jueves, 11 de diciembre de 2008

.184.



Antonio Gala no vive en la casa. Él sólo nos visita una o dos veces por mes, eso me ha dicho Auxi. Aunque en las entrevistas que Antonio le ha concedido a algunos programas de televisión española, dice que en esta generación va a procurar estar más cerca de los residentes. Ayer se nos avisó que vendría hoy por la noche. Así que todos nos despertamos temprano, desayunamos y nos metimos de lleno a nuestras actividades. Eso pasa siempre, pero esta vez lo hicimos bajo la idea de que vendría el rey.

Por la tarde, en la comida, nos dimos cuenta de que aún no se presentaba Antonio y le preguntamos al portero a qué hora tenía pensado llegar. Él nos contestó que quizá en la noche, pero que no tenía la hora exacta. Cada quien se siguió en lo suyo. Yo me fui a mi habitación a leer a Hemingway. Después bajé al comedor a saludar a la cocinera. Por el momento no recuerdo su nombre, por lo que le llamaremos Señora amable. Señora amable es una mujer robusta y de mejillas rosadas. Es my sonriente, y le gusta saludarnos de beso a todos por las mañanas. Le pedí un bocado, así se le dice aquí a una torta de embutidos. Al dármela, me preguntó:

--Oye, muchacho, ya conoces a Antonio Gala.

--No, aún no.

--Pues te has perdido de mucho, es un hombre inolvidable y cuando habla nos tiene muy alegres a todos. Ya verás te va a encantar cuando lo conozcas.

Dejó de hablar y comenzó a mirar.

--Pero deberías de darte un baño para verte presentable antes de que esté aquí.

--Así lo haré.

Tomé mi bocado y le di una mordida. Señora amable me siguió contando cosas de Antonio Gala y la seguí escuchando mientras me terminaba la comida. Me dijo que los pequeños, así le llama ella los residentes, le habían puesto el apodo de “mecenas y papuchi”. Esto me causó risa. Luego me despedí de ella dándole los dos besos, uno en cada mejilla como se acostumbra aquí. Me dirigí a las escaleras al segundo piso. Pasé por el taller de pintura. Subí otras escaleras y caminé a mi habitación.

Revisé lo que había escrito por la tarde, vi la hora en mi celular y me di cuenta de que ya casi era la hora de la cena. Me desvestí y me metí a la regadera y abrí las llaves de agua.

Al terminar el baño, me vi en el espejo la barba que había llevado por años en el mentón y que me hacía ver más viejo y rudo. Así que tomé las navajas de afeitar y me las quité. Tardé unos diez minutos en hacerlo. Luego saqué de mi armario la mejor camisa y el mejor pantalón. Me los puse. Saqué un saco de color negro. Me lo probé y no me gustó. Saqué el de color verde oscuro. Me lo probé y me agradó. Me puse los calcetines, los zapatos. Fui de nuevo al espejo del baño para peinarme. Caminé hacía la ventana y me senté en la silla que está junto a ella. Me pasé ahí viendo la ciudad de Córdoba y pensando en lo que había escrito, y pensando también en lo que pensaba escribir y en lo que jamás lograría, hasta que tocaron la puerta de mi habitación. Era el portero avisándome que ya había llegado Antonio Gala.

Salí rápido. Bajé al taller de pintura. En la entrada estaban varios de mis compañeros. Se veían serios; parecía que estaban escondiendo algo. O bien, que los acababan de regañar y estaban sentidos por eso. Al fondo del taller escuché una voz lejana, pero fuerte e imperativa. César me dijo que pasara. Lo dudé. Su sonrisa es ambigua: no sabes si te está preparando una travesura para ti o por simpático. Volvió a repetirme que pasara y así lo hice. Cerca de la mesa de Julen estaba José María, el director de la fundación, y Luis, el que más tarde sabría que es el secretario de Antonio. Debajo de la luz de la habitación, con las manos cruzadas sobe la espalda y con el cuerpo un poco inclinado, estaba Antonio comentando con fruición los cuadros de los becarios que estaban colgados en las paredes. Lo miré como si fuera algo intocable, un león que ha llegado de nueva cuenta a su territorio y está revisando que todo esté en orden. En lugar de interrumpirlo decidí contemplar sus movimientos calculados, su elegante caminar y escuchar lo qué decía. Creo que nunca le quité la mirada de encima, puesto que dejó de hablar rotundamente y giró su cuello para verme. José María, al notarlo, me acercó a él para presentarnos.

--Antonio, él es Joel, el mexicano que faltaba de llegar.

Gala me miró de arriba abajo como si intentara reconocer algo en mí que había visto antes en otra persona. Sus ojos se clavaron en los míos. Parpadeo. Me dio la mano y dijo:

--Bien, pues bienvenido a la casa.

Se dio la vuelta y siguió escrutando los cuadros como si no me encontrara ahí. Yo también me di la vuelta, sentí que me gruñeron las tripas por el hambre. Salí del taller. Bajé al comedor para ver si la mesa ya estaba lista para cenar. Pero al encender la luz no encontré nada aún.



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