miércoles, 3 de mayo de 2006

.una ciudad sin rostros.



Todos sabemos que el mal sicosomático se presenta en el cuerpo después de tiempo transcurrido, que las causas son la acumulación de masa encefálica en el cerebro, la desatención de una fiebre alta o una gripe. Algunos de sus principales síntomas son la creación de enfermedades de manera imaginaria, la paranoia, la esquizofrenia y amnesia. Se sabe que es imposible que esta enfermedad llegue a un desarrollo pleno y se apodere del enfermo de un día para otro, muchos menos dos días después del análisis médico.
Ese día desperté con el más amargo sabor de boca. Sabía que mis días estaban contados en esta ciudad. H aún dormía; la parte baja de su espalda estaba descubierta cuando dejé la cama para ir a la ventana y ver la luz del día. En las copas de los árboles había varias aves cantando, el cielo se veía claro y algunas nubes se cernían en él. Olvidé un poco mi enfermedad. Tomé mi medicamento. Me vestí sin hacer ruido y acaricié la espalda de mi H. Bajé a la cocina a preparar café. Abrí las puertas de la lacena para sacar un trasto que, por mi torpeza, tiré al suelo; el sonido de los vidrios rotos despertó a H. Bajó a la cocina para ver qué sucedía. Al acercarse a mí para darme un beso sentí vértigo. El rostro de H, misteriosamente, había desaparecido. Me provocó pánico volver a mirarla. No quise demostrarlo, suficiente tenía lidiando con mi enfermedad y con la idea de que en unos días más no estaría a su lado.
Me senté en el sillón. Intenté calmar mis miedos. Supuse que era la primera anormalidad de una larga serie que se presentarían con el tiempo. Pero era imposible: el médico, en la consulta anterior, informó que tardaría tiempo para que mi enfermedad progresara y tardaría meses, quizá, para que se presentaran alucinaciones de cualquier índole.
¿Te sucede algo?, preguntó H ofreciéndome la taza de café. ¿Te sientes mal? ¿No quieres ir al trabajo? Mientras escuchaba sus preguntas tuve miedo de verla como lo hacía a diario; corresponder un juego de miradas y de sonrisas y después robarle un beso. ¿Qué le pasaba a la mujer que tanto amo? ¿Dónde estaban sus facciones angelicales, sus labios, sus ojos?
Tengo que irme, H. Mi trabajo me espera, se está haciendo tarde. Esta ciudad es tan pequeña que los automóviles atascan los bulevares a muy temprana hora. Tomé mi mochila y abrigo para salir. H quedó preocupada cuando cerré la puerta y abandoné la casa. Al abordar el camión busqué los ojos del conductor para olvidar el episodio anterior, pero el rostro del hombre también había sufrido ese cambio, esa deformación, la ausencia de rostro. Turbado pagué el pasaje y giré mi vista a los asientos para ver cuál se encontraba desocupado. Descubrí una visión más de mis males; los pasajeros no tenían nariz, ojos, cejas y las demás partes que dan forma a una cara. Tomé asiento. En el transcurso del camino decidí hundirme en el sillón y cerrar los párpados y aclarar mi mente y recordar las palabras del médico: Las visiones de ese tipo finalizan rápido.
Abrí los párpados varías veces para ver si ya había terminado todo. Sentí que algo me hacía alejarme de la realidad, de H. Seguro no volvería a ver su risa, la vitalidad que expresaban sus gestos. Mi mal me estaba poniendo en jaque, me hundía. Se estacionó el camión. Bajé de él apresurado y con la cabeza inclinada. Caminé así por las calles que llevan hasta mi trabajo. Dos antes de llegar el perro de un vagabundo me asustó con sus ladridos. El indigente pidió dinero y negué sin levantar la vista. Su mascota lanzó una mordida a mi pantorrilla. Al evitarlo me di cuenta que ni el mismo animal se escapaba de mi locura. Era un Bulldog sarnoso y sin rostro.
Faltaba poco para llegar a la oficina. Saqué de mi mochila una revista de moda que tenía de portada la sublime cara de Asía Argento. Una nueva desgracia me hizo regresar el ejemplar a mi mochila; deseé que las facciones de esa chica fueran visibles para aplacar mi caos interno. Pero la anormalidad estaba en mi contra: ella también era víctima, había perdido sus atributos femeninos. Debía comenzar a acostumbrarme a eso, aceptarlo como parte de mí, de la vida diaria, algo con lo que tenía que luchar solo, sin involucrar a H.
Llegué a mi trabajo. Hice como si fuera un día normal. Decidí enrolarme en mis pendientes. Me senté frente al escritorio, ordené mis notas, escuché los mensajes telefónicos, abrí dos de los cajones donde guardo documentos y, al acomodarlos frente a la computadora, me detuve para observar otra desdicha: en el monitor se reflejaba la silueta de mi cabeza como una imagen sin bordes, como un pliego de papel, como la palma de una mano. Solté un grito fuerte. Un dolor desgarrador se descubrió en la estridencia de ese grito. Me tiré al suelo en estado de shock. Llegaron algunos compañeros y los encargados de seguridad para ver qué me sucedía. Al no saber las razones de mi cambio, llamaron a H para consultarla. Ella, sin ninguna respuesta, dejó que un par de médicos se hicieran cargo de mí. Me internaron en un manicomio, lugar donde espero la cura, lugar donde, después de cada sesión terapéutica, escribo que en esta ciudad las personas siguen sin recobrar su rostro…
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