sábado, 3 de noviembre de 2007

.153.






La disimilitud de lo similar
(recuerdos desperdigados)



Daba el año 2002 y yo estaba más perdido que nunca, o imaginaba estarlo. Contaba con apenas 17 años de edad y quería ser escritor aunque no supiera nada del significado de esa palabra. Estaba por terminar el cuarto semestre de preparatoria en la UAZ programa 2, y asistía a clases con un fervor e enjundia casi descomunal. Mi única idea para un futuro próximo era entrar a la licenciatura en Letras. Pensaba, por aquellos años, que una licenciatura en Letras te ayuda a nutrir el oficio de escritor. Pensaba, de manera tonta y superflua, que saldría con la mano bien entrenada al terminar la carrera y que cuando me sentara frente al escritorio escribiría un montón de cuentos y de novelas y de más con una soltura más que impresionante. Sin embargo, no sucedió así, o no ha sucedido así. Pero el que me haya arrepentido de manera prematura y casi al instante de haber entrado a una carrera de Letras no es la historia que quiero contar aquí. La historia que quiero contar aquí es tan mínima como cualquier otra, tan parecida y corta como a la que le ha pasado a cualquier otro.
Por aquellos años yo tenía inclinaciones de estudiar filología, de ser un teórico literario que cargara con un fardo de información como el estudiante carga con su mochila y estaba deseoso de leer y leer y leer y comentar lo que leía a diario. Después de haber entrado a un taller literario en el que duré poco, pero que fue determinante en mi disciplina creadora y (lo mejor) en saber que los talleres se deben abandonar a un tiempo en el que el mismo taller lo dicta, sucedió una iluminación, o se abrió una de esas puertas que poco se abren en este mundo. Conocí a Javier Báez.
Javier es uno de los novelistas de San Luis Potosí poco conocidos y quizá poco valorados. En su obra se hallan dos libros de cuentos y una novela publicada en Nueva imagen. Javier me impartía la materia de Literatura y Comprensión literaria en la escuela que nombro. Y, tras varias platicas fuera del salón sobre Cortázar o no recuerdo si sobre Gustavo Sainz o no recuerdo si sobre Vargas Llosa, no tardamos en hacernos amigos y en que él se diera cuenta de que yo era como una gaseosa a punto de explotar. O mejor dicho, Báez se dio cuenta de mis altas y desbordantes ansias de aprender y de ser un escritor. Decidió que (quizá por el bien de mis condiscípulos y mi ánimo que nunca paraba de participar en clase) yo debía dejar el aula para irme a leer en su propio cubículo libros que, según su buen ojo crítico, yo debía conocer antes de entrar a una carrera de Letras.
Fue así como comencé a leer cerca de 3 horas diarias libros de teoría literaria dentro de un cubículo sin desayunar bien del todo o desayunando a la vez Doritos Nachos con Frutsi de sabor mango. Fue así como conocí a los Estructuralistas franceses, a los Formalistas rusos, a Marxistas como Bajtin y Ellinton. Recuerdo aquellas tardes soleadas en las que salía de esa actividad embotado, con los cabellos desordenados y los ojos llorosos. Fue así como me hice de un montón de copias y engargolados que están en uno de mis libreros en estos momentos. Y fue así como, quizá de manera torpe y aún no sé si es cierta esa idea, descubrí que no existe escritor sin teoría ni teoría sin escritor, aunque muchos escritores lo nieguen y argumenten lo contrario y piensen (como yo también estoy pensando en estos momentos) que siempre hay que tener un pie en los libros y otro en la calle.
En fin. Fue así como, después de haber leído esos libros y algunas veces entender todo y otras veces entender nada y otras estar en medio de ninguna parte, decidí ser ingeniero en lugar de albañil, ser ciudadano en lugar de turista. Espero no se malinterprete lo anterior.
Recuerdo que (y ahora mientras escribo esto me da risa saber que era un ñoño de lentes grandes) todos mis compañeros preferían volarse la clase de Literatura para irse a emborrachar al Parque de la palta junto a los mejores biscochos del salón o a alguna casa de algún despistado. Recuerdo que, tras mi enorme envidia, me vengaba diciendo que, a pesar de que me perdía de todas esas fiestas que tanto se hablaban en el salón el día siguiente de haberse realizado, yo acudiría a una mejor fiesta, a una donde pudiera encontrar la felicidad y aprender más que con la ayuda del biscochín y otras cosas, y que la hallaría, aunque fuera en los libros.
Ahora que me detengo mientras escribo esto y lo leo y lo vuelvo a leer y me doy cuenta que no he dicho mucho en realidad, me pregunto que ánimo me insufló a escribir todas estas palabras y enterrarme de nuevo en el pasado. Sucede que mientras hoy por la mañana buscaba algunos cuentos que escribí en la preparatoria (cuentos inconclusos o conclusos que nunca salieron del clóset) hallé aquellas copias que leí en el cubículo de Javier, aquel libro que habla de la historia del Formalismo ruso escrito por Sklovsky y cuenta la historia de los cuatro formalistas más nombrados: Eichenbaum, O. Brik, Tomashevski y Tinianov, que habla sobre sus estudios más representativos, la hermandad que los unía. Sobre su vida, dónde nacieron y cómo murieron. Sobre la guerra civil rusa.
El libro se llama La disimilitud de lo similar. Es un libro entrañable. Son memorias: novela la vida de cada uno de estos personajes y sus páginas; esas páginas escritas por Victor Sklovsky de manera sencilla y sin artificios, están salpicadas de emotividad, de emociones, de amor a la literatura, de nostalgia.
"En mi guía telefónica hay nombres a los que ya no puedo llamar. Pero los nombres no se borran de la memoria; viví junto a mis amigos y pensé junto con ellos. En sus errores hay gran parte muy grande de mis errores. En general, en esta vida he hecho felices a muy pocos. Cierto que en sus hallazgos también hay perspicacia y la huella de nuestras conversaciones". (página 17)
Ese libro me ayuda a conocer la parte humana de estos teóricos y nos ayuda a entender que no sólo fueron creadores de estudios fríos muy cercanos al cientificismo. La nostalgia que Sklovsky deposita en este libro ayuda a entender que esos teóricos eran humanos y sólo vivían para la literatura. Hay un pasaje donde Eijenbaum, tras no saber cómo calmar el intenso frío de Diciembre dentro de su casa, decide quemar algunos de sus manuscritos y algunos de los libros que descansaban en su biblioteca, si no morirían congelados él y su esposa. Hay otro donde ha concluido el estudio completo sobre el Capote de Gogol y tras un saboteo por parte de los soldados rusos desaloja su casa junto a su esposa, guarda el manuscrito en la cartera para que no se le pierda y, al día siguiente tras amanecer en un campo de refugiados, descubre que le han robado la cartera.
Recuerdo que la tarde que terminé de leer ese libro entró el frío a Zacatecas y el clima daba (como en todo Diciembre) avisos de una posible nevada. Salí del cubículo, algo desconcertado, vi el cielo gris como lo estoy viendo ahorita por mi ventana, mientras escribo intentando rescatar los años pasados, me subí el cuello del abrigo y me eché a caminar simulando que caminaba por cualquier calle rusa, sin saber dónde queda el final del camino.





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