sábado, 9 de mayo de 2009

.199.




Repaso de uno de estos últimos días:




Domingo por la mañana casi tarde:

Desperté desorientado y con resaca. Tenía mucho que no soñaba con las calles de mi pueblo, ni con sus personas. Pensé que ya estaba de nueva cuenta en mi departamento de la Av. México, pero regresé a la realidad al ver el escritorio, la mesa de noche y la ventana que da al patio de los noviciados. “Sigo en Córdoba”, me dije. Tallé mis párpados. Me di la vuelta en la cama y volví a echarme las mantas encima. No bajé a desayunar porque no tenía hambre. Estaba molido. Pensé en salir a comprar agua mineralizada en el supermercado. Pero recordé que no tenía dinero. Así que preferí beber agua de la llave.


Domingo por la tarde casi noche:

Comí cutícula de castor y rebanadas de alfombra. No se alarmen, así le decimos a la papas fritas y a las rebanadas de pizza que Isabel prepara los domingos. Comí muy poco. La resaca aún estaba haciendo lo suyo en mi cuerpo. Me fui a ver la televisión junto a Taro. Me aburrí y me subí a mi cuarto. Quise leer pero comencé a quedarme dormido. Puse Los pájaros de Hitchcock en mi computadora. Me dio más sueño. Así que me acosté y me quedé mirando el techo. Tocaron la puerta; era Taro. Me invitó a dar una vuelta por la ciudad. Siempre hacemos eso, pero esta vez no me apeteció repetirlo. Así que le pedí a Taro que me dejara tranquilo y que cerrara la puerta de mi habitación después de que saliera.


Domingo por la noche:

Tengo que ser honesto si quiero que los demás lo sean conmigo. En realidad no tenía resaca. Sí me puse borracho y me desvelé el día anterior, pero extrañamente no había amanecido como lo he estado contando. La verdad es que me encontraba triste y no sabía por qué. Bueno, tengo que hacer otra confesión. Me puso mal no tener dinero para ir al concierto de Lenny Kravitz. No contar con 20 euros, casi 400 pesos mexicanos, a veces, en momentos importantes, da rabia. En realidad, también, no fue Taro el que me invitó a pasear, sino yo fui el que lo invitó a él. Pero me dijo que no porque quería jugar a la wii. No negaré que me preocupa Taro. Era el más trabajador de la casa, y desde que instalaron la wii en el sala de proyección no hace más que jugar. Ahora dedica sus tardes a los bolos. Quiere ser pro. Yo también le dedicaba unas cuantas tardes. Pero soy tan torpe con los juegos que me desesperé y pronto dejé de jugar. En fin, no tiene caso hablar de la wii, ni de Taro, sino de que estaba triste, muy pero muy triste, porque no tuve dinero para comprar el boleto del concierto de Lenny .


Domingo por llegar a la madrugada:

Me salí a caminar solo al puente romano. Tomé la calle que te lleva al soho. Me detuve en el semáforo y me puse a pensar tantas cosas que ahora no recuerdo bien. Creo que pensé en que si yo llegara a tener mucho dinero, me compraría un coche de color azul, una casa en Veracruz, o quizá en Oaxaca, me compraría un yate y contrataría a varias suecas veinteañeras en biquini para que descubrieran junto a mí el océano pacifico. Juntos escucharíamos a Lenny Kravitz en mi yate. Ellas me darían masaje en la espalda y me prepararían Martinis. Después corregí parte de las ideas. Mejor contrataría a Lenny para que diera un concierto especial para mí en una de mis tantas casas que podría tener siendo un hombre con mucho dinero y poderoso. Incluí a las suecas veinteañeras. Vaya que es bonito pensar cuando se camina. Pero es más bonito ilusionarte con sueños que sabes que nunca se te van a cumplir. Me puse a cantar canciones de Lenny para consolarme, y me detuve en medio del puente romano. Miré el río. Me subí a la cornisa. Abrí mis brazos y me aventé al agua. Es mentira. Sí se me ocurrió aventarme, pero no lo hice. Me detuvo la idea de que sólo iba a caer en esa agua llena de cacas de palomos y en los hierbajos podridos, después la corriente me iba a arrastrar a uno de los molinos. Seguí cantando. Cuando llegué a la muralla noté que lo hacía con una voz tan nítida y tan parecida a la Lenny . Pero no sólo eso, también mi voz simulaba muy bien las repercusiones de la batería del grupo y los solos que el mismo Lenny se aventaba. Me dije: “Joel, está bien que te tomes las cosas tan a pecho, pero preocupa que alucines”. Me senté en una banca, bajo el cielo naranja de Córdoba.


