viernes, 10 de marzo de 2006

.Amparo Dávila en la memoria ajena.




Todos suponíamos, como lo afirmó Cristina Rivera Garza en una entrevista en Punto G., que Amparo Dávila estaba muerta:

Entrevistador: ¿Quién es Amparo Dávila?
C.R.G.: Es una escritora que ha sido descuidada (por los lectores), de la cual se sabe muy poco; de hecho muchas personas creen que está muerta. Yo me acabo de enterar que está viva, pero no la conozco.

Cuando leí la entrevista me encontraba inmerso en mi libro de cuentos que manejaba el género fantástico. Consideré importante conocer la obra de Dávila para estar informado sobre qué tipo de estilo fantástico manejaba en sus cuatro volumenes de cuentos: Música concreta, Tiempo destrozado, Muerte en el bosque y Árboles petrificados. Busqué su obra en todo lugar: librerías, Internet, bibliotecas públicas y hablé al Fondo de Cultura Económica. Agotada. En la Biblioteca Central encontré un relativo alivio. Los cuatro títulos figuraban ordenados alfabéticamente en los catálogos, pero al buscarlos en el estante descubrí que un desfachatado ladrón (que no era yo) había privado a otros lectores de conocer aquella obra.
Minutos antes de que cerraran Biblioteca Central di con Música concreta. Un ejemplar maltratado por el tiempo. Mostraba en su portada un sapo atravesado por unas tijeras. Como no llevaba la credencial que me acreditaba como estudiante no conseguí el préstamo. Calmé mis ansias. Por esas fechas le estaba ayudando a trabajar su tesis al encargado de esa misma biblioteca. No era mala idea pedirle el libro. Por la noche recordé un artículo que habíamos publicado en la revista Finisterre (Num. 12, autor: Javier Báez). El texto habla sobre que la obra de Dávila reposa en el olvido o el recuerdo. Y el autor, en una lucha por ubicar su obra a un grupo generacional de escritores, señala que la fecha de nacimiento de Dávila es inexacta. Retomó la afirmación:

“La mayoría de los críticos señalan como fecha de nacimiento de Amparo Dávila el año de 1928. Sin embargo, Emanuel Carballo en Notas de un francotirador y José Luis Martínez Suárez en ‘La narrativa de Amparo Dávila’ sitúan este suceso en 1923”.

En realidad poco importa ese dato, como lo aclara más adelante Báez. Sin embargo, al día siguiente, en la Biblioteca Central, mientras le ayudaba a elaborar al encargado de ese sitio su tesis de maestría, iniciaron a una serie de sucesos perturbadores. Terminé mi labor de corrector de estilo wannabe. Mi cliente preguntó cuánto quería de pago. Le pedí me prestara una temporada el libro Música concreta para leerlo con detenimiento. Respondió que sí, sin problema. Para animar mi interés sobre la obra de Dávila y lo que se decía de ella le mencioné el detalle de la inexacta fecha de nacimiento. En Pinos es muy dado a que sucedan detalles extraños y hasta terroríficos, respondió. Me regaló el libro como muestra de buena fe y comenzaron los sucesos perturbadores. Llegó a mi correo una carta sin firma que decía:

“Fui a Pinos a conseguir la verdadera acta de nacimiento de Amparo Dávila, algunos manuscritos y sus libros. Tengo la revelación del secreto en mis manos. No me conoces pero yo a ti sí. Si quieres conocer la verdad te espero afuera de Vips del centro mañana a las 22 horas. Llevaré una gabardina negra puesta. Te arrepentirás si faltas”

