lunes, 4 de septiembre de 2006

.Hemingway.






No es vanidad ni pedantería, lo que sigue a continuación sólo es un detalle baladí. Irrelevante. La última semana de Julio me di unas vacaciones literarias: decidí dejar la ficción y crítica literaria para leer El oficio de escritor: libro que reúne un entretenido compendio de entrevistas a escritores norteamericanos; entre los seleccionados están Truman Capote, William Faulkner, Henry Miller, T.S. Elliot y Ezra Pound. En la correspondiente a Hemingway, hecha por George Plimpton, descubrí que el maestro de los diálogos cumplía años la misma fecha que yo: el 21 de Julio. No quiero ensalzar mi vanidad con esto. No. Si entre las líneas se asoma mi arrogancia como el hijo de vecino fisgón, sugiero la ignoren. Algo en mi cabeza, hablo de estos últimos días, me exige explicar un episodio que viví en Puerto Vallarta hace dos años, cuando visité un bar que lleva el nombre de Ernest Hemingway.

Detalles abajo.
Por esos años yo era relativamente feliz como persona. Tenía dinero gracias a mi ex trabajo como gerente de una gasolinera llamada Colón, que se encontraba a la salida de mi ciudad. Tenía una mujer mimosa que gracias a sus arrumacos y atenciones me había motivado a decirle adiós al onanismo. Pero lo fundamental de esta historia es que yo era feliz como escritor. Sí. Un escritor tremendamente orgulloso con su trabajo, que siempre llevaba una sonrisa de oreja a oreja cuando caminaba por las calles. Acaba de terminar mi primer libro de cuentos y como incentivo por esa labor me tomé unas vacaciones en Puerto Vallarta. Solo. Sin ninguna compañía que arruinara mi retiro espiritual y laboral. “El mar es el lugar en el que nos disculpamos por las canicas que se nos escurrieron entre los dedos sin que hayamos entendido por qué”, escribió Enrigue. Y era más que seguro que a mí se me habían escapado demasiadas canicas de los dedos mientras escribí ese libro. Pero eso a nadie le importa.

Me hospedé en un hotel cómodo y de gran turismo, llamado Palladium. Los días que estuve en la playa los pasé ebrio, refundido en el bar Hemingway y por las noches, después de hacer el amor con alguna turista, leía satisfecho el manuscrito y un extremo orgullo brotaba de mis cavidades. En Vallarta me di cuenta que en verdad yo sería escritor. Un escritor de verdad. Se trataba, y me da pena confesarlo, de un estado de egocentrismo en su más plena y poderosa revelación. No es mentira: por aquellos años me creía el nuevo Truman Capote. Pero eso ahora no importa.

Hablemos del bar Hemingway.
Su decorado era sumamente cubano, muy a La bodeguita del medio. Acudía mucha gente. Sobre todo gringas potables y accesibles. En la pared contigua a la barra había infinidad de fotos del escritor y de sus manuscritos y de sus esposas y de él cuando ganó el premio Nobel y de él con Scott Fitzgerald. Visité continuamente ese lugar porque lo sentí como el templo que debe acudir cualquier escritor amateur, un lugar preciado, de iniciación. Recuerdo que a mi viaje, esto es más que una coincidencia, sólo llevé una novela de Javier Cercas: La velocidad de la luz. El libro trata la historia de un soldado gringo que fue parte de las tropas de Tiger Force en la guerra de Vietnam. Y trata también de cómo un escritor tiene que usurpar la vida de ese personaje para poder contar una especie de biografía o reconstruir los episodios que el soldado Rodney vivió en Vietnam.

Terminé la lectura del libro en dos tardes, recostado en un camastro con varios mojitos en mi mesa y camarones asados con salsa de vinagre. En La velocidad de la luz se descubre que Hemingway es el padre del silencio. “Los silencios son más elocuentes que las palabras y todo arte del narrador consiste en saber callarse a tiempo”. Y eso era un argumento más que se sumaba a mi odio contra esos narradores que se la pasan dando consejos dentro de sus cuentos sobre el arte de narrar. Y pensaba, como si en realidad el joven vanidoso que era por aquellos años fuera tan inteligente para dar consejos como todo un escritor: las mejores historias lucen su cometido cuando el autor las somete sólo contar la historia, de la manera más natural y sencilla, sin exhibir el andamiaje que las soporta. Pero esto aquí no viene a cuento. Lo que si viene a cuento es qué me sucedió en el bar Hemingway y cómo mi felicidad como escritor se desplomó en segundos.

Detalles abajo.
Con más de quince mojitos en mi sesera y dos cajetillas de cigarros Cohiba, comencé a flirtearle a una canadiense que se encontraba sola, en una mesa a espaldas de la mía. Sin pedirle permiso tomé asiento a su lado y comencé, para captar su atención, a contarle algunas historias sobre escritores. Y mientras veía la palidez de su rostro y sus pecas debajo de sus ojos verdes, como la piel de una manzana, le narré la triste historia (en verdad la única historia que sabía de Hemingway) de cuando extravió en un aeropuerto uno de sus manuscritos (creo Los asesinos) que más había trabajado en su vida y que ya lo había dejado listo para entrega a su editor. A la chica pálida le deslumbró mi supuesto conocimiento y la verborrea y pastiches que le agregué a la historia. Posteriormente le presumí, guiado por una vanidad alentada por los mojitos y mi inglés garibuleado, que era escritor y muy pronto publicarían mi libro de cuentos y que estaba seguro de que sería un fabuloso éxito. La chica sonrió y se le formaron dos agujeritos en las mejillas. Seguimos bebiendo. Intercambiamos historias y besos un par de veces. Ya para la madrugada, sin preámbulos, la chica me invitó a seguir con las historias sobre escritores en su suite. Acepté y antes de que yo pidiera la cuenta, la chica pálida tomó rumbo al lobby, ahí me esperaría.

Decidí despedirme de Hemingway a solas. Pedí otro mojito. Me acerqué a las fotos como si fuera a agradecerle la motivación que había influido en mi historia sobre el extravío de su manuscrito. Y como un zombi de pupilas encendidas, fijé mis ebrios ojos en aquella foto clásica que muestra al norteamericano con su suetercito de cuello de tortuga. Le dije con fruición antes de encontrarme en el lobby con la mujer pálida: Oiga mi Hemingway, amo del silencio, ¿me escucha? Hemingway, amo del cuento, mi señor. Yo sé que está ahí, ¿me escucha?”. Y Hemingway revivió unos segundos para mirarme como nunca otra persona, o digamos un muerto, lo había hecho. Y Zimzum Zimzum. Mi reacción fue, y aún en estos días es, inexplicable. Comencé a llorar. El chico de la barra me preguntó que si me encontraba bien y no supe qué responderle. Salí del lugar, a traspiés. El aire fresco golpeó mi rostro y se me subieron de más los mojitos. La chica pálida intentó detenerme cuando pasé por el lobby; con mi diestra la hice a un lado. Me dirigí a mi habitación con prisa. Saqué el manuscrito de la maleta. Tomé rumbo al mar sin perder el orden de mis pasos para no irme de bruces a la arena y aventé los papeles a las olas del mar y no volví a escribir hasta hace unos meses.

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