Minutos siguientes del domingo por llegar a la madrugada:

Tengo que hacer otra confesión. No me gusta mucho Lenny Kravitz, lo respetó como músico. Admito que tiene una que otra melodía que me mueve, pero no es mi artista favorito, ni tampoco estaba triste porque no fui a su concierto. Ah, tampoco me quería aventar del puente romano. Sólo salí a caminar porque he tenido mucho trabajo, tanto, que no sé dónde esconder la cabeza. Caminar es lo único que me relaja; más, ver el agua cristalina y sentir el sonido monocorde del agua del río. Suelo pasar hasta dos horas frente a él. Me gusta hacerlo solo, sin que nadie me moleste; más, presenciar esto de noche porque no hay tanta gente. Ese domingo mi tranquilidad fue interrumpida por las canciones de Lenny Kravitz que, a pesar de que el concierto era en un lugar cerrado y lejano de donde me encontraba, las sentía más cercanas que nunca. No me disgusté. Por el contrario: varios recuerdos de mi niñez llegaron a mí. La canción que escuchaba era American Woman, homenaje a Hendrix.


Domingo por la madrugada:

Debo confesar otra cosa. No iba a estar solo esa noche. En realidad me había quedado de ver con una mujer. Se trataba de Elsa Pataqui. En un principio pensé que no llegaría a la cita y me desilusionó un poco. De pronto sentí una mano delgada y femenina en mi espalda, que hizo que dejara la cornisa del puente y me girara. Era Elsa; llevaba sueltos sus cabellos amielados; el viento se los movía para un lado y la brisa de la noche le humedecía su rostro. Le pregunté que si la hacía feliz ser modelo, hacer películas de baja estofa y tener a un novio tan pelmazo. Miento, en realidad no le pregunté eso. En verdad ni uno de los dos habló. Elsa tomó mi mano, me llevó a uno de los molinos que están junto al río, y nos sentamos en el pasto. Así como las palabras sobran en algunos de los mejores relatos, las palabras también sobraron esa noche entre Elsa y yo. Enfocamos nuestra mirada en el capote naranja del cielo. Me dije para mis adentros que Córdoba sería más hermosa si dejara ver sus estrellas, las estrellas del cielo, no las de la televisión, claro. Elsa me contestó con una mirada cariñosa, acarició mi mano y se la llevó a la suavidad terciopelada de su rostro. Volví a decir algo para mí, bueno, y para Elsa. Si fuera poeta, creo que pensé, o mínimo tuviera esa sensibilidad y oído que el artista requiere, diría en ese mismo momento, con mis palabras dirigidas a la noche, varios versos que lograran tatuar los cuerpos celestes en el firmamento. Lo haría sólo para ella, porque su belleza y su acompañamiento se merecían eso y más. Mis pensamientos llegaron nuevamente a Elsa, y las correspondió acercándose más a mí, apoyó su cabeza en mi hombro y sentí el perfume de sus cabellos. Seguimos absortos con el río, y la parte contraria del puente, donde está el soho, donde están las calles que llevan a la plaza la corredera. Lenny daba su concierto, a pesar de que no estábamos junto a él, en primera fila, lo hacía sólo para nosotros dos. Y así nos quedamos, como si fuéramos dos enamorados que nos conocemos de toda la vida y que no les hacen falta las palabras para demostrarse cariño. Sentí que por primera vez algo marchaba bien en mi vida; esa satisfacción podría durar todo el tiempo que yo viera necesario. Abracé a Elsa, quise fundirla a mi cuerpo y que se quedara así hasta que el concierto terminara. Una presencia a mi espalda nos interrumpió. Se trataba de una joven indigente que pide dinero en la ciudad. Ya la había visto antes en la plaza tendillas. Era ucraniana y siempre pedía dinero mientras tocaba la guitarra. Me preguntó que si tenía un cigarro para ella. Le dije que no, ni para mí ni para ella. Me preguntó que si podía sentarse conmigo. No vi el problema; no era Elsa, ni sueca. Y una compañía no se le niega a nadie.





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