miércoles, 22 de febrero de 2006

La comunión de los enfermos

Escritores y escritoras, lectores aquí presentes. Me considero culpable de este dislate. Críticos más azuzadas que yo no se colman de elogiar la literatura joven zacatecana y yo disiento, como lo hice en un artículo que ya tenía en el olvido: “Literatura inconsecuente” [“La soldarera” no. 24]. A mis propuestas se opone Oliver E. López. Me demanda con un texto publicado hace dos semanas y para guarecer sus elogios y comulgar con los demás se apoya en uno de sus escritores de cabecera: Carlos Pereda, y a veces (en exceso) deja que hable por él. Créanme estimados lectores, no sabía que tenía que conciliar mis juicios con los de terceros para ganar apego. Aunque, confirmo, luché hasta la fatiga por compartir su entusiasmo ante la narrativa joven zacatecana. Pero no logré apreciar lo mismo. ¿Ineptitud? No: me provocó somnolencia.
La crítica, como cualquier otro género literario, declara una ideología cuando se pone en práctica: una postura: juicios personales. Y yo, al sugerir ver la literatura de nuestra región con otra ideología, relegaron mi postura. (Me llamaron arrogante). Como principio me hizo soltar una risotada. Luego no dejó de rondar por mi cabeza la pregunta: ¿cómo un artículo tan sereno provocó tanto odio? ¿Tan sensibles son las personas de esta ciudad? Ante tal demanda no me queda más que defender mi caso.
Escritores y escritoras, público en general, el debate, como Roland Barthes lo demanda, es una manera de abrir un dialogo. Cada sujeto implicado en él debe situarse, marcar una postura intelectual y proponer conciliaciones u objeciones sólidas en la discusión. El debate, por excelencia, es una confrontación de ideas. Sin embargo, la crítica de López es tan sorda que en lugar de derruir la conversación que propongo la evade para desprestigiar mi persona. Una espesa flojera escurre en todo su texto. Su crítica es pobre: somete al ensayo a un perezoso diseño histriónico: le provoca tedio levantar argumentos propios: se esconde tras los argumentos de Carlos pereda: deja que hablen por él para ganar elocuencia. Sería bueno, para marcar posturas ideológicas, enfrentar sus ideas y desplomarlas. Pero en este caso no sé si enfrentar a Pereda por incitar a sus lectores a discriminar a terceros por ser extrovertidos. O desplomar a López por esconderse tras los juicios de Pereda.
Ante sus sentencias pobres sólo se puede escribir (en realidad no se puede escribir nada, escribo para reafirmar mi postura) cosas quisquillosas: no tengo estos defectos, tengo estos otros, mi crítica sobre la narrativa joven zacatecana no es por estos vicios, sino es por estos otros, mis juicios no se prestan, por ejemplo, para obtener favores económicos de la escuela en la que estudio, como se empecina en asegurarlo López. (Si le rindiera honor a la escuela de Letras, aclaro, escribiría poemas de amor, me emborracharía en presentaciones de libros, organizaría lecturas en espacios públicos para obtener fama y enamoraría alumnas con mis versos). ¿Y el dinero? Me da pena informarle a Oliver que en esta ciudad no nos pagan por escribir. Mis juicios van encaminados a subrayar ausencias e interrogativas.
Subrayo: la falta de talleres optativos de creación literaria y cinematográfica en la Licenciatura en Letras. Cuestionó: ¿qué tipo de formación está brindando esa escuela a los jóvenes creadores de cuento?
La táctica de López es usual: no derruye nada que no haya sido previamente tergiversado. Si bien, dedica la mayor parte de su ensayo a citar mis argumentos, a falsearlos mientras los cita y a empobrecerlos mientras los falsea: que dije esto, que cómo lo dije, que leo, que no sé leer, que discuto, que no discuto. Lo que si discuto (prometo no recurrir a citarme) fue que la literatura zacatecana joven, como todo el arte, debe comunicar, conmover. Mejor aún: evocar sensibilidad. El fin de toda literatura es trastocar la visión del lector ante el mundo. No repensar, ni proyectar ecos y espejismos mal logrados de otros escritores mientras se escribe.
Mi debate habla sobre la ausencia de originalidad en la narrativa joven zacatecana. Y como no lo he olvidado esbozo estas preguntas: ¿dónde termina el experimento de jugar con las influencias y dónde comienza a nacer una voz narradora autónoma? ¿Qué tanto daño le hace a un narrador joven la academia cuando quiere someter el cuento al oficio del ensayo? ¿Cuándo no tenemos un pasado literario en nuestra región a qué recurrimos?
Las producciones literarias (creadas en cierta región o Estado) a través del tiempo van creando una red de antecedentes lingüísticos (me refiero al lenguaje literario). Las tradiciones literarias nacen, se consolidan y se fortalecen con los años. Tienen una consecuencia en los escritores del presente: retomar el pasado para renovarlo con el carácter de lo nuevo (nuevo: contemporáneo). No repetirlo, sino configurarlo a nuestra época. Pero esto a López no sólo le pareció una propuesta arrogante, ni tampoco se cansó de desprestigiar mis argumentos, se dio el lujo de hablar por mí: “lo que reclama Joel es lo nuevo. ¡Hay que estar al día, hay que superarse!”. Es raro: ¿Olvidar el pasado y reclamar lo nuevo? ¿Leer para superarse? Por Dios. Cualquier escrito literario, su lector sobre todo, se debe aventurar a no estancarse en el tiempo. La literatura se ocupa, justamente, de captar episodios sucedidos. El mismo T. S. Eliot en uno de sus ensayos magistrales (“Tradición y talento individual”) propone que no es para nada descabellado que en la creación artística se retomen licencias poéticas del pasado para alterarlas en el presente, en esa apuesta se entreve el talento individual.
