jueves, 12 de octubre de 2006

.Esquela.


Escribo para ti. Para los días que estás ausente y tu regreso se vuelve eterno. Traerte a casa con la consoladora magia de las palabras es lo único que me has enseñado. Te recuerdo. Y la angustia se yergue como un muro de sal en mi garganta y luego un nudo, un nudo grueso y áspero que me ahoga, que me hace caer en un acantilado. Caigo y me abrazan tus palabras como gritos, tus palabras en todas partes, me ciñen como un ala de buitre cubre su presa y me advierten que no volverás a mi lado. Te marchas, sólo veo tu espalda. Yo dentro de un lago y tú en la orilla. Por más que me esfuerzo en nadar para alcanzarte mis brazos no responden. Escribo para ti y las horas se convierten en navajas que surcan mis venas, lento, detenidamente me desangro. Y también detenidamente pasa la noche y todo es angustia y dolor. Un dolor de sienes y cadera y confusión. Confusión en este tétrico habitáculo. Todo da vueltas, vueltas. Me encuentro frente a la ventana y las gotas de la lluvia se desploman frente a mí, como mi vida se desploma en este vacío, en este estarse desgajando por tu ausencia. Afuera sólo hay ruido. Un ruido triste provocado por los transeúntes a toda prisa, la velocidad de los automóviles y el televisor del vecino apaciguando su soledad. Pero dentro, en casa, todo es silencio y los sonidos del exterior son un pistoletazo detonado por un ladrón en plena madrugada. Me cimbra, me embota, me hace temer y retrocedo, como si de espaldas penetrara la puerta que me lleva al pasado. Me vuelvo a hundir en la angustia, como quien despierta de una pesadilla con el sudor en la frente y las amígdalas dilatadas. Escribo para ti, en esta noche estridente, con la luz de la lámpara del escritorio quemándome el rostro. Y aunque a nadie le importa lo que un sujeto inane como yo pueda hacer con su diestra, escribo para ti, para construir con palabras y palabras el camino o el puente que te traerá a casa.
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