lunes, 5 de marzo de 2007

.105.

.mierda de avestruz.





Ayer, superada una gripa descomunal, fui por una parte de los dos libreros que tenía en la casa de mi hermano. En un solo viaje logré traer al departamento los libros de teoría literaria de la editorial Gredos y algunas novelas publicadas en Tusquet’s, Anagrama y Alfaguara. También engargolados: la obra de Coetzee, la de Paul Auster y algunos cuentos que redacté hace unos cuatro años, antes de entrar a la universidad. Y notas sueltas que escribí conforme fui redactando ensayos o cuentos. Me llevó toda la noche y parte de la madrugada leer los textos y seleccionar cuáles irían a la basura y los que aún podían reescribirse.

Es casi un trabajo titánico, utópico, diría Ricardo Piglia, rescatar los cuentos escritos años atrás, sin quitarles la esencia que te impulsaron a escribirlos, o la esencia que intentaste depositar mientras los escribías. Aún hoy me pregunto: ¿Cuál era mi intención al escribir esto? Y me doy cuenta que mi principal preocupación (estamos hablando de hace cuatro años) era alcanzar una buena sonoridad en las palabras, en el fraseo, en las oraciones cortas. La historia la dejaba a un segundo plano, no la descuidaba, pero tampoco le ponía la atención que le pongo ahora.

Eso de revivir cuentos más que muertos se ha convertido en casi un reto; trabajo que me hizo decidirme a reescribir un cuento llamado Torzámosle el cuello al gato. Es un texto de ocho hojas, sencillo, que devela una despreocupación en describir los detalles, las atmósferas. Es sólo el monólogo de un hombre desilusionado porque lo ha dejado su novia, una prostituta joven (no me juzguen aquellos que crean que esto es un lugar común), y a los dos meses le dan la noticia de que la encontraron asesinada en un congal. El tema coquetea con el género fantástico; el personaje se obsesiona tanto por los prostíbulos que comienza a visitar todos los de su ciudad y de otras ciudades, esperando un reencuentro con su novia muerta; en una de sus visitas la encuentra, no sabe si es una alucinación; la sigue hasta su camerino y al abrir la puerta encuentra una linda gatita echada sobre una cama. Así termina el cuento. El problema no es la historia; esa, bien o mal, se puede enderezar, pero el lenguaje del personaje, sus disertaciones que rayan en algunas líneas en lo moral, en lo cerrado, me parecieron dignos de abolir y reconstruir más detalladamente. Aunque, rescatar un texto del pasado, usurpar la idea creadora que tenía hace años con la que tengo ahora, se me ha convertido en una especie de trabajo de granja; al meterse al texto uno se mete al corral de los avestruces y tiene que sacar o limpiar toda la mierda que sea conveniente, sin importar lo apestosa que sea, o que se pueda quedar apresado.
Deséenme suerte.
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