sábado, 20 de septiembre de 2008

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Luego de unos meses de haberme ausentado, les dejo esta reseña que se publicó en la revista Atemporia, en su número nueve. Las razones de mi ausencia fueron dos. Primero me fui de viaje por varios municipios de Zacatecas (Pinos, Nieves, Juan Aldama, Malpaso y Villanueva) con la idea de escribir una novela sobre la infancia y los conflictos armados que están haciendo de Zacatecas una ciudad intranquila actualmente, y trabajar como restaurador de templos. Tuve que dejar la novela por un tiempo puesto que desde España la Fundación Antonio Gala me dio la noticia de que mi proyecto Basado en hechos reales (cuentos) recibió una beca de residencia. Así que tuve que meterme de nuevo al cuento y comenzar a arreglar los cansados trámites para poder viajar. En fin. Les dejo la reseña sobre Buenos días, camaradas, del angoleño Ondjaki. Un saludo a todos.








Buenos días, camaradas, los mejores momentos de una vida

Ondjaki, Buenos días camaradas, editorial Almadía, 2008, 142 pp.

Por Joel Flores



Una de las propuestas que se le debe agradecer a la editorial Almadía, aparte de que es una empresa independiente preocupada por descentralizar el establishment editorial en México, es que está poniendo sus ojos y dando espacio a autores, tanto mexicanos como extranjeros, que posiblemente otras editoriales no se animarían hacerlo por políticas de mercado. Bajo esta primicia la editorial publica este año la novela Buenos días, camaradas del escritor Ondjaki, (Luanda, 1977). Vertida al castellano por Ana M. García Iglesias, la obra está soportada por una estructura sencilla, pero no floja. Dos capítulos que se ocupan por un tema poco concurrido en la literatura africana. La entrada de la paz a Angola --a inicios del año 2000-- y los últimos días de la guerra civil donde intervinieron ejércitos norteamericanos, rusos y cubanos, el primero para proteger y los dos últimos para sesgar el régimen Portugués que oprimía Luanda.

Buenos días, camaradas puede definirse como relato de testimonio personal, gracias a su desinterés en ser una obra que denuncie la desgracia de un país y en declararse en contra de los resabios que dejó el conflicto bélico. Se deslinda de las filas de esa literatura de protesta y se nos ofrece como una pieza narrativa sobre la inocencia, la niñez, y lo que esto implica. Ondjaki concentra su poder creativo y narrativo en evidenciar, mas no reprobar, desde la mente de un niño, lo poco funcional que es el sistema de gobierno de su país, sitio donde los ciudadanos no tienen los mismos privilegios que podría tener un inglés o un francés en su propio territorio. ¿Qué más propicio que el juicio infantil para destilar esto desde una postura honesta y sin victimarse? La novela se perfila a ser una historia construida por lo vivencial y lo artístico, en lugar de fungir como captura de un mundo despostillado.

Ondjaki da a sus lectores una obra que tiene la intención de sacudir la aspereza y el dolor que en apariencia tienen hundida a Luanda. Su postura es llenar de vitalidad y de esencia lo que en primer aspecto nos parece ínfimo. En las cosas que no tomamos en cuenta o ignoramos está mucha de la magia que puede engrandecernos como humanos. Ondjaki nos presenta personajes perfectamente delineados, de peso y dimensiones propias. Los diálogos que urden su novela los leemos llanos, pero entrañables. No sólo dan vida a quien los habla, sino también luz. Aún así, en Buenos días, camaradas se hallan los elementos para delatar la realidad como una peste. Sin embargo, la técnica narrativa de su autor es ocultárnoslos muy bien debajo de otros elementos, como lo son la infancia y la construcción de escenas y atmósferas con sensaciones, bajo el juicio de que narrar es insinuar o sugerir.