Cuando le comuniqué lo de la fecha inexacta al encargado de la biblioteca no había nadie escuchándonos. En realidad el lugar se encontraba cerrado y sólo los dos trabajábamos en su oficina. Entre el encargado de la biblioteca y yo sólo había amistad de trabajo. Era ilógico que ni uno de los desperdiciaría su tiempo en bromas de ese tipo.
Fui, como se me indicaba en el correo, a Vips. Encontré al informante. Era alto, rubio, de canas prominentes, cejas tupidas y tenía un acento cortado, peculiar. Llevaba debajo de la gabardina un sobre café que protegía el material que me mencionó y los libros de Dávila. Nos saludamos de manera seca. Pasamos a tomar asiento a una de las mesas del lugar. Frente a frente, le pregunté su nombre y me evadió. Me preguntó que para qué quería saber sobre el acta de nacimiento y para qué quería leer los libros de Amparo. Le hablé sobre mi libro de cuentos y mis ganas de conocer qué tipo de género fantástico manejaba la chica de Pinos. Me parecía importante rescatar el registro literario que ella había utilizado y configurarlo a nuestro tiempo. El hombre volvió a guardar silencio. Se acercó la mesara a pedir nuestra orden. Se dirigió a mí como si me encontrara sin compañía. Le respondí que en un momento más ordenaríamos. ¿Quién te dijo que estaba interesado en la obra de Dávila y lo de la acta de nacimiento?, le cuestioné. Eso no importa. No eres el indicado para tener esta información, es mucho para ti. Cuando alguien comienza a interesarse de manera equivocada por esta escritora lo espiaré hasta que se vuelva loco. No mostraré este mismo cuerpo, quizá otro en otro y otro cuerpo, pero nunca lo dejaré de espiar. La obra de Amparo Dávila sólo vivirá en la memoria ajena, no en la tuya, sentenció. Después se fue la luz en Vips por unos segundos. Cuando volvió el hombre ya no estaba.

La siguiente semana ya tenía leído Música concreta. Me pareció estupendo. Mostraba cosas que yo siempre pensé escribir pero por una u otra cosa (llamémoslo falta de visión narrativa y pericia) no lo logré. Regresó a mí el mal del sueño: sólo dormía cuatro horas al día. La pasaba reflexionando sobre el ambiente que se leía en los cuentos, las atmósferas, los personajes, sus traumas. Sobre a qué tipo de poética fantástica se configuraban. ¿A lo extraño? ¿Lo maravilloso? ¿Lo sobrenatural? ¿Lo hiperbólico? O algo más elegante: ¿lo gótico? ¿Qué factores influyeron para que Amparo escribiera de esa manera? ¿Cómo había sido su niñez? ¿Qué formación académica había tenido en su juventud? ¿Qué situaciones hicieron madurar su voz para que creara ese tipo de atmósferas en sus cuentos? ¿Por qué razones había decidido ser escritora? ¿Por qué motivos se fue de Pinos y vivió en DeFe y San Luis Potosí? ¿Por qué siempre aparecen mujeres en sus cuentos? Tengo que ir a Pinos, me dije, quizá allí encuentre respuestas.

Día siguiente. Me desperté casi por obligación, con un dolor de cabeza insoportable. Tenía programado ir a entrevistar a una mujer que estaba internada en el sanatorio de enfermos mentales, ubicado en la salida de la ciudad, a un lado del tribunal para menores. No quiero caer en el exceso de engreimiento al hacer referencias al proyecto de cuentos que trabaja por ese entonces, pero es necesario justificar la razón por la que iría al manicomio. Mi intención era indagar en problemas mentales, razón por la que estaba investigando casos de personas que sufrían de problemas patológicos. Era casi una obligación recaudar registros verídicos para nutrir el proyecto. No conocía a la chica que iba a entrevistar. El director del sanatorio me concedió tener acceso y diálogo con las internas con la condición de que él escogería a las pacientes al igual que los días de visita.

Llegué puntual. Primero había un reja grande. En el patio del manicomio estaba un jardín repleto de árboles viejos, deshojados y algunas bancas de madera. En medio del lugar había un pozo de cantera y arcilla, tapado con una lámina de metal, como los que se hayan en las haciendas. Llegué a la oficina del director: un hombre de traje, no muy viejo, hablaba con tono de voz golpeado. Cruzamos un pasillo de color azul claro. Un azul que mostraba serenidad para la cordura de los pacientes. Ese sanatorio parecía un jardín de niños. El hombre me habló de la condición de la mujer que entrevistaría: Tiene problemas de identidad y aún no han encontrado bien sus daños. ¿A qué se dedicaba antes de que fuera internada?, cuestioné. Estudiaba Letras, era una chica aparentemente normal. Leía demasiado. Según sus padres, llevaba buena relación con su novio, amigas, respondió el director. Entonces, ¿por qué razón está internada?, interrumpí. Los padres aseguran que el desequilibrio mental surgió cuando ella regresó de Pinos. Trabajó allá su tesis de licenciatura. Los padres descubrieron que ya no dormía bien, que languidecía, olvidaba las cosas continuamente, cualquier ruido le molestaba. Decidieron internarla porque llegó a destruir el suelo de su alcoba con un pico de acero, oía ratas que paseaban debajo de su cama. No la dejaban dormir. También notaron que su yerno (que tenía planeado obtener el matrimonio) ya no la visitaba. El novio le contó a los padres que había dejado de verla porque lo amenazó de muerte con un cuchillo en la mano si la seguía viendo y a regalarle animales muertos. El último episodio que desconcertó a los padres fue que la hija comenzó a guardar sapos destazados bajo su cama. Nunca supieron de dónde los sacaba. Puedo ver su diagnóstico, pregunté. Sólo esto, respondió el director enseñándome una hoja con el siguiente recuadro:

Nombre del paciente: Gris.
Desorden patológico: excesivo
Esquizofrenia: excesivo
Paranoia: alto
Neurosis obsesiva: alto
Obsesivo-compulsiva: alto

Antes de que el director me pasara con la paciente le pregunté si sabía de qué trataba la tesis de la interna. De una escritora de Pinos, respondió, los padres no saben el nombre. Conseguimos el trabajo para leerlo y ver si había algo que nos ayudara. ¿Qué hallaron?, lo interrumpí. El trabajo está en blanco. Nada.

El director me pidió fuera al patio donde paseaban los internos, ahí entrevistaría a la paciente, frente al pozo que vi cuando ingrese al lugar. Mi caminado delataba sorpresa, pero sobre todo turbación, cada paso que daba se convertía en miedo. Sabía que esta segunda coincidencia no desencadenaría en un final reconfortante. Esa segunda coincidencia me hizo sacar variadas conjeturas que alimentaban mi interés en conocer a la paciente y dar con los motivos que la hicieron perder la razón.

El día se notaba claro. No hacía nada de viento. Un clima cálido, animoso, rozaba mi rostros. El director me presentó a la enferma: era una chica de cuerpo espigado, de piel clara, ojos grandes, labios delgados y nariz pequeña. Era atractiva, su rostro me recordó al de las muñecas rusas. En este caso era una muñeca taciturna. No me saludó, llevaba su cabeza inclinada. El director la sentó en una banca, al lado mío. Le dijo: Gris, él es joven del que te hablé, quiere platicar un momento contigo, ¿lo puedes atender? Ya he dicho que no me llamó Gris, contradijo la chica con una voz que parecía no venir de su cuerpo, sino del limbo, un voz que provenía de un pecho que tenía apresado el mismo limbo. ¿Puedes atenderlo?, volvió a preguntar el hombre. El joven sólo quiere que platiques lo que más te gusta... Escribir, interrumpió la chica.

Prendí la grabadora de voz. Oprimí el Rec. El sol comenzaba a ocultarse. El director prometió regresar en medía hora. La chica dirigió sus ojos a los míos por primera vez. No aguanté su mirada y comencé a hacer las preguntas:

J.F.: ¿Sabes por qué estás aquí?
Paciente: Por qué todos quieren hacerme creer que me llamo Gris.
J.F.: ¿Cuál es tu verdadero nombre?
Paciente: Amparo Dávila.
J.F.: ¿Qué te gusta escribir, Amparo?
Paciente: Algo que nunca conocerás. Que está en la memoria de todos. Nunca estará en la tuya.
J.F.: ¿Por qué te gusta escribir?
Paciente: Porque puedo ser tú, u otra persona. Los demonios suelen jugar a liberarse. La realidad puede ser reparada con la imaginación. La imaginación debe ser exorcizada. Ya no existe la imaginación. Muere día a día.
J.F.: ¿Por qué nadie conoce lo que escribes?
Paciente: Los libros escapan de nosotros cuando los buscamos sin merecerlos. Ansia. Llegan a nuestras manos. Dóciles. Para mostrarnos sus secretos hasta que nuestro espíritu es vulnerable a ellos.
J.F.: ¿Qué debemos hacer para leer lo que escribes?
Paciente: Perder la cordura es la mejor manera de llegar a mí.

