yo estoy siempre acostada en mi cama y él se la pasa escribiendo a mi lado. Cuando habla, sus palabras están calibradas, son exactas como la voz de un poeta. Recuerdo: en el sueño de ayer lo miré con detenimiento y le pregunté qué hacía junto a mí. Lo hice con tanta agresividad que volteó a mirarme con sus ojos miopes y dijo: ‘La muerte tiene una mirada para todos’. Y me desperté azorada.
¿Qué podrá ser eso, J? ¿Quién será aquel hombre?
Pregúntatelo tú, la muerte no significa ya nada para mí.
Cambié de médico, te conté mis razones en la misiva anterior. Hace una hora salí de su consultorio. Le platiqué sobre mi consumo de opio en la clínica que trabajabas. ¿Recuerdas? Donde nació nuestra amistad. Después le informé sobre mi consumo de la hoja de coca, lo que pasó con el doctor R y sobre la inhalación del extracto. Me preguntó cuánto tiempo llevaba haciéndolo y cuánto inhalaba a diario. Terminé de contar mi historia. Me preguntó si tenía continuos sangrados nasales, mareos y dolores fuertes de cabeza.
Y sí, J.
La migraña que ahora me ataca se ha transformado en un marro que golpea mis neuronas sin detenerse. Es insoportable. El sangrado es hostigoso, difícil de frenar. Hace un par de horas fue mi fiesta, mi último cumpleaños. En la comida, mientras tomaba con el tenedor un corte de lomo para introducirlo a mi boca, gotas de sangre cayeron al plato. Gotas espesas. Gotas que anunciaban mi fuga de este mundo. Me levanté desaforada y fui al baño. Imagina el rostro de todos. Una de mis hijas estuvo a mi lado hasta que el flujo cesó. El dolor de cabeza fue tan intolerable que me orilló a ir con el médico.
Hace unos momentos, J, me acabo de dar cuenta de todo. Después de un estudio neuronal, me informaron que tengo destrozada más de la cuarta parte de la corteza externa de mi cerebro. Mi nariz, mis vasos nasales están atrofiados.
¿Cuál es el motivo?
La cocaína se puso al mercado hace varios años y algunos neuróticos la descubrimos hace poco. Su venta era excesiva y algunos distribuidores, entre ellos el medico R, no se daban abasto en su negocio. Sus fuentes de abastecimiento redujeron. A la vez, el efecto de su droga perdía filo y los consumidores se volvieron más resistentes a los síntomas, entre ellos yo. R se dio a la proeza junto a otros especialistas, explicó mi nuevo médico con detenimiento, a solucionar el asunto mezclándole al extracto éter, analgésicos, y lo que es peor, residuos de vidrio molidos finamente. Así, al momento de inhalar esta mezcla, el vidrio perfora las arterias y el extracto llega a las neuronas con más violencia y profundidad. Por esa razón los sangrados son consecuentes. Cuando vuelva a ver los coágulos de sangre fluir de mi nariz, estaré tentada a pensar que mi cerebro escurre por mis fosas nasales.
Me alivia saber, gracias a tu misiva, que tú no has consumido la droga que te mandé los últimos días. Gracias a eso no eres ahora víctima de este infierno. Me siento tranquila. No me convertí en verdugo de nadie. He pensado en denunciar a R. ¿Qué ganaría? No tengo ánimos de luchar. Ya no hay salida, J.
No quiero que se divulgue que moriré. Sólo tú sabes ahora la razón. Quizá sea la última carta entre nosotros y todo quede en el olvido.
No sientas que sufro. No. Veo la muerte como un camino placentero que podrá aliviar mi neurosis.
Ahora creo entender a qué se refería aquel joven italiano que dominaba mis sueños. Debes enterarte que, ante todo, fuiste mi amigo y que la cocaína es una droga estupenda que logró controlar mi migraña. Pero el maldito lucro humano la ha transformado en veneno. La cocaína puede ser el azote de la humanidad, si se quiere ver de ese modo. Pero todo azote necesita un manipulador, un verdugo. En lugar de tenerle temor a ese azote, sería bueno recapacitar sobre el verdugo. Ahora el alcaloide es legal. Sí. Pero no dudes en que dentro de un tiempo nos prohíban nuestro derecho a consumirla y los malditos verdugos eleven el precio para que los neuróticos paguemos más por el único paliativo que languidece nuestra pena.
Ya casi es la una de la madrugada y el frío molesta mi nariz. No sé cómo despedirme de ti. No sé cómo escribir las últimas palabras. ¿Cuáles pueden ser los términos precisos para decir un adiós entrañable? Quizás esta carta te llegue dentro de una semana o menos. Cuando la leas mi cuerpo desaparecerá de esta helada ciudad. Tómalo con calma. Recuerda: estás en mí.
Siempre tuya:




M.

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