Buenos días, camaradas está narrada por una voz infantil pocas veces revelada con el nombre de Ndalu. Esta voz, siempre tierna y dulce, aguda y a la expectativa de dilucidar su entorno, nos cuenta sus aventuras y el amor que le tiene a las personas que le rodean: su tía Dada, el camarada Antonio, sus padres y sus compañeros de escuela, así como sus maestros. Nos muestra lo absurdo que le parece que los presidentes de otros países anden caminando sin guardia nacional a sus espaldas --al contrario del mandatario de Angola--. Así, también, el que los rusos tengan, en un país que no es de ellos, un mar propio. Pero lo que hace ser a Ndalu un personaje entrañable, a pesar de que se encuentra ensamblado en un ambiente adverso, son su carisma y su cándida, a la vez despierta, visión del mundo. Sus ideas y cuestionamientos nos permiten pensar que la morada de la imaginación, donde habitan las historias grandiosas, donde se concentran los sueños del hombre, se halla en la niñez. No importa que el mundo se caiga a pedazos frente a nosotros, la imaginación siempre estará para salvarnos.

En Ndalu se descubre una hermandad con Peter Pan de Matthew Barrie. A ambos personajes los define la dominante de negarse abandonar el sendero de la niñez: “Los mayores no exageran automáticamente las cosas que cuentan y no se quedan mucho tiempo hablando de las cosas que uno ya hizo, o que le gustaría hacer. ¡Los mayores no juegan a decir buenos chistes, ni albures! Ser mayor es muy aburrido”.

El mundo de Buenos días, camaradas, como Nunca jamás de Peter Pan, está construido por niños que muestran sus miedos, que se definen por negarse a crecer, que se iluminan cuando sueñan, porque saben que al llegar a la edad adulta finalizarán muchos de sus deseos y se les abrirán las puertas a nuevos temores, a nuevos mundos. Niños que creen que en su ciudad suceden cosas increíbles que erigen muros frente a la hostilidad y los resabios de una guerra: “Sí, tía, como te lo cuento: aquí en Angola los cojos, los lisiados y las personas en silla de ruedas son los que más corren”, le confiesa Ndalu a su tía Dada. Y nos lo insiste en líneas siguientes luego de haber huido juntos a sus compañeros de escuela de la amenaza llamada Ataúd Vacío: “En fin, aquí en Luanda no se puede dudar de las historias que te cuentan. Hay muchas cosas que pueden suceder y otras que, si no pueden, terminan por suceder de alguna manera”.

El personaje se refiere a su maestra que tiene de prótesis una pierna de acrílico que le ayuda a correr más rápido que un maratonista al sentir una amenaza presente, a un cocodrilo que vive junto a una familia en la misma casa, y a un ladrón que puede escapar de cualquier policía pero no de su misma suerte. Esos detalles, más que parecer imposibles, lucen en esta novela como objetos mágicos que la dotan de una creatividad esplendida.

Buenos días, camaradas se configura dentro de la tradición de la literatura portuguesa, está soportada por el registro de la saudade reconocida como la añoranza de un recuerdo especial y determinado. Lugar donde están todas las cosas que amamos, donde por primera vez percibimos un olor, un ruido que se resiste abandonarnos. La prosa de Ondjaki nos recuerda que la memoria siempre nos insistirá a vivir en dos mundos. El del pasado, que encapsula la felicidad o lo más preciado de una vida. Y el del presente, donde nos obligamos a que no se nos vaya de las manos lo más hermoso que hemos vivido. La añoranza. Ondjaki nos lo advierte al citar como epígrafe los versos del poeta Óscar Ribas en el primero y segundo capítulos de la novela: “Tú, saudade, revives el pasado, reenciendes la extinta felicidad”. Con ellos nos invita a dejar de pensarnos como adultos para partir a ese sitio donde está lo que nos precede y dio forma, a ese lugar donde está lo inolvidable, la primera etapa de una vida. La infancia.

Con esta pieza narrativa descubrimos a un autor que ve a la literatura de manera funcional: con fabular se intenta tocar las fibras sensibles, remover los sentimientos del lector. Contar historias no es decir o no decir, sino buscar maneras para reconocernos como humanos, como camaradas.

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