Se levantó de la banca y corrió al pozo. Pausé la grabadora para alcanzarla. Percibió que estaba a sus espaldas y dijo: Dentro del pozo siempre estará los que buscas. Dentro del pozo, bajo el agua, está lo que quieres escuchar. Lo que quieres ver. Sólo entra. Jaló la tapa de lámina como si fuera una liviana hoja de papel. La hizo a un lado y apuntó al fondo del agua. Entra, repitió. Todo estaba oscuro. Una luz se descubrió, parecía un pez dorado. Entra, volvió a decir. Mejor entra tú, le respondí. Ya lo hice, vivo ahí, el pez soy yo.

Le pedí al director ver a Gris la siguiente semana, el sábado. Escuché la entrevista un sin fin de veces. La escribí. Me parecieron escalofriantes las coincidencias y a lo que se refería la chica con lo del pozo. Preparé un artículo que hablaba sobre Música concreta y los episodios anteriores para mandarlo a Acento, el suplemento de cultura de Michoacán. Anexé la entrevista. Señalé lo misterioso que era el comportamiento de Gris y di algunas hipótesis sobre su por qué se hacía pasar por la escritora. Al artículo lo nombre: “Amparo Dávila en la imaginación de los enfermos”. Seguí durmiendo a deshoras. Tuve sueños incomprensibles y hasta lúgubres. Por ejemplo. Una pantera que duerme a mi lado y se da vueltas alrededor de mi cama rugiendo. Un excusado lleno de peces que pedían ser rescatados. A Gris a mi lado queriéndome enseñar lo que escribía y cuando lo hacía se convertía en la pantera. Soné que viajé a Pinos y ahí me encontraba con todas las respuestas a mis preguntas, con manuscritos y libros de Amparo Dávila. De regreso un vagabundo me asesinaba. Soñé que bebía agua del pozo y me convertía en piedra. Llegó a mi correo una carta escrita por el director de Acento, decía que no iban a publicar mi artículo, deban las gracias por mi colaboración y un cálido saludo.

Volví a automedicarme para tranquilizar los dolores de cabeza. Archivé el artículo. Volví al manicomio para entrevistar a Gris. El director me preguntó si me encontraba bien. Por mi cabello desordenado y mi ropa sucia se notaba que había olvidado mi higiene personal. Claro, estoy bien, respondí. Entrevistarás a Gris, sus padres no vinieron esta semana. No deja de preguntar por tu regreso, dijo el médico. Esperé a la paciente al lado del pozo. Esta vez llegó sola, se veía cambiada. El camisón blanco que vestía la hacía ver serena. Llevaba en sus manos el mismo sobre de color café que le vi al tipo de Vips. Me besó la mejilla. Ruborizado le pregunté: ¿Qué me vas a mostrar hoy? Ahora yo haré las preguntas, dijo Gris. Tomó aire, prosiguió: ¿Por qué mandaste ese artículo al periódico? ¿Piensas que estoy loca? ¿Querías que todos pensaran que estoy loca? Loca. Loca. Loca. Soy Amparo Dávila. ¿Tú no lo crees? Seguro tú también quieres ser Amparo Dávila. ¿Me envidias? No estoy loca, sentenció perdiendo los estribos. No, es mentira lo que dices, ¿quién te dijo lo del artículo?, la cuestioné. No contestó. Guiada por un arranque de rabia quitó la hoja del pozo y tiró el sobre café. Intenté detenerla, pensé que también quería arrojarse. Forcejeamos hasta que me hizo perder el equilibrio. Me aventó con una fuerza sorprendente. Caí al agua junto con los papeles que salieron del sobre. Revisé si no había una escalera para salir. No había. La luz se fue poco a poco. El radio de la boca del pozo se convirtió en una luna en cuarto menguante. Oscureció.

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