Tras la sorpresa de López ante mi postura intenta igualar mi crítica con los estudios académicos: “Cualquiera que se digne de ser crítico tendrá nociones de hermenéutica [...] En Joel Flores no hay tal distinción”. Ante esto quisiera (en realidad no quiero sujetarme a definiciones que serán tergiversadas) explicar que no sólo existe la crítica literaria que se imparte en una escuela. Sino también la que crean los narradores fuera de ellas. La crítica que se sacude tranquilamente las influencias académicas, que pretende (como lo hizo en su tiempo Edgar Allan Poe al escribir sobre Hawthorne y el cuento norteamericano, actualmente Ricardo Piglia al analizar a Borges y a las tradiciones literarias) cuestionar.
La crítica no sólo nace en la academia. Los escritores también abren diálogos y debates que nos involucran en la literatura. Esa es la crítica por la que apuesto. Comulgo más con la crítica que se crea no sólo en nuestro Estado sino fuera de él y de México. Comulgo con la crítica que se preocupa por cómo se veía el cuento en el pasado y en el presente. López me reprocha porque estudio Letras. Le informo (y redundo en mi información): Mi compromiso literario no es escolar, sino individual. Intento abrir un dialogo desde las entrañas del problema.
Ante las tesis sordas sospecho demasiado: le molestan más a López mis defectos personales que el tema que propongo. Le molesta más lo que leo que lo que busco con mis juicios. Mis juicios una y otra vez le parecen intolerables. No considera mis comentarios falsos sino arrogantes. Prefiere más golpearme a mí que a mi debate. Aunque quiera disfrazar su ingenuidad citando a tantos escritores no logra engañarnos: lo que le enfada, en realidad, es no poder calmar su miedo a enfrentarse con otro tipo de información literaria. López no soporta (como otros muchos) cierto tipo de crítica. La crítica que se preocupa por configurarse a una época. La crítica que camina junto con el tiempo. A López le molesta no estar al tanto de la crítica que se da fuera de su ciudad y los juicios de terceros. (Si el cuento es, como lo presupone Guillermo Samperio, una renovación constante, la crítica debe caminar junto a esa renovación).
Los epítetos peyorativos y los juicios sordos se resbalan. Lo que no se tolera, en cambio, es que la misma crítica se ocupe de cerrar los debates y los lectores mimemos ese vicio. Lo que no se tolera, y eso me incita a levantar argumentos contra los juicios literarios costumbristas de mi ciudad, es que la crítica se desentienda de lo qué está sucediendo en nuestro presente y detrás de nosotros.
Estimados lectores, ¿soy culpable?
Al negar que no existe una tradición literaria en mi ciudad (aclaro nuevamente: tradición narrativa), implica abrir un diálogo y discernir dónde comienza nuestra tradición, quién la inaugura y quiénes la retoman. Al subrayar esa ausencia, personas como López no entendieron a dónde camina mi diálogo. Explico: los escritores, casi por obligación, deben crear su propia autonomía (un estilo propio que alcance una identidad). Deben preocuparse por la literatura que los antecede en su ciudad de origen. Esta preocupación no nació en el presente. Borges y Lugones, en su tiempo, sintieron la necesidad de reconocerse en una tradición y no sólo el reconocimiento, sino también incorporarse a ella para trabajar con los rudimentos que les brindaba. Borges, por su lado, propone la tradición centrífuga: una tradición que se alimenta de tradiciones creadas por escritores ajenos a su país. Una manera de recolectar la memoria ajena. Lugones propone la tradición centrípeta: tradición muy particular. Se fortalece sólo por la literatura de su región creada en el pasado. Una memoria propia.
¿Nuestra narrativa joven puede rescatar una tradición para encontrar una identidad (recalco: un estilo propio en su escritura)? ¿En qué escritores del pasado podemos encontrar una tradición narrativa? ¿Estamos creando una literatura consecuente que puede ser rescatada en un fututo? Nuestra tradición literaria no nace con Mauricio Magdaleno, ni con la más reciente escritora Amparo Dávila. Por más persuasiva que sea la literatura de Dávila sólo se le recuerda en nuestras instituciones por los reconocimientos o premios que se le otorgan. Nadie ha rescatado su imaginario en esta ciudad. Lo mismo pasa con Magdaleno. El nombre del autor ha superado la propuesta de su obra. Decimos: ¿literatura zacatecana? y recordamos la palabra “poetas”. Pero no recordamos a narradores que puedan retomarse en el presente. Para crear una tradición debemos comenzar por atender qué tipo de literatura tenemos frente a nosotros. Debemos de entender, sobre todo, qué busca en la actualidad la nueva narrativa zacatecana. Y ese, precisamente, es el trabajo de la crítica.
Estimados lectores, de ser ustedes un jurado caminaría a su lugar mientras ofrezco mi defensa, parsimonioso, acomodando el cuello de mi camisa y soltando un suspiro como si estuviera fatigado. Harto. Diría: Críticos y no críticos, no abjuro contra la narrativa joven zacatecana por la que López ofrece argumentos justificados, sosegados, protectores. No. Lo poco que he leído de este autor han sido textos monótonos, con poca vitalidad en sus cuestionamientos. Se delata en ellos una crítica fofa, al servicio de los libros. Pero no toda la culpa la carga él: una extraña manía de la crítica en nuestra ciudad lo antecede: la crítica con poco interés en abrir diálogos. Abjuro lectoras, lectores, y me considero culpable, contra la enfermedad de comulgar con los demás.


.Joel Flores. 2